Mientras tomaba una Pepsi fría y dulce en una cafetería, frente a la estación de autobuses de Duluth, eché un vistazo a las ofertas de trabajo. Una empresa de extracción de taconita de un pequeño pueblo buscaba un aprendiz de limpieza y mantenimiento para el taller; era uno de los escasos puestos que no requerían experiencia previa en aquel sector. En la página siguiente estaban los anuncios de «casa para compartir».
La casa de tres habitaciones en la que me instalé ya estaba ocupada por dos mujeres de veintitantos años. Erin y Cheryl Anne eran enfermera y recepcionista médica, respectivamente, e íntimas amigas. Hacía más de un año que vivían en la casa y habían perdido a su anterior compañera de piso, que «había sucumbido al matrimonio y a la vida real», en palabras de Cheryl Anne. Desde el primer momento se mostraron cordiales y agradables conmigo, y yo respondí de igual modo.
Y allí nos quedamos atascadas: en la cordialidad. El paso del tiempo y el hecho de que yo pagara un tercio del alquiler no consiguió amortiguar la sensación de que me había entrometido en su hogar, fundado desde hacía tiempo. En ocasiones, cuando divisaba el parpadeo azulado del televisor en el salón, me unía a ellas para ver algún programa, pero rara vez hablábamos. Así pues, durante mis primeros días de trabajo, unas semanas de bochorno en pleno veranillo de finales de septiembre, cuando terminaba la jornada me acercaba andando a la biblioteca pública, pequeña y escasamente abastecida, en busca de novelas policíacas de bolsillo.
Cuando pienso en aquellos tiempos, eso es lo que recuerdo: la sencillez de todo ello. En lugar de ir al supermercado, hacía la compra en la tienda del barrio, cuyo pasillo central estaba lleno de productos no perecederos baratos: barras de pan de molde tan llenas de conservantes que duraban semanas, mermelada de fresa, espaguetis y macarrones de 99 centavos que se quedaban pegados por mucho esmero que pusiera en prepararlos. También recuerdo las veladas en el porche, bebiendo una cola casera con cubitos de hielo que sabían a frigorífico mientras las últimas luces del día menguaban por el oeste.
– ¿Qué haces ahí, Sadie? -me preguntó mi padre en una de nuestras contadas conversaciones por teléfono-. Tu tía ha muerto y ya no te queda ningún familiar en el pueblo.
– Tengo amigos -fue mi respuesta-. Y también un empleo.
Lo del trabajo era verdad, por supuesto, pero hasta aquel momento no había pasado de cruzar cuatro palabras amistosas con los vecinos.
– Es que no lo entiendo. Dejas la universidad sin ninguna razón aparente y te marchas a vivir a un pueblo que ni siquiera es el tuyo. Y seguro que no asistes a esas clases nocturnas, ¿verdad que no?
– No.
– ¿Cómo se te ocurre instalarte allí, en ese pueblo perdido?
– Pues bien que te pareció suficiente para… -empecé a replicar, pero no terminé la frase.
– ¿…suficiente para que te enviara ahí cuando tenías trece años? -la completó él-. ¿Se trata de eso, pues? ¿Estás resentida?
– No, no. Mira -retorcí el cordón del teléfono en torno a mi pulgar-, sólo intento tener una vida. Forjarme una vida, eso es todo.
En el silencio que siguió a mis palabras, casi oí sus pensamientos de que aquello no era vida, un trabajo de obrera y una habitación de alquiler. Sin embargo, poco más podía decirme ya. Tenía diecinueve años; era una adulta.
– ¿Qué me dices de las Navidades? -preguntó-. ¿No te gustaría venir a casa para celebrarlas?
Nuevo México en Navidad. Las luces de los farolillos improvisados con bolsas de papel marrón y velas en su interior, y las sopaipillas y la rica salsa mole de una fiesta de Nochebuena tradicional…
– ¿Buddy también vendrá? -pregunté.
