Alzó los ojos y, al claro de luna, vi que las lágrimas habían formado senderos plateados en sus mejillas. Incluso en su dolor, se la veía hermosa.
– Deja esto ahora, ¿quieres? -sugerí-. Podemos hacerlo en otro momento.
– No -respondió-. Tienes razón en todo lo que has dicho. La has tenido desde el principio y yo no te he hecho caso. -Levantó la vista hasta el ventanal de Hugh-. ¿Crees que si estuviera despierto me vería, aquí abajo? -Sin esperar a que yo respondiera, prosiguió-: Ojalá sea así. Ojalá me vea cavando y sufra un ataque de corazón, para rematar la apoplejía. Ahora no movería ni un dedo por él.
– No es culpa tuya -le dije.
– No, la culpa es suya -replicó Marlinchen con vehemencia-. Llevo años protegiéndolo… Nunca le conté a nadie cómo trataba a Aidan… -Se interrumpió y sollozó, pero no dejó de cavar. En el lago, un cárabo listado emitió un grito inquietantemente humano.
– No es culpa tuya -repetí-. Sientes mucho dolor y te gustaría hacer algo ahora mismo para arreglar las cosas pero, legalmente, es mejor que dejes que caven los técnicos. Podrías golpear los huesos con la pala y romperlos y entonces las pruebas resultarían dañadas.
– ¡Las pruebas! -Marlinchen soltó una aguda carcajada no muy distinta del sonido del cárabo-. No necesitamos ninguna prueba. Mi padre nunca será acusado de nada, está demasiado enfermo y por eso se librará. -Volvió a reírse, esta vez con más amargura-. Aidan murió por su culpa, y también lo considero culpable de la muerte de mi madre, pero nunca pagará por todo ello.
Volvió a hundir la pala en la tierra.
– Nada lo afecta -dijo-, nada lo hiere. Los profesores de Aidan, que debían controlar si había malos tratos… ¡No habrían querido enterarse aunque papá hubiese pegado a Aidan delante de sus narices y de toda la escuela! ¡Pero si los padres y madres llevaban sus libros a las reuniones de la escuela para que se los firmara! -sollozó-. Incluso yo lo protegía y lo defendía y no te di la información que necesitabas para no ponerlo en evidencia. -Se limpió la nariz con el revés de la mano en un gesto infantil-. Antes incluso de eso, yo lo cuidé. Cuando mamá murió, me ocupé de cocinar y de llevar la economía de la casa para que él tuviera tiempo de escribir, de dar clases y de pensar y de hacer lo que fuese, menos ejercer de padre.
El viento se levantó repentinamente y arrastró un persistente aroma de la barbacoa de aquella noche.
– Y justo cuando mis responsabilidades estaban a punto de terminar, sufre un ataque. Perfecto. De lo más oportuno. Y me atrapa otra vez. Se pondrá mejor, pero nunca estará del todo bien. Me veo aquí, preparándole comida y vigilando que tome la medicación, hasta que sea una cuarentona.
– No tiene por qué ser de ese modo.
– Lo será. Tú no lo entiendes -dijo.
El olor a humo se intensificó. Me extrañó, pues Marlinchen no había vuelto a encender la barbacoa.
– ¿No hueles a humo? -le pregunté.
– Desenterraré los huesos y se los mostraré, para que vea que lo sé. Lo obligaré a aceptar lo que ha hecho. -Sin hacerme caso, volvió a hundir la pala en la tierra con fiereza. Me volví para mirar a la casa y distinguí un resplandor rojo e irregular que centelleaba en la oscuridad tras algunas ventanas.
– ¡Hijo de puta! -mascullé.
Mientras corría hacia la casa, Liam salió a la terraza trasera en compañía de Donal.
– ¿Dónde está Colm? -pregunté.
– Dentro -respondió Liam con la voz algo ronca-. Sacando a papá.
Con el corazón en un puño, recordé a Hugh. Un maldito inválido en el maldito piso superior de una casa con una maldita escalera.
– Tenemos que sacar a papá -dijo Donal y se le quebró la voz.
Oí pasos detrás de mí y apenas tuve tiempo de alargar la mano para detener a Marlinchen, que quería entrar en la casa.
– ¡De ninguna manera! -grité-. Vosotros os quedáis aquí, y lo digo muy en serio -añadí al ver rechazo en su expresión de ansiedad-. ¡Yo me ocupo de esto!
