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– ¿Qué tal? -dijo, mientras se protegía de los rayos del sol poniente con la mano.

En aquel momento, me sorprendió advertir el cariño que le había tomado. En cierto modo, con Aidan me sentía más cómoda que con los demás miembros de la familia, lo cual era extraño, si tenía en cuenta cómo habíamos empezado. Había pasado mucho más tiempo con Marlinchen y la apreciaba, pero nunca me había sentido del todo a gusto con ella. Sus cambios de humor, su infinita cautela, su manera de sopesar siempre las propias palabras y las de los demás… A veces me cansaba. Aidan era lacónico, nada complicado y, en aquel grupo familiar, era con quien más me identificaba.

– ¿Quieres que te lleve a algún sitio? -ofrecí, y Aidan subió al coche.

– No voy a casa -explicó-, voy a la tienda. Esta noche he prometido hacer la cena y he de comprar unas cuantas cosas.

– Muy bien, puedo acercarte hasta allí -asentí-, e incluso llevarte de vuelta a casa, si primero me acompañas al centro. Tengo que pasar por comisaría antes de terminar la jornada.

– Hecho -aceptó Aidan-. No tengo prisa.

Aceleré, intentando entrar en la 394 por delante de una furgoneta que circulaba a buena velocidad y, cuando lo hube logrado, Aidan comentó:

– He encontrado trabajo.

– ¿En serio? -pregunté, sorprendida-. ¡Qué bien! ¿Dónde?

– En una guardería, pero de plantas, no de niños. No pagan demasiado bien pero así podré ayudar en casa. -Alzó la coleta y se la cambió de lado en el cuello para refrescarse la piel de la nuca.

Recorrimos varios kilómetros en silencio. Los rayos del sol que se ponía iluminaron el parabrisas, que adquirió su nuevo color tornasolado.

– Tienes los cristales de las ventanas como empañados -observó Aidan, frotando el parabrisas con el dedo.

– Ya lo sé.

– No se va. -Parecía alarmado.

– No te preocupes -dije-. Es permanente.

– Este coche debe de gustarte mucho.

Permanecí callada.

Cuando llegamos a comisaría, Aidan subió conmigo en el ascensor hasta la sección de detectives. No pronunció palabra en todo el tiempo que permanecimos allí, aunque vi que lo miraba todo con interés, tal vez sorprendido al comprobar lo mucho que se parecía a cualquier otra oficina. Desvié el buzón de voz del teléfono al busca, hablé un instante con Vang y, acto seguido, Aidan y yo nos marchamos.

En la tienda encontró lo que buscaba: un pollo entero, patatas y cebollas. También compró una lata de cola para cada uno y pagó con el dinero de la cuenta familiar para gastos de la casa. Salimos otra vez al exterior, al calor de primera hora de la noche, y nos detuvimos en seco, mirando alrededor.

El Nova no estaba. Por pereza de no cruzar los pasillos en busca del lugar de aparcamiento más cercano, me había limitado a dejar el coche a la entrada del recinto. Era como si se lo hubiera tragado la tierra.

– ¿Dónde demonios está? -grité.

– Allí -dijo Aidan. Señalaba un camión con un remolque de caballos junto a la puerta. Me había confundido, creyendo que el camión era el último vehículo del aparcamiento y que no había más coches detrás, pero al fijarme mejor observé que por las ventanillas del enorme camión Ram se veía el techo del Nova.

– Me parece que ese tipo ha aparcado mal -dije-. No puede tener un vehículo tan largo ocupando dos espacios. Tal vez debería denunciarlo. -Cruzamos el aparcamiento camino del remolque.

– ¿Llevas encima un bloc de multas? -preguntó Aidan, escéptico.

– Soy una agente de la ley -respondí al tiempo que rodeábamos el remolque de caballos-. Cualquier papel que redacte será válido ante los tribunales. Creo.

– ¿Crees? -dijo Aidan, echándose a reír.

– Pues claro -respondí-. ¿Dónde está la lista de la compra? Ya verás cómo… ¡Por Dios!

Di un respingo y un pequeño chorro del refresco de cola se derramó de la lata. Como movido por un resorte, un perrazo se había lanzado desde el asiento trasero del camión a la ventanilla y ladraba y gruñía a pocos centímetros de nuestra cara, aunque al otro lado del cristal, afortunadamente.

