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– Ha llegado esto para ti -dijo Kilander, presentándome un fax-. De Rockford.

Lo agarré. «Partida de nacimiento», rezaba el encabezamiento.

– No había nada más, lo lamento -añadió Kilander.

– No, está bien -aseguré, sin dejar de leer el texto-. A veces, sólo necesitas una cosa.

Vistas las cosas en retrospectiva, tal vez habría sido mejor que me hubiese tomado un tiempo para pensar en lo que había averiguado y que hubiera dejado reposar la información mientras dormía, pero no lo hice. Aquella tarde, a las cinco y media, monté en el coche y me dirigí al lago.

El tiempo era espléndido, un día soleado sin el menor asomo del lienzo gris de humedad que tan a menudo empaña las jornadas estivales de Minnesota. No me sorprendió encontrar a los hermanos Hennessy en el jardín, disfrutando de la magnífica tarde.

Los cuatro chicos se habían dividido en dos equipos y jugaban a fútbol junto al lago. Las parejas resultantes no estaban muy igualadas pero, probablemente, era la mejor solución: Aidan y Liam contra Colm y Donal. Más arriba, en el porche, Marlinchen se dedicaba a untar con salsa unas pechugas y unas alas de pollo antes de ponerlas en la barbacoa. Llevaba una camiseta blanca sin mangas, un pantalón corto, unas gafas de sol con la montura metálica y cristales de espejo verde plateado y un lector de cedés en la cadera. Al verme, se quitó los auriculares y se los dejó colgados del cuello.

– ¡Sarah! -exclamó, contenta-. Estamos preparando una barbacoa para celebrar que se han terminado las clases. Habrá comida de sobra, si quieres quedarte.

Estaba de un humor excelente, pero aquello iba a cambiar.

– Me temo que he venido por motivos de trabajo -le dije.

– ¿Qué trabajo? -preguntó.

– Tu padre ya ha recuperado cierta capacidad para responder «sí» o «no» a las preguntas, ¿no es cierto? Me contaste que cuando te nombraron administradora lo hicisteis de ese modo.

– Papá está descansando -se apresuró a replicar Marlinchen, mirando hacia el ventanal-. ¿De qué se trata?

– He de formularle unas preguntas que sólo él puede contestar -dije-. Sobre tu primo, Jacob Candeleur.

– Yo no tengo ningún primo llamado Jacob -señaló-. No tenemos primos, y punto.

Saqué la partida de nacimiento de la bolsa y se la tendí. Vi que leía los nombres: Jacob, Paul, Brigitte.

– ¿Ves la fecha? -pregunté-. Jacob, Aidan y tú nacisteis con pocos meses de diferencia.

– ¡Qué extraño! -dijo. La ansiedad cortés en su voz había dado paso al asombro-. No lo he visto nunca.

– A tu padre, la tía Brigitte no le caía bien y la mantuvo a distancia de sus hijos -expliqué-. Pero no es cierto que no hayas visto nunca a tu primo Jacob. Te has criado con él y se ha convertido en tu mejor amigo.

– ¿Pero qué estás diciendo? -exclamó Marlinchen, aunque ya estaba empezando a comprenderlo. Sus ojos se volvieron hacia el chico alto y rubio que teníamos detrás y que, en aquel momento, dejaba que Donal le marcara un gol.

– Ése de ahí no es tu hermano Aidan -dije-, sino tu primo Jacob. Tu padre no lo mandó a vivir con la tía Brigitte cuando cumplió doce años. Lo que hizo fue devolvérselo. Aidan…, es decir, Jacob, comentó que a veces la tía Brigitte era un poco pesada, como si siempre hubiera querido ser su madre. Lo trataba como a su propio hijo…, ¡porque lo era!

– ¿Qué es esto? ¿Una broma de mal gusto? -Marlinchen se quitó las gafas para mirarme a los ojos y pronunció las palabras como si hablara con un niño pequeño-. Lo siento, pero en tu teoría hay un enorme agujero, ¿sabes? Si ése es Jacob, ¿dónde está el verdadero Aidan?

– Si tuviera que arriesgarme a dar una respuesta -murmuré, sabiendo que aquélla era la parte más dura-, diría que está enterrado bajo el magnolio. Creo que se hirió accidentalmente con la pistola de tu padre, hace catorce años, y que tu padre lo llevó corriendo al hospital pero, como murió antes de llegar, lo trajo de vuelta a casa y lo enterró bajo el árbol favorito de tu madre. La elección del lugar fue seguramente una manera equivocada de darle consuelo.

