– ¿Cómo lo sabes? -preguntó.
– Lo sé, y basta. Estás interpretándome mal. -Permanecí un momento en silencio y al cabo añadí-: De verdad, lo siento.
Cuando vio que hablaba en serio, Kenny sacó las llaves del bolsillo.
Transcurrieron las semanas y llegó septiembre. Kenny había vuelto a su trabajo. Los días laborables patrullaba las minas y los fines de semana, las calles y los calabozos. Yo me entregué de nuevo a la actividad que mejor se me daba: beber los fines de semana.
Hacia las tres de la madrugada de una típica noche de sábado, me encontré en una postura que me resultaba familiar: arrodillada ante la taza del retrete. Cuando vomitas con cierta regularidad, le pierdes el asco. Al acabar, me limpié la comisura de los labios con la mano. Incluso de rodillas, me tambaleé ligeramente; noté la humedad de un sudor malsano en la nuca y agradecí el frescor del aire nocturno que entraba por la ventana de guillotina. Había terminado de cepillarme los dientes y estaba lavándome la cara cuando, al otro lado de la ventana, una mujer lanzó un grito.
Me quedé paralizada, completamente inmóvil salvo por las gotitas que resbalaban por mi rostro. Finalmente, me acerqué a la ventana.
– ¡Eh! -grité-. ¿Quién anda ahí fuera?
La ventana del baño daba a una ladera cubierta de hierba que ascendía hasta las vías del ferrocarril. La zona estaba a oscuras, excepto a mi derecha, lejos, donde se divisaban las luces de las señales del tendido.
– ¡Eh! -volví a gritar. No obtuve respuesta.
– Maldita sea -mascullé mientras buscaba a tientas la toalla. Deseé oír unas risas de borrachos, o una voz áspera que dijera: «Sí, sí, estoy bien». Deseé sentirme irritada. Lo prefería a inquietarme por la mujer que había gritado en la oscuridad y ahora callaba.
Regresé a mi habitación, me desnudé y abrí la cama mientras me obligaba a olvidar el asunto. Las voces de los animales podían confundir, me dije. Como la del gato montés, por ejemplo; su grito se parecía mucho a un chillido femenino. O la del cárabo listado.
Pero no había sido ningún gato montés, ni tampoco un cárabo listado.
Si había alguien allí fuera y realmente estaba en apuros, habría vuelto a gritar. Habría respondido a mi llamada.
«Eso no lo sabes», me dije.
¿Pero qué ayuda podía prestar yo, por el amor de Dios? Todavía estaba medio borracha. Sin duda, alguien más habría oído el alarido. Alguien, más cercano al punto del que había surgido, correría a intervenir.
«No puedes estar segura de ello. No sabes si alguien más lo ha oído. Lo único que sabes es que tú, sí.»-¡Hijo de puta! -mascullé, harta, y busqué apresuradamente unas prendas más recias que la ropa que había llevado para salir a tomar unas copas.
Salí de la casa por la puerta de atrás. Por aquella época, mi única arma era una linterna, grande y bonita, con un cuerpo de metal cromado de color cereza en el que cabían cuatro pilas grandes, una detrás de otra. Mientras subía la ladera, con pasos algo inestables todavía, la moví de un lado y a otro, barriendo con el foco los arbustos y las sombras.
– ¿Hay alguien ahí?
Cuando terminé de buscar detrás, rodeé la casa. Era posible que el grito procediese del frente y que me hubiese llegado por la ventana del baño por algún efecto acústico al rebotar el sonido en la ladera de manera que parecía proceder de allí. Volví sobre mis pasos y salí a la calle. Me encaminé hacia el pueblo sin dejar de enfocar la sucesión de verjas, entradas de vehículos y jardines delanteros, teniendo buen cuidado de evitar las ventanas a oscuras, tras las cuales dormía la gente. Luego, cuando llegué al pueblo, me descubrí buscando en los callejones y en los huecos de las puertas de las tiendas. Nada. No había ni rastro de problemas; las calles estaban tranquilas como un decorado de cine en horas nocturnas.
