– Jamás hablé con esos tipos -explicó Cicero-. Nunca vinieron a verme para explicarme lo que había sucedido. Tú sí lo habrías hecho, ¿o me equivoco?
– Sí, habría venido a verte -respondí con toda sinceridad.
Cicero asintió y continuó su labor. Las sensaciones en la piel resultaban hipnóticas, como también lo era el sonido del paño empapándose y, luego, el del agua volviendo a la jofaina cuando Cicero aclaraba la tela y la escurría, una y otra vez.
– Lo que no me has contado con claridad es cómo te ha ocurrido esto -prosiguió-. Has dicho algo de un incendio en una casa y que te caíste desde una ventana durante un rescate, ¿es eso cierto?
– A grandes rasgos, sí -respondí-. ¿Por qué?
Cicero dejó el paño en el recipiente y me tendió una toalla para que me secase la cara.
– Siempre andas metida en situaciones peligrosas, Sarah -comentó-. Primero, sacaste a esos chicos del canal; ahora, esto.
– Sólo son dos veces -puntualicé.
– Dos veces desde que te conozco -me corrigió-, hace poco más de un mes.
– Forma parte de mi trabajo -aduje.
– No -replicó Cicero, sacudiendo la cabeza como un maestro que escucha un pretexto inaceptable de un alumno que no ha hecho los deberes-. Conozco el trabajo policial lo suficiente para saber que las cosas que tú haces no son las típicas.
– Pero es que yo no quiero ser típica.
– Cuando la gente se lesiona o se hace daño con frecuencia, es que le ocurre algo -prosiguió Cicero-. Con tales accidentes, en realidad lo que se pretende es llamar la atención sobre otra cosa, algo que no se puede mostrar directamente a los demás.
– No te entiendo.
– Sarah -dijo con cautela-, cuando tu marido y tú vivíais juntos, ¿te pegó alguna vez?
– No, Dios mío -respondí-. Shiloh también era policía.
– Eso no significa nada -observó Cicero-. La vuestra es una profesión muy física que atrae a personas agresivas que…
– Todo eso ya lo sé, pero Shiloh nunca me ha puesto la mano encima -insistí.
– Es que tengo la sensación de que alguien te ha hecho daño. -Cicero hizo una pausa, como midiendo las palabras-. ¿Algo relacionado con el sexo?
Seguramente fue por lo tarde que era, o tal vez por la herida de la cabeza; el caso es que estuve a punto de negarlo y, en vez de eso, me oí decir:
– Pero eso fue hace mucho tiempo.
– ¿Tu padre? -Cicero tenía los ojos clavados en los míos y me miraba con intensidad.
– Mi hermano -respondí-. Nunca se lo he contado a nadie -añadí-. Ni siquiera a Shiloh.
– Lo siento -dijo Cicero.
– Y no quiero hablar de esto nunca más.
– De acuerdo.
– Lo digo en serio.
– Muy bien.
– ¿Te doy lástima?
– No.
– De acuerdo. No quiero hablar del tema nunca más.
Advertí que estaba sujetando un paño mojado en el que ya no había nada. Me lo aparté de la cabeza, lo desdoblé y en su interior encontré un trozo de hielo del tamaño de un diente. Era todo lo que quedaba de un cubito.
– Si en el trabajo hago cosas extremas -añadí-› es porque quiero…, quiero…
Me interrumpí: no encontraba palabras con las que explicarme.
– Hace poco conocí a un chico que trabaja en urgencias médicas -continué por fin, al tiempo que evocaba la imagen de Nate Shigawa- y sentí envidia de él. Su trabajo consiste en detener las hemorragias, pero el mío es distinto. Cuando yo llego, la hemorragia ya se ha terminado. A veces, hace mucho.
Pensaba en el Aidan Hennessy auténtico, que había muerto tan joven, y en su madre, a la que habían sacado de las aguas del lago.
– Pero que la hemorragia se haya detenido no significa que el dolor haya desaparecido -comentó Cicero-. Supongo que, en eso, sí que puedes ayudar.
– Sí, cuando me lo permiten -repliqué-. A veces, mucho más a menudo de lo que crees, las personas dicen que necesitan ayuda pero, en realidad, no la quieren.
