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– No sé… -musitó.

En el sofá, Colm parecía absolutamente ajeno a la situación y examinaba con gran interés un pequeño callo que se le había formado en una de sus manos de levantador de pesas. Liam dirigía la mirada alternativamente a su padre y a su hermana. No se perdía detalle, pero no pronunció palabra.

Tomé la decisión por Marlinchen:

– Sí, tal vez sea buena idea -intervine. Era mejor que Hugh no corriera el riesgo de sufrir otro ataque cerebral al ver allí a su hijo, tanto tiempo perdido.

Aidan abandonó la sala de visitas. Cuando hubo salido, Marlinchen continuó la relajada conversación con su padre, con la participación esporádica de Liam y Colm. Cada vez me sentía más como una intrusa y, al cabo de poco, yo también me marché de la sala.

Era alrededor de la una de la tarde y el sol de mediodía de junio caía a plomo, pero de todas formas decidí dar un paseo. La puerta de salida estaba convenientemente situada junto a la sala de visitas y empezaba a sofocarme la atmósfera del recinto, aséptica pero animada; exuberante de plantas pero un tanto viciada.

Ya en el exterior, vi que Aidan había tomado la misma decisión que yo. A cierta distancia, caminaba por el césped en dirección a la única sombra a la vista, un rincón donde unos sauces extendían sus ramas sobre los carrizos del somero estanque. Los patos que allí nadaban remontaron el vuelo cuando el muchacho se aproximó. Todos, menos uno que chapoteaba torpemente.

Atento al pato rezagado, Aidan aún no había advertido que lo seguía. Mientras el ave batía las alas con el cuello estirado, vi un destello metálico en su pico y comprendí qué sucedía. En alguna visita a uno en los lagos cercanos, se había clavado un anzuelo de pesca; debía de haber acudido a refugiarse en aquel estanque para intentar quitárselo y, probablemente, sólo había conseguido empeorar su estado.

Aidan me sorprendió cuando agarró diestramente al pato por el cuello. El ánade graznó, sorprendido, y batió las alas furiosamente. La punta de una de ellas le hizo un arañazo en el pómulo y en la frente mientras el muchacho pugnaba por acercar la mano libre al pico. Apartó la cabeza del alcance del desesperado animal y le habló, aunque en voz tan baja que no entendí lo que decía. Cuando retiró la mano, distinguí el pequeño gancho metálico entre sus dedos.

Acto seguido, soltó al ave, que se estremeció con indignación y echó a volar. Al principio lo hizo a baja altura, apenas unos palmos por encima de la hierba, como si realizase un vuelo de prueba para cerciorarse de que todos los sistemas funcionaban correctamente. Después, ganó altura planeando y desapareció de vista. Aidan, que lo siguió con la mirada hasta ese instante, se acercó a la orilla del estanque, alargó el brazo y lanzó el anzuelo a las aguas.

En un mundo lleno de pensadores fríos y analíticos, yo siempre me había movido por instinto; en ese momento, llegué a una conclusión acerca de Aidan Hennessy.

Lo que acababa de hacer, quitar el anzuelo del pico a aquel animal, era una minucia, pero decía muchísimo de él. Estaba segura de que el muchacho ignoraba que hubiera alguien observándolo; había reaccionado de forma espontánea, sin premeditación, para aliviar el dolor del pato. Me resultaba imposible conciliar aquella imagen con la idea de que hubiese sido él quien había destripado a la gata de Marlinchen.

Ya habían intentado advertirme. Marlinchen siempre había sido una defensora acérrima de Aidan, desde luego, pero Liam también lo había dicho: «Es nuestro hermano». Y la señora Hansen, la maestra de la escuela, había comentado que Aidan no rehuía las peleas, pero también había asegurado que no era pendenciero. No había prestado atención a lo que me contaban de él. La investigación de Gray Diaz, las suspicacias de Prewitt… todo aquello me había puesto los nervios de punta y la paranoia resultante se había extendido a todos los aspectos de mi vida; había afectado a mi juicio sobre el muchacho hasta el punto de que su inesperado retorno me había parecido siniestro.

Cuando se sentó a la sombra del sauce, me acerqué.

– Hola -dije y me senté con las piernas recogidas y los antebrazos sobre las rodillas.

– Hola -respondió.

– Mira, tengo que decirte una cosa. Creo que no hemos empezado con buen pie. -«Vamos Sarah, eres capaz de hacerlo mejor», pensé para mí-. Fui demasiado dura contigo, la noche que llegaste a casa.