Dentro de la casa, el aire era caliente pero soportable, como si alguien hubiera puesto el termostato de la calefacción exageradamente alto, pero olía a humo y noté que me estremecía de nervios.
En el pasillo de arriba, el humo era más denso. Allí estaba Colm en la puerta de la habitación de su padre.
– ¡Vamos! -me gritó-. ¡Ayúdame con papá!
Durante un momento, me resultó tentador, porque Colm era fuerte, pero noté el calor en la piel, cada vez más intenso, y pensé que los incendios se descontrolan muy deprisa, sin previo aviso, y que es imposible sobrevivir a ellos. No podía correr el riesgo de que Colm muriera por mi causa, porque yo decidiese permitir que me ayudara y toda la estancia fuese pasto de las llamas mientras intentábamos sacar a Hugh.
– ¡No! -grité, aunque estábamos muy cerca el uno del otro-. No es momento de heroicidades.
– Ha sido Donal. -Colm sacudió la cabeza, abatido-. Estaba fumando en el sótano, él ha causado el incendio. Si papá…
– Los bomberos sacarán a tu padre -dije-. Ellos tienen el equipo y la preparación necesarios.
Intenté transmitirle más confianza de la que realmente tenía. Probablemente, cuando llegaran los bomberos, sería demasiado tarde para que pudieran sacar de la casa a un inválido de ochenta kilos de peso. Colm vio la verdad en mis ojos. Abrió la boca para decir algo más pero fue presa de un ataque de tos.
– Así mueren los bomberos y los miembros de los equipos de emergencia -dije.
Echó una última y angustiada mirada a la habitación a oscuras de su padre y asintió. Le pasé el brazo por los hombros y lo conduje hacia la escalera.
De nuevo en la terraza, noté que la piel me quemaba como si la hubiera puesto en una sartén gigante. Era probable que Colm se sintiera de la misma manera. Lo empujé hacia el grifo, lo abrí y él se mojó la cara, el pecho y los brazos. Cuando retrocedió, yo me disponía a hacer lo mismo, pero en ese momento advertí algo que me inquietó.
– ¿Dónde está Marlinchen? -quise saber.
Colm, con los cabellos goteando, se incorporó y miró a su alrededor. Liam tenía puestas las manos en los hombros de Donal y también parecía confundido.
– ¡No! ¡Maldita sea! -exclamé, tan enfadada que, incluso en aquellas circunstancias, Colm dio un respingo al oírme.
Marlinchen había entrado a buscar a Hugh. Las palabras que había pronunciado junto a la tumba de Jacob, «ojalá sufra un ataque de corazón, no movería un ni un dedo por él», eran sólo eso, palabras. Tan pronto se había presentado el primer apuro, había vuelto a su actitud de siempre, sacrificando su bienestar por el de su padre.
– Muy bien -dije, volviéndome hacia los chicos-, a vosotros os quiero lejos de aquí, pero bien lejos. No paréis hasta llegar a la carretera y esperad allí, quietos. Si Marlinchen o yo no salimos, no vengáis a buscarnos. ¿Comprendido?
Los tres asintieron.
Me acerqué al grifo de un salto, me arrodillé y lo abrí. Puse la cabeza bajo el chorro hasta que tuve bien mojados los cabellos. Las gotas que me corrieron por el cuello estaban tan frías que me parecían hielo. Me quité la camisa, la mojé y volví a ponérmela. A continuación, entré de nuevo en la casa.
Tan pronto crucé el umbral supe que no conseguiría llegar al piso de arriba. La escalera era pasto de las llamas e intentar subirla sería suicida. El único acceso a la planta superior estaba bloqueado.
Salí de nuevo al jardín por la misma puerta trasera, rodeé la casa y me aposté debajo del ventanal de la alcoba de Hugh que daba al lago. Los racimos de uva del emparrado estaban muy juntos y la fruta se veía arrugada y grisácea. El emparrado. Había aguantado el peso de Jacob. También soportaría el mío.
Cuando me colgué de él, el marco de madera crujió y se bamboleó, pero resistió y empecé a trepar. Las hojas me rozaban la cara y aunque el olor de humo lo dominaba todo, capté el dulce aroma de los capullos todavía sin abrir.