El día, que había comenzado en la puerta del despacho de Kilander, empezaba a pasarme factura. Me sentía cansada, y no sólo físicamente. No sabía cómo se encontraba Marlinchen, ni tan siquiera dónde estaban sus hermanos y ella. Pensé que debía averiguarlo, asegurarme de que se hallaban bien y de que había alguien con ellos, pero aquella noche ya no podía hacer nada más. Me ocuparía del asunto al día siguiente.
– ¿Qué hora es? -pregunté, volviéndome hacia el reloj. Faltaban dos minutos para las dos de la mañana-. Dios mío, lo siento -murmuré, al tiempo que me levantaba de la mesa de exploración-. Deberías estar acostado. Me marcho.
Cicero empezó a hablar pero lo interrumpí:
– Me encuentro bien, estoy en condiciones de conducir… -Me detuve al advertir algo-. Pero no he venido hasta aquí en coche, ¿verdad?
– ¿No te acuerdas? -preguntó Cicero, sacudiendo la cabeza.
Cerré los ojos e intenté acceder a unas tenues imágenes mentales, pero era incapaz de verlas con claridad. Entonces me asaltó una idea imposible.
– ¿Me has traído tú?
– Sí -dijo.
– Pero…
– Ya te dije que, si no había más remedio, podía tomar el ascensor -comentó-. No me asombra tanto haber podido bajar en el ascensor como que mi furgoneta arrancara.
Debió de verme muy sorprendida porque me miró divertido.
– Me llamaste desde un teléfono público próximo a Urgencias. Fuiste un tanto inconcreta con los detalles pero, al parecer, acababas de escapar de la sala de espera. Yo te dije que me esperaras allí. Iba a llevarte de regreso al hospital si era necesario pero, como te habían declarado paciente ambulatoria y no tenías heridas importantes, respeté tus deseos de venir aquí.
Cicero había salido de su guarida para ir a buscarme. Quería decirle que estaba orgullosa de él, pero advertí de inmediato que aquello lo haría sentir inferior, que sería como una palmadita en la cabeza.
– Estoy en deuda contigo -susurré.
– Me debes ciento veinte dólares, para ser exactos -replicó Cicero-. Ochenta por los cuidados médicos y cuarenta por haberme hecho bajar en el condenado ascensor.
Casi sonreí, aliviada ante su habilidad para traernos de regreso a la tierra.
– ¿Sabes una cosa? -le dije.
– No llevas tanto encima. -Cicero acabó la frase por mí.
– Te lo traeré mañana -prometí.
– No hay prisa -aseguró él-. Pero ve con cuidado, ¿de acuerdo? Lo que yo puedo arreglar tiene unos límites.
Capítulo 35
Ya en casa, dormí cinco horas y me desperté con la llamada del teléfono móvil. Tenía que presentarme y ayudar en el caso de la muerte prematura de Hugh Hennessy en el incendio de su casa.
Fui a la central y me tomaron declaración. Hablé largo y tendido de mi relación con los Hennessy, describiendo los acontecimientos de la noche anterior.
También me enteré de unos cuantos detalles. Lo que Colm me había explicado era correcto, aunque parciaclass="underline" Donal había estado fumando en el sótano. Ante las hábiles preguntas de un investigador veterano especializado en incendios provocados, el más joven de los Hennessy explicó que no podía dormir y que se había levantado a medianoche y le había birlado un cigarrillo a su hermano mayor. Después de la explosión de Colm durante la cena, había visto que Aidan, muy alterado, encendía uno y se le ocurrió que los cigarrillos debían de ayudar en aquellas situaciones de estrés. Mientras estaba escondido en el sótano, Donal oyó movimientos arriba y pensó que alguien lo buscaba. Con las prisas, arrojó el cigarrillo encendido a un cubo de basura y corrió a su cuarto. No se había percatado del peligro de lo que acababa de hacer ni de que el sótano estaba lleno de material inflamable: allí sólo había muebles viejos y un colchón de espuma. El investigador me comentó que le sorprendía que la vieja casona no hubiera ardido mucho más deprisa.
Tras prestar declaración, corrí a ver a Marlinchen, que esperaba en el pasillo y me abrazó como si fuera una hermana de la que hubiese estado separada mucho tiempo. Campion también se encontraba allí, pues había oído la noticia por la radio. Aquella noche, más tarde, uno de los funcionarios del cuerpo de bomberos me permitió acompañarlo a la finca de los Hennessy. Allí encontré mi coche cubierto de hollín; aparte de eso, sin embargo, funcionaba perfectamente. Lo rocié con una manguera como medida provisional y lo llevé directamente al túnel de lavado.