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Detrás de la persiana, la ventana corredera de Hugh estaba abierta de par en par. Aquello, pensé, debía de haber sido cosa de Marlinchen, para que entrara aire fresco en la habitación. Hugh estaba en cama y observé que su pecho se estremecía con una respiración temblorosa e irregular, bajo lo que parecían ataques de tos causados por el humo. Recordé el somnífero que Marlinchen le había dado y me pregunté si estaría consciente.

La luz se filtraba desde la habitación de matrimonio y la silueta de Marlinchen se recortó en el umbral. Llevaba una sábana arrugada en la mano y advertí que había abierto el grifo de la bañera y que estaba mojando sábanas y toallas para combatir las llamas que ya se habían extendido a la estancia de Hugh.

– ¡Marlinchen! -grité.

– ¡Sarah! -respondió y capté una nota de alivio en su voz. Había llegado la autoridad-. ¡Ayúdame!

– ¡Ven conmigo! -chillé-. Vas a… -Estuve a punto de decir que iba a morir si se quedaba allí pero me interrumpí, por temor a que Hugh estuviera lo bastante despierto y lúcido como para oírme. Si lo estaba, pocas cosas podía haber más terribles que su situación: consciente pero incapaz de moverse, a merced de las circunstancias, dependiendo por completo de que otra persona lo salvara.

– ¡Los bomberos ya están llegando! -dije, cambiando de táctica-. ¡Ellos lo rescatarán! ¡Pero tú tienes que salir ahora mismo!

– ¡No puedo! -gritó, sacudiendo la cabeza antes de echar otra sábana mojada a las llamas que se aproximaban a la cama-. ¡ Entra y ayúdame!

Entonces ocurrió algo que me encogió el corazón: Marlinchen cayó de rodillas entre toses, cegada por el humo. Pensé que era el final, que se daba por vencida. -¡Marlinchen! -insistí-. ¡Ven conmigo! Pero, incluso tosiendo, dijo que no con la cabeza. Miré otra vez hacia la cama. De los ojos casi cerrados de Hugh escapaban unas lágrimas. Sabía que se debía al humo, pero me pareció que lloraba. Una imagen mental de mi difunto padre me cruzó la mente como un chispazo de electricidad estática, y un dolor tan intenso como una náusea me revolvió el estómago.

Tomé una decisión. No iba a mirar más a Hugh. No podía mirarlo y decir la verdad. Y si no decía la verdad, Marlinchen tal vez no sobreviviría.

– ¡Escúchame! -aullé-. Esta noche pueden morir aquí tres personas. Será lo que ocurrirá si entro e intento ayudarte. O pueden morir dos personas. Será lo que ocurra si te dejó aquí. O puede morir una persona y las otras dos se salvarán.

Probablemente, Marlinchen no alcanzaba a verme por efecto del humo y de las lágrimas, pero volvió el rostro hacia mí. Se puso en pie y, a ciegas, avanzó hacia la ventana tambaleándose.

Mientras lo hacía, metí una uña por debajo del borde inferior de la ventana corredera, intentando mantener el equilibrio en el emparrado con una sola mano. Forcé el cristal y lo saqué de la guía del alféizar. Cedió y la esquina inferior del marco de metal saltó, me rozó la frente, causándome un arañazo superficial, y rebotó en la estructura combada del emparrado, haciendo temblar las hojas a su paso.

– Muy bien -tranquilicé a Marlinchen, que ya se asomaba al hueco de la ventana-. Voy a bajar un poco para hacerte sitio, pero no apartaré la mano de aquí -la había puesto encima de su pantorrilla-, para que sepas en todo momento dónde estoy.

Esperaba haberle inspirado confianza, pero a decir verdad, empezaban a temblarme las piernas de tanto mantener la posición en el emparrado.

– Saca una pierna y busca dónde apoyar el pie -le dije-. Nos descolgaremos despacio, paso a paso.

Un plan estupendo, pero totalmente inútil. Cuando Marlinchen apoyó su peso en la espaldera, toda la estructura cedió. Vi una luna blanca que volaba, humo y el lago; a continuación, todo el planeta me golpeó en la espalda y en la parte posterior de la cabeza. Marlinchen tuvo más fortuna. Yo frené su caída.

