Выбрать главу

– No lo sé -respondió.

– Pues claro que lo sabe -repliqué llanamente. Campion no parecía de esos a quienes molesta que se llame a las cosas por su nombre-. Las amistades no se rompen para siempre sin un buen motivo.

– Tendrá que preguntárselo a Hugh, cuando se recupere -apuntó-. Sé que suena extraño, pero sigo sin saber por qué se enfadó tanto.

– Cuénteme cómo ocurrió.

– En aquella época, yo viajaba mucho. -Campion se recostó en el asiento-. Y Minnesota era una suerte de apeadero para mí, porque Hugh y Elisabeth estaban allí. Una noche, llegué tarde a la ciudad y fui a su casa. Llevaba cuatro meses sin verlos. Cuando me abrieron la puerta, Hugh no me dejó entrar. -Campion sacudió la cabeza como reviviendo el asombro-. Me acusó de ser una mala influencia para sus hijos y de envidiar su éxito, y terminó diciendo que no quería verme. Acto seguido, cerró la puerta y no la abrió más.

– Y entonces, ¿qué? -lo presioné.

– Me marché -respondió-. No iba a quedarme en la puerta llorando, como un perro que ha sido malo. Lo llamé al cabo de unos días para ver si se le había pasado, pero me pidió que no lo llamara más y me colgó el teléfono.

– ¿Y nunca habló de ello con Elisabeth? -inquirí.

– No. Lo intenté, pero nunca respondía al teléfono. Siempre se ponía Hugh.

– ¿Cree que Elisabeth tenía algo que ver con la ira de Hugh? -pregunté-. ¿Estaba celoso?

Campion se puso tenso y pareció que iba a ofenderse. Luego se relajó un poco.

– Supongo que si un hombre lleva flores a la tumba de una mujer diez años después de su muerte, no es ningún secreto que está colgado de ella -admitió-, pero Elisabeth tomó una decisión y yo la respeté. Además, nunca le habría sido infiel a su marido, y él lo sabía.

Campion sacudió de nuevo la cabeza, como queriendo olvidarse de un misterio que nunca se resolvería, y apuró el último trago de cerveza.

Después de pedir otra ronda, le pregunté:

– Si no fue por Elisabeth, ¿pudo haber sido por su hermana?

– ¿Brigitte? ¿Qué ocurre con ella?

– Usted y Brigitte mantuvieron una relación, ¿no es cierto?

– No duró; pero sí, es cierto.

– Creo que a Hugh no le caía bien. Brigitte nunca estuvo de visita en la casa, ni los Hennessy iban a verla a ella.

Campion inclinó la cabeza, pensativo.

– Tiene que comprender -dijo al cabo- que Hugh era un tipo muy rígido, con una moral muy rígida, quiero decir. Brigitte tomaba drogas y se acostaba con quien le apetecía. Eso, a Hugh, no le gustaba. Por el contrario, Elisabeth y él se casaron cuando tenían diecinueve años. Un comportamiento muy anticuado, casi medieval, para la época.

– Lo sé. Pero si a Hugh le disgustaba tanto su conducta, ¿por qué cree que mandó a Aidan a vivir con ella?

– No tengo la menor idea -respondió Campion, frunciendo el ceño-. Me pide que haga conjeturas cuando ya ha quedado claro que, en el fondo, no conozco en absoluto a Hugh ni sé qué le mueve. -Contempló a una veinteañera de cabellos caoba brillante que se apoyaba en la barra con las manos y, medio saltando, besaba al camarero-. Me sorprende muchísimo que Gitte accediera a hacerse cargo del niño. Nunca tuvo mucho dinero y, por esa época, era madre soltera.

Yo iba a llevarme al vaso a la boca y me detuve a medio camino.

– ¿En serio? Aidan nunca ha contado que viviera con un primo.

– Gitte me alojó una vez en su casa -asintió Campion-, varios años después de nuestro breve y ardiente romance. Ya sé que es un término pasado de moda, pero yo diría que en esa época cohabitaba con el padre de su hijo.

Sí, era un término pasado de moda, de los que utilizaban los veteranos de pelo cano en las salas de interrogatorios de comisaría, tan corriente en su tiempo como lo es hoy «pareja de hecho». Por lo general, se utilizaba para describir el tipo de convivencia que mantenían muchos habitantes de los barrios pobres que creían que en los cursillos de consejos matrimoniales se aprendía a escapar de los sartenazos o de las peleas a gritos. Campion no parecía haberlo dicho en aquel sentido.

