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Con Colm siguiéndole los talones, Jacob llegó a la línea invisible y determinada de antemano de la portería y marcó gol. Colm, que se dio por vencido con elegancia, extendió la mano para entrechocarla con Jacob, recogió la pelota y fue a reunirse con Donal.

Jacob no lo siguió. Se quedó quieto unos instantes, jadeando. Luego, cayó de rodillas y al momento se desplomó al suelo.

La escena tuvo un efecto evocador. Despertó en mí un recuerdo reciente.

– ¡Oh, Dios mío! -exclamé.

Puse marcha atrás, retrocedí por la calzada a setenta kilómetros por hora y me detuve derrapando a tres metros de la terraza. Marlinchen me miró desde donde se había quedado, junto a la barbacoa.

– ¡Llama a urgencias! -le grité, al tiempo que saltaba del coche.

No me habría extrañado encontrar en ella cierta resistencia, pero cuando volvió la mirada hacia el lago y vio que Jacob seguía sin moverse, rodeado de sus hermanos que lo observaban, me creyó.

– ¿Y qué les digo? -preguntó Marlinchen.

– Parada cardiaca -respondí, mientras echaba a correr colina abajo.

Tal vez Brigitte nunca sospechó que la lesión de corazón que había acabado con la vida de Paul, su amante y padre de su hijo, podía ser hereditaria. O tal vez nunca había encontrado la manera de advertírselo al chico, que, a ojos de todo el mundo, no era hijo suyo. Probablemente tenía intención de decírselo algún día, pero su propia muerte se lo había impedido.

Cuando llegué junto a Aidan, Liam, que estaba arrodillado a su lado, me informó:

– Creo que no respira.

El chiquillo parecía asombrado, como si esperase que alguien lo contradijera, como si anhelara que alguien le dijese que un chico saludable de dieciocho años no deja de respirar así sin más.

– Aparta -le ordené.

Me arrodillé y moví a Jacob hasta ponerlo boca arriba. Retiré el collar de ojo de tigre y apliqué las yemas de los dedos a ambos lados de la nuez. Las arterias no respondieron al tacto. Eché la cabeza del chico hacia atrás y exploré las vías respiratorias. No estaban obstruidas. Le tapé la nariz y le practiqué la respiración artificial presionándole el pecho con tanta fuerza que le provoqué una contusión. Repetí la maniobra.

Cuando llegó el equipo de urgencias, los sanitarios preguntaron quién acompañaría al hospital a Aidan, que fue el nombre que dieron los chicos. Abrí la boca para decir que lo haría Marlinchen, pero ella se me adelantó:

– Ve tú, Sarah -dijo, muy nerviosa-. Ve con él, por favor.

La ardiente defensora de la familia Hennessy, la que me había echado de su propiedad, había desaparecido. Marlinchen volvía a ser una adolescente asustada y, para ella, yo era la autoridad. Todavía creía que yo podía ayudar a su hermano mucho más que ella misma. Aturdida, monté en la ambulancia.

Me quedé con Jacob Candeleur todo el tiempo que estuvo en el servicio de urgencias. Nadie se percató de que me colaba en la sala entre el revuelo de médicos y enfermeras en febril actividad. Me quedé de pie, apoyada en la pared, y fui testigo de sus vanos esfuerzos. Allí estaba cuando certificaron la muerte, a las 19.11 horas, y abandonaron la sala, consternados.

El último en salir, un enfermero, al llegar a la puerta se volvió a mirarme.

– ¿Lo notificará usted a la familia? -preguntó.

– Ahora mismo -asentí.

Hugh Hennessy había pasado una temporada escondido tras el muro de su enfermedad, amparado en su derecho a la intimidad, ocultándose de la gente a la que tanto daño había causado. Ese círculo de gente no hacía más que crecer. Aidan, cuya muerte había sido fruto de su negligencia hacía ya tiempo. Elisabeth, cuyo suicidio había contribuido a gestar. Brigitte, a quien le había arrebatado el hijo. Jacob, cuya pérdida de identidad, en última instancia, había resultado fatal. En cierto modo, incluso Paul Candeleur. Paul, el leal y dispuesto luchador, que le había transmitido esos valores a su hijo sólo mediante la sangre, que no había vivido para ver cómo iba a torcerse la vida del muchacho. Sentí que aquella nueva muerte también dolería a Paul, dondequiera que estuviese.