– ¡Joder! -exclamé. El doberman siguió ladrándonos, con su morro puntiagudo aplastado contra la ventanilla manchada de baba, mostrando los dientes. Entonces miré a Aidan. Había dejado caer la bolsa de la compra y estaba doblado por la cintura, con las manos en los muslos para sostenerse.

– ¿Te encuentras bien? -le pregunté.

– Sí -asintió, aunque estaba muy pálido-, estoy bien. -Intentó reírse-. Soy un tío duro, ¿verdad? Me da miedo un perro encerrado en un camión.

– A mí también me ha sobresaltado -le aseguré.

Se agachó, cogió la bolsa y respiró hondo para tranquilizarse.

– Vamos -dijo.

No habló hasta que estuvimos de nuevo en marcha. Entonces, comentó en voz baja:

– Siempre me ocurre lo mismo con los perros. Por lo que me pasó en la mano.

– ¿Te acuerdas del día en que perdiste el dedo? -pregunté, asintiendo-. Me refiero a si lo recuerdas de veras.

– Tengo una imagen grabada, como si fuera una foto -dijo-. Veo la mano con el dedo medio arrancado, y la sangre que empieza a brotar. El perro no me lo separó del todo, se quedó colgando, pero supongo que no era… ¿cómo expresarlo? Recuperable. Así que el médico terminó el trabajo.

Aidan me miró para saber si aquel relato espantoso me había afectado y, como no vio que palideciera, continuó:

– En la base del dedo, debajo de la herida principal, había otra marca de diente, supongo que en el punto en el que me agarró por primera vez y tiró antes de morder a fondo y llevárseme el dedo. En mi recuerdo, es sólo una marca que empieza a llenarse de sangre. Ahora es una cicatriz. -Aidan extendió la mano izquierda algo inclinada para enseñarme la marca rosa justo debajo del muñón.

– ¿Qué perro era? -inquirí volviendo los ojos a la autopista.

– Un pitbull, creo -contestó Aidan-. Eso es lo que recuerdo más, la cara blanca y las orejas hacia atrás.

– Pues los pitbulls son un tipo de perro que no parece encajar mucho en un barrio como el tuyo -comenté.

– Sí -convino-, es extraño. Ya lo sé.

Al cabo de un momento, cuando volví a hablar, le formulé una pregunta que lo sorprendió porque, aparentemente, no guardaba ninguna relación con las anteriores.

– Cuando vivías en Georgia, ¿con qué te divertías?

– ¿Divertirme? -se extrañó-. Allí no había mucha diversión. En la granja de Pete había pocas cosas que hacer. Sin carné de conducir no podía moverme de allí y, cuando tuve edad para sacármelo, al cabo de poco me largué a la Costa Oeste.

– ¿Has cazado alguna vez? -quise saber-. ¿Has practicado tiro?

– No, no he ido nunca de caza -respondió-. Una vez disparé con una escopeta, contra unas latas colocadas sobre una tapia.

– ¿Qué sentiste con el arma en la mano? -inquirí.

– Nada, me aburrí. -Aidan se encogió de hombros-. Después de probarlo una vez, ya no me interesó volver a hacerlo.

– ¿Te pusiste nervioso?

– La verdad es que no -aseguró-. ¿Qué pasa? ¿Estás reclutando alumnos para la Academia de Policía?

– No -conteste y sacudí la cabeza-. Además, en mi trabajo apenas tengo que disparar. Te enseñan a utilizar un arma antes de mandarte por ahí, desde luego, pero con un poco de suerte no tienes necesidad de usarla. Yo nunca he disparado a nadie.

– Pues se me ocurre que quizá deberías hablar con Colm -prosiguió Aidan-. Creo que, si no fuera por la oposición rotunda de Hugh, ya tendría ocho armas de fuego.

– Sí, Colm me contó lo de tu padre y su aversión a las pistolas.

Los Hennessy eran como una familia contemplada a través de un prisma. Nada discurría en línea recta. A Hugh le gustaban las pistolas antiguas y había tenido un par de ellas en su estudio; no, Hugh no toleraba las armas de fuego y nunca tendría una en casa. A Marlinchen la asustaban los ruidos, pero Aidan no tenía miedo de las armas. En cambio, lo que sí le daba mucho miedo eran los perros. Aquello desmontaba mi teoría sobre lo sucedido en el estudio. No sabía si algún día le encontraría sentido.