Aidan levantó la vista.

– La suspicacia es una virtud, tratándose de una policía -le expliqué-. Es mi postura defensiva cuando no sé qué pensar de algo.

– Bien, no te preocupes -respondió, al tiempo que sacaba un paquete de tabaco y extraía un cigarrillo. Sospeché que, como la mayoría de los fumadores, recurría al pitillo en los momentos de incomodidad, no necesariamente por la nicotina, sino por tener algo con que ocupar las manos-. O sea, entiendo lo que debió de parecerte.

Asentí, pero no añadí nada más.

– Y supongo que, además… -hizo una pausa, meditando sus palabras-. Bueno, Marlinchen dice que te has ocupado de todos, desde que Hugh sufrió el ataque.

– Era mi obligación, ante todo -respondí, restándole importancia. No estaba segura de que fuera verdad, pero sonaba bien.

– En cualquier caso, has cumplido. -Aidan arrancó un puñado de hierba-. Me alegro de que alguien lo hiciera.

Devolvió el cigarrillo al paquete.

– ¿Lo estás dejando? -le pregunté.

– Marlinchen insiste en que lo haga -replicó, encogiéndose de hombros.

Así era Marlinchen, terca como una muía en sus opiniones. Soplé para liberar las semillas de un diente de león.

– ¿Puedo hacerte una pregunta? -dije-. Es otra costumbre de los policías.

– Adelante.

– Sé que no tienes antecedentes policiales, pero también sé que a los chicos que se escapan de casa les resulta muy difícil sobrevivir sin quebrantar la ley. No pretendo meterme en tus asuntos, pero ¿te has mantenido de verdad dentro de la ley, o simplemente has tenido suerte?

– He sido honrado, casi siempre -dijo Aidan-. Siempre hay trabajos eventuales, si sabes buscarlos. Y si no encontraba empleo, rebuscaba en las basuras detrás de las tiendas. O mendigaba. Inventaba historias de que me habían robado un pasaje de autobús y cosas así.

– ¿Nunca pensaste en llamar a tu padre y pedirle dinero?

Aidan dirigió una mirada al edificio donde se hallaba Hugh, oculto tras el reflejo del sol en los grandes ventanales.

– No quería nada de él -declaró. Aidan no estaba seguro de cuánto sabía yo, y por eso no se extendió.

– Está bien -asentí con cautela, sabiendo que se trataba de un tema delicado-. Marlinchen me ha hablado de Hugh. De cómo iban las cosas antes de que te mandara lejos de casa.

– Eso fue hace mucho tiempo. -Aidan volvió la mirada a las aguas del estanque-. Procuro no recordarlo.

Durante unos instantes, se produjo un silencio. Decidí interrumpir allí el tema, pero el chico, para mi sorpresa, habló de nuevo:

– La otra noche querías saber por qué decidí volver a casa.

Era mitad afirmación, mitad pregunta.

– Sí -medio afirmé, medio pregunté.

– No sucedió nada especial que me llevara a dejar la granja de Georgia -continuó-. Pete era un buen hombre, pero no éramos parientes y, en realidad, nunca nos sentimos muy próximos. Al final decidí que la granja era cosa suya, no mía. Y me marché.

– Y no quisiste volver a casa debido a Hugh…

– Sí. Pensé en ir a California y empezar de cero, y allá que me fui. Hice algunos amigos, tipos que me guardaban la espalda si yo guardaba la suya. Conocí algunas chicas y pasé buenos ratos, pero no me quedé; decidí volver a casa porque… -Aidan titubeó-. No resulta fácil de explicar.

– No tienes que contarme nada -respondí.

– Fue una cosa que pasó en la playa, una noche. -Una brizna de diente de león se posó en su brazo y Aidan se la sacudió de encima-. Cuando he dicho que fui honrado casi siempre, no mentía, pero sí que le he dado a las drogas. -Antes de continuar, me miró para asegurarse de que no reaccionaba-. Pues bien, una noche, andaba colocado de anfeta y me quedé en vela, fumando, porque sabía que no lograría pegar ojo. No sé por qué, en un momento dado me puse a pensar en Minnesota y, de pronto, caí en la cuenta de que no recordaba ni qué cara tenía Donal. No sé por qué me afectó tanto, pero así fue. Y también fui consciente de que había intentado convencerme de que la gente que había conocido en California eran mis nuevos hermanos y hermanas, pero que eso era una simple ilusión: no lo habían sido nunca, y jamás lo serían. Hay personas en la vida que no se pueden sustituir. Son irremplazables.