Capítulo 34

El aroma familiar del pegamento de cianocrilato me hizo recuperar el sentido, pero no se trataba del olor viejo y persistente del humo. Éste era intenso y reciente. Tenía los ojos cerrados pero noté que alguien me tocaba la frente con una suave caricia.

– Debería tener acciones de ese producto -dije, sin abrir los ojos.

– ¡Chist! -susurró una voz conocida-. No me muevas la mano.

Abrí los ojos y no me sorprendió ver a Cicero porque, un par de segundos antes, había reconocido su voz. Lo que no tenía tan claro era la secuencia de los acontecimientos que había llevado a que me encontrara de nuevo en su mesa de exploración.

Recordé el incendio en la casa de los Hennessy y, a partir de eso, retazos de sucesos. Recordé que Colm, a mi lado, me llevaba a una distancia segura de la casa en llamas y me animaba a apoyarme en él, y que yo lo hacía, agradeciendo su fuerza juvenil y de que hubiese desobedecido mi prohibición de que se acercara a buscarnos. Recordé la llegada de vehículos de emergencia a la casa y que yo intentaba ayudar porque no comprendía que estaba allí como paciente y no como miembro de los equipos de primeros auxilios. Recordé una atestada sala de urgencias, luego un lugar tranquilo, y que alguien me hablaba en voz baja y tranquila. La voz de Cicero.

– No puedo creer que estés encolando los trozos que han quedado de mí.

– Un truco de médico, sólo para uso de profesionales -dijo, recostándose en la silla.

– Pero creo que no me he hecho daño -aventuré. Recordaba la esquina afilada del panel de la ventana que me había arañado la frente, pero me había parecido un rasguño como el arañazo de un gato.

– Pues ha sido un corte importante. No te lo toques -advirtió al ver que me llevaba la mano a la frente-. Yo te lo enseñaré.

Retrocedió en la silla de ruedas y regresó con un espejo de mano que me puso delante de la cara.

– ¡Joder! -exclamé. Entonces recordé que había tenido que parpadear varias veces para quitarme la sangre de los ojos; una sangre que se me había secado en la nariz, en las mejillas e incluso en el mentón.

– Tiene peor aspecto de lo que en realidad es. -Cicero retrocedió de nuevo con la silla-. Y te hiciste un pequeño chichón en la coronilla, pero tampoco es nada grave -me aseguró-. Te di hielo para que lo pusieras sobre el golpe, ¿no te acuerdas?

– No -respondí.

– Por lo demás, estás bien. Voy a traerte un poco más de hielo. ¿Puedes tirarme esa toalla?

Miré alrededor y vi en la mesa de reconocimiento, justo a mi lado, una toalla verde claro mojada. La agarré y empecé a incorporarme pero Cicero, desde la cocina, levantó la mano. El lanzamiento salió un poco desviado, pero él rectificó su posición y consiguió cazarla al vuelo. Cuando volvió, trajo más hielo en una bolsa, así como una jofaina de acero inoxidable llena de agua jabonosa y un paño limpio. Cogí la bolsa y me la llevé a la cabeza. No me costó localizar la herida, por el dolor sordo que sentía y también por los cabellos mojados que la rodeaban. Cicero dejó la jofaina en la mesa y escurrió el paño. Comprendí lo que quería hacer.

– Puedo lavarme la cara yo sola, en el baño -aseguré.

– Ya sé que puedes -replicó-, pero quiero que te quedes sentada sujetando el hielo sobre la herida. De paso, te diré que estoy harto de sentir compasión innecesaria por ti; parece que hayas peleado diez asaltos contra Lennox Lewis cuando, en realidad, no es para tanto.

Como una niña, me entregué a sus cuidados y, mientras él me restregaba suavemente la cara para limpiar la sangre seca, cerré los ojos.

– Tengo que decirte una cosa -murmuró Cicero-. La última vez que estuviste aquí, mencionaste la muerte de mi hermano.

– No tenemos por qué hablar de eso. -Abrí los ojos.

– Sí -me contradijo-. Temías que te considerase como a los agentes que mataron a Ulises. -Su voz era serena y modulada, como siempre-. Pues no lo hago. Tú no tienes nada que ver con ellos.

– Nunca me has visto en el trabajo -objeté.