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Cuando estaba a punto de dormirme, recordé que había olvidado