– Me refiero a que vivían juntos y estaban realmente unidos, aunque no estuvieran casados. Era evidente que se trataba de una relación sólida.

Asentí.

– Así eran Brigitte y Paul. He olvidado su apellido. Era francés. Estaba claro que habían nacido el uno para el otro.

– Bueno, pues no les debió de ir tan bien -comenté-, si me dice que años más tarde ella era madre soltera.

– Paul no la dejó. -Campion sacudió la cabeza ante mi comentario-. Murió. -Bajó un poco la voz-. Lo vi con mis propios ojos.

Llegado aquel punto, yo había dejado de presionarle para que hablara. Llevaba dentro una historia que pugnaba por salir.

– Paul no se sintió incómodo con la visita de un antiguo novio, por lo que decidí quedarme una semana -explicó Campion-. Llevaban tres años viviendo juntos y Gitte era muy feliz. Paul trabajaba en la construcción. Era un tipo corpulento, medía un metro noventa, de constitución fuerte, pero era un buen hombre. Totalmente entregado a Gitte y al niño, Jacob, que a la sazón tenía dos años.

»El fin de semana, Paul y yo salimos a beber por ahí. Fuimos a un bar que le gustaba, un auténtico antro. En mis años mozos yo había estado en muchos bares pero, incluso así, me alegré de que estuviera a mi lado. Todo iba bien hasta que llegaron los vecinos de Gitte. Esos tipos eran unos auténticos hijos de puta, y disculpe que utilice este lenguaje a pesar de mi condición de escritor.

Sonreí para demostrarle que no me había ofendido.

– Los vecinos criaban pitbulls para peleas de perros -prosiguió-. A Gitte le daban un miedo tremendo, no sólo por lo que pudieran hacerle a ella sino, sobre todo, por el pequeño Jacob. Quería que los vecinos pagaran su parte de una cerca para separar los dos patios, pero aquella gentuza pensaba que si la vecina pedía una cerca, que la pagase ella.

»Aquella noche, Paul estaba dispuesto a pasar de ellos, pero empezaron a meterse con él y a hacer comentarios desagradables sobre Gitte. Y así empezó todo. Muchos parroquianos del bar se apuntaron a la pelea, yo incluido. No me gusta pelear, pero aquella noche Paul era mi compañero, habíamos salido de copas juntos, ya sabe a qué me refiero.

– Sí -asentí.

– A mí me machacaron enseguida, pero Paul… Nunca había visto a nadie pegar de ese modo y, en el fondo, parecía feliz, incandescente. -Campion sacudió la cabeza al recordarlo-. Fueron necesarios cuatro policías para reducirlo y meterlo en el coche patrulla. Yo fui tras ellos y vi que lo dejaban en el vehículo mientras continuaban el desalojo del local pero, en cuanto se sentó, Paul apoyó la cabeza contra la ventana y cerró los ojos, como si se hubiera despachado a gusto y la pelea lo hubiera dejado exhausto. -Campion hizo una pausa-. Los policías tampoco se extrañaron.

– ¿Por qué habían de extrañarse? -pregunté.

– Estaba muerto -respondió Campion-. Cuando llegaron a la comisaría, no le encontraron el pulso. Fue una de esas raras enfermedades cardiacas que pasan del todo inadvertidas, de esas que hacen que un atleta caiga sin sentido al terminar una carrera. Más adelante, unos abogados llamaron a Gitte diciendo que podía demandar a los agentes por negligencia, pero ella sabía que no era culpa de la policía. -Campion bebió otro sorbo de cerveza-. Me quedé un mes más en la casa, con ella y con Jacob. Quería ayudarlos, pero yo no era Paul. Gitte y yo no estábamos hechos el uno para el otro. Ya habíamos recorrido aquel camino juntos y yo seguí el mío en solitario. -Sacudió la cabeza-. Pero nunca olvidaré aquella tarde. Recuerdo cuando salí del bar detrás de Paul y de los policías y el sol poniente. Recuerdo que me quedé allí plantado en el aparcamiento, mientras Paul apoyaba la cabeza en el cristal y se moría. Siempre he querido escribir sobre ello, pero nunca he sido capaz de hacerlo.