Terminé en la plaza mayor, completamente sobria y absolutamente sola en medio del pueblo. La noche casi había terminado. Faltaba menos de una hora para que amaneciera.
Cuando llamé a su puerta, a las siete y media de la mañana, Kenny ya estaba vestido para ir a la iglesia, con americana y corbata y engominado. Acogió mi aparición, linterna en mano todavía, con una expresión ligeramente burlona.
– Creo que quiero ser policía -le dije.
Capítulo 28
– No veo que podamos llevar este asunto ante un juez -dijo Kilander.
Era la mañana siguiente a que Marlinchen y yo habláramos junto al lago y, en aquel momento, procedía a lo que ya había hecho un buen número de veces desde la mañana en que anuncié a Kenny Olson que quería ser policía: a discutir con un fiscal si había posibilidades de llevar con garantías un caso al tribunal.
Sin embargo, la conversación no tenía carácter oficial. Kilander y yo nos habíamos encerrado en su despacho para dar cuenta del almuerzo de comida rápida que yo me había encargado de llevar: ensalada de pollo al curry con lechuga, un bollo redondo y té helado. Acababa de contarle lo que sabía de los Hennessy: las palizas de Hugh, el exilio de Aidan y la inexplicable ojeriza de Hugh por su hijo mayor.
– Es una historia horrible, no cabe duda -dijo Kilander-. Pero el propósito de la ley de menores y de familia no es el castigo, sino la mediación. Ninguna agencia de protección de menores pretendería llevar a juicio a un padre por malos tratos si los hechos han tenido lugar hace tiempo y no han producido lesiones permanentes.
– Eso ya lo sé -respondí mientras abría por la mitad el panecillo, que no había tocado hasta aquel momento, y lo untaba con mantequilla. Más que nada, me proponía ganar algo de tiempo. Lo que me disponía a revelar a Christian Kilander ni siquiera lo había compartido con Marlinchen, todavía-. Lo que te he contado hasta ahora son, sobre todo, antecedentes. La historia no termina aquí.
– ¡Ah! -murmuró Kilander-. ¿Quieres que anule mi comparecencia de la una y media?
Pretendía burlarse de mí, como yo ya sabía que haría. También sabía que adoptaría la posición de abogado del diablo, pero no me importaba. Aquella agudeza típica en él, su mente penetrante, era en parte la razón de que hubiera recurrido a él.
– ¿Sarah? -me instó a responder.
– Creo que Aidan se disparó con un arma de su padre -declaré mientras dejaba el panecillo sobre la mesa, intacto-. Y creo que Hugh encubrió lo sucedido.
Por primera vez, Kilander esbozó una sonrisa.
– Siempre me vienes con las teorías más peregrinas -comentó-. Cuéntame cómo has llegado a esta conclusión.
Le hablé del dedo que le faltaba a Aidan y de la explicación que me había ofrecido Marlinchen al respecto: que el feroz perro del vecino había mordido al pequeño cuando tenía tres años y que, a consecuencia de ello, Aidan había estado ausente de casa «mucho tiempo», según la apreciación de la muchacha, y había vuelto sin el meñique de la mano izquierda.
– ¿Por qué no la crees? -preguntó él.
– He visto la zona donde viven -respondí-. Tienen vecinos, pero no están cerca. El niño, que apenas contaba tres años, debería haber hecho una caminata larguísima para topar con ese hipotético perro.
Kilander no intervino.
– Por otra parte -continué-, Hugh Hennessy coleccionaba pistolas antiguas. Las guardaba en su estudio y las mostraba a los periodistas; las he visto en varias fotos de revistas. Sin embargo, tiempo después, cambió de actitud y empezó a demostrar aversión por las armas. Ya no quería tener ninguna en la casa. -Pensé en Cicero y reprimí el incómodo recuerdo-. Entretanto, decidió sustituir la moqueta del estudio. Tenía dinero suficiente para contratar a un profesional y no era un hombre mañoso, pero se empeñó en llevar a cabo el trabajo él mismo. Lo hizo fatal. Se nota que lo hizo sin ayuda. Los gemelos calculan que fue hace unos catorce años, cuando ellos tenían tres o cuatro.