Capítulo 33

Marlinchen, acostumbrada ya a asumir responsabilidades propias de los adultos, aprendió aquel día otra más, que la gente no suele afrontar hasta los treinta o los cuarenta años. La guié en el proceso de sacar el cuerpo del hospital para llevarlo a un tanatorio y la ayudé a tomar las decisiones oportunas. Le aconsejé, además, que permitiera a sus hermanos, Donal incluido, ver el cadáver de Jacob.

– Así lo sucedido cobra realidad -le dije-. Los ayudará durante la fase de negación y más tarde comprenderán que pudieron despedirse de él.

Los chicos estaban aturdidos. Nadie lloró.

Fuera, en el aparcamiento del hospital, Marlinchen se sentó en el asiento del acompañante, y con la vista clavada al frente, preguntó, alicaída:

– ¿Te quedarás a dormir en casa, esta noche?

Creo que hay que ser norteamericano para comprender cómo afrontamos el luto y la pérdida la clase media estadounidense. En cualquier otro sitio, cuando una persona muere de repente, los allegados reaccionan con gemidos, lamentos y lágrimas, hay recriminaciones. Lo vemos todos los días en la CNN. En otros lugares, hay barra libre de alcohol, el teléfono no para de sonar y acuden los vecinos con comida y consuelo.

En casa de los Hennessy, el televisor de pantalla panorámica presidió toda la velada. Hasta Liam se rindió a él, sentado en el suelo con las rodillas pegadas al pecho, buscando consuelo en el opiáceo electrónico de los tiempos actuales.

Les cociné una cena sencilla: espaguetis con salsa de tomate y ensalada verde. Marlinchen preparó una bandeja para Hugh y, justo antes de acostarse, le dio una pastilla.

– Lo ayuda a dormir -explicó- y creo que esta noche no podré quedarme despierta para acompañarlo al baño o leerle algo si no puede conciliar el sueño.

– Me parece una buena idea -asentí. Parecía buscar mi aprobación incluso en pequeños detalles como aquéllos.

Justo antes de subir las escaleras, Liam se acercó a la ventana. No veía el lugar donde había muerto Jacob pero, a través del cristal, miraba en esa dirección.

– No lo entiendo -dijo-, es que no lo entiendo, joder. -Su rostro anguloso estaba contraído en algo que estallaría en dolor cuando dejase de intentar contenerlo y se permitiera sentirlo.

Le apoyé una mano en el hombro y no dije nada. Marlinchen y yo no habíamos hablado más de lo que le había contado aquella tarde acerca de Jacob Candeleur y del verdadero Aidan. Ignoraba cuándo estaría en condiciones de hablar del tema otra vez, o de contárselo a sus hermanos.

Me sentía inquieta y me costó dormir. Justo cuando lo estaba consiguiendo, en el sofá de la sala familiar, oí que alguien abría las puertas que daban a la terraza.

Fuera, en el claro de luna, estaba Marlinchen, vestida con una camiseta de manga larga y unos vaqueros gastados. Empuñaba la pala que Liam había utilizado para enterrar a Bola de Nieve y se dirigía hacia el magnolio.

Yo no tenía ninguna prueba fehaciente para demostrar la parte de mi teoría según la cual Aidan estaba enterrado allí; todo se reducía a una intuición. ¿Qué otro lugar de la finca tenía ese aspecto de monumento? ¿Por qué Hugh había llevado a Marlinchen allí, años atrás, para decirle algo importante? ¿Por qué los chicos Hennessy sentían tanta atracción por aquel árbol e iban allí a hablar y a reflexionar en silencio, como si se dejaran guiar por los susurros de los muertos?

Me levanté y me vestí.

Marlinchen estaba tan concentrada en su trabajo que no me oyó llegar. A pesar de su delgadez, aplicaba toda la fuerza de su cuerpo en la pala, como una pequeña excavadora. Lloraba y cavaba a la vez.

– Marlinchen -le dije.