– No -espetó Marlinchen.

– Tú tienes recuerdos del incidente: un ruido muy fuerte y que tu madre, muy alterada, durmió contigo esa noche. Para tranquilizarse.

– Fue una tormenta lo que la asustó -se obstinó Marlinchen.

– No -repliqué-. Todos decís que a tu padre no le interesaban los coches ni las reparaciones domésticas. Y, sin embargo, fue él quien puso la moqueta nueva y ha conservado ese coche catorce años diciendo que tal vez algún día lo arregle. Catorce años, Marlinchen.

– No te entiendo.

– Cuando Aidan se hirió, tu padre lo llevó al hospital en ese coche. La moqueta del estudio la cambió porque quedó empapada de sangre. Las salpicaduras más pequeñas del pasillo las quitó con lejía. Pero, ¿y el coche, donde Aidan perdió mucha sangre? No podía limpiarlo y por eso le daba miedo venderlo, porque temía que el comprador pudiese encontrar restos de sangre debajo de los asientos y en las alfombrillas. Tirar el BMW por un barranco y denunciarlo como robado no habría hecho más que empeorar las cosas. Si por casualidad el coche aparecía, despertaría la curiosidad de la policía. No, lo más seguro era limpiarlo cuanto pudiera y esconderlo en su propiedad.

Marlinchen lanzó una rápida mirada al garaje.

– No era un método de ocultamiento especialmente ingenioso -continué-, pero de todas formas no tenía por qué serlo. Mientras Hugh no vendiera la casa o el coche, nadie podía echar un vistazo siquiera a los indicios que pudieran quedar. -«Hasta ahora», pensé, y añadí-: Hugh sustituyó a Aidan por el hijo de su cuñada, aunque ignoro cómo la convenció. Tal vez se aprovechó de la preocupación de Brigitte por su apesadumbrada hermana, o también es posible que le diera dinero. Brigitte era pobre y madre soltera. Quizá pensó que el chico gozaría de una vida mejor con su hermana mayor y con Hugh. Pero imagina las consecuencias, si Brigitte no hubiese accedido. La carrera literaria de Hugh se habría visto terriblemente comprometida y a tus padres tal vez les habrían quitado la custodia de los hijos, lo cual os habría dejado en manos de los servicios sociales a saber cuánto tiempo.

– Muy bien, muy bien -dijo Marlinchen y levantó las manos para que me callara-. Ya veo adónde conduce tu teoría, pero es imposible. Yo tenía cuatro años y si alguien hubiera cambiado a mi hermano, yo lo habría notado.

– Todavía no tenías cuatro años y, a esa edad, los niños son muy impresionables. Lo que dicen sus padres es como la palabra de Dios -repliqué-. Hugh te sometió a un auténtico lavado de cerebro. Te dijo que Aidan estaba fuera. Se anduvo con rodeos varias semanas. Luego trajo a Jacob a casa y dijo, «éste es Aidan», hasta que Jacob y tú lo aceptasteis.

– Pero mi madre… -añadió en voz baja.

– Tu madre estaba al corriente -dije-. Imagino que no fue idea suya, pero al final acabó aceptando.

Aquélla también había sido para mí la parte más difíciclass="underline" admitir la complicidad de la mujer que reposaba bajo el ángel de mármol del cementerio. Elisabeth tenía su parte de responsabilidad en el destino de Jacob pero, mientras que la culpa había envenenado a Hugh, había ablandado a Elisabeth. La mujer había desarrollado una auténtica veneración por el hijo de su hermana, estableciendo con él un vínculo entre dos almas heridas.

– De no ser porque ni Aidan ni tú ibais todavía a la escuela, el plan no habría funcionado -dije-. Aidan no tenía maestros ni compañeros de clase que vinieran a jugar a casa, ni tampoco hermanos mayores. No había nadie más a quien engañar. Salvo ellos, J. D. Campion era la única persona que 374 había visto a Aidan Hennessy y a Jacob Candeleur. Más tarde, ese mismo año, tu padre se negó en redondo a dejarlo entrar en la casa, sin dar ninguna explicación de ese rechazo.

Marlinchen entreabrió la boca y pensé que aquel último detalle, que confirmaba algo que ella conocía de la vida de sus padres, la había convencido. Entonces se irguió, como aliviada.