– Sí -dijo mi padre-. Tiene una semana de permiso.
Di otra vuelta al cordón del teléfono.
– No puedo ir -respondí.
– ¿Por qué no? Seguro que no trabajas.
– La mina funciona todos los días del año -aduje-. Parar las máquinas y volver a ponerlas en marcha sale muy caro. Además, soy la última trabajadora que han contratado. Es demasiado pronto para que pida un permiso navideño.
Deseaba que mi padre se lo tragara, pero no era tonto.
– Hace años que no os tengo a ti y a tu hermano juntos bajo el mismo techo -insistió-. ¿Por qué lo haces, Sadie?
El desconcierto de su voz parecía de todo punto genuino.
Se me estaba amoratando el pulgar de la fuerza con que le había enroscado el cable del teléfono. «Ya sabes por qué. He intentado explicártelo, pero no has querido escucharme.»-Lo siento -dije-. De verdad, es que no puedo.
Llegó enero y, con él, el frío más intenso. Se hacía de noche tan temprano que cuando salía del trabajo ya había oscurecido y, en un ambiente tan gélido, no apetecía salir a ninguna parte después de cenar. Mi principal entretenimiento eran las novelitas policíacas que sacaba de la biblioteca los sábados por la tarde, en lotes que me proporcionaban varias semanas de lectura.
Un día me equivoqué de sección en la biblioteca, encontré una edición de bolsillo de Otelo e, inmediatamente, quise llevármelo prestado. Debería haber comprendido que algo andaba mal en mi vida.
Al dejar la escuela, estaba convencida de que nunca más volvería a torturarme con la lectura de cualquier obra que recomendase un profesor de literatura. Sin embargo, allí, entre los carteles educativos de la biblioteca pública y envuelta en su ligero aroma a desván, sentí un escalofrío de placer y de nostalgia al recordar que aquélla era la única obra de Shakespeare con la que me había disfrutado de verdad. El mundo en el que vivían Otelo, Yago y Casio, aquel mundo de deberes marciales y de honor a veces pervertido, tenía algo que me inspiraba. En casa, durante esas noches gélidas, leí y releí Otelo. Tuvieron que enviarme dos reclamaciones antes de que devolviera el libro a la biblioteca.
Si se hubiera tratado de una película, Otelo me habría cambiado la vida. Habría seguido con otras obras de Shakespeare, me habrían encantado y, finalmente, habría conseguido el ingreso en la universidad. Sin embargo, no sucedió así. Cuando terminé de leerlo, volví a las novelas baratas que siempre había preferido.
Y luego, en primavera, descubrí otra actividad que me complacía.
En el taller de mantenimiento trabajaba con una chica de origen armenio, de cintura gruesa y cabellos oscuros, aspecto agradable y fácil conversación. Se llamaba Silva y parecía vivir con un solo objetivo: el baile de los sábados por la noche en el club de veteranos de guerra.
Me había invitado a acompañarla en más de una ocasión, pero yo no había querido comprometerme. Un baile en el club de veteranos me sonaba demasiado a un bingo parroquial, pero una noche de abril decidí que no había ningún mal en comprobarlo.
A las nueve y media, reinaba un sorprendente bullicio en los alrededores del local y el público se desparramaba por las escaleras junto con la música y las luces del interior. La animación de la multitud me sorprendió, pero no tardé en descubrir el secreto.
En teoría, en aquellos bailes no se servía alcohol. Lamentablemente, como suele suceder en las poblaciones pequeñas, la mayoría de los jóvenes que se hallaban en el salón presentaba cierto grado de intoxicación etílica. Entre las sombras del aparcamiento corrían las botellas y, si no tenías la suerte de conocer a alguien que traía una, siempre estaba Brent, un emprendedor vecino que aparcaba su Buick LeSabre cerca del club y vendía licores que llevaba en el portaequipajes. Yo, incómoda y con la sensación de ser una intrusa, no tardé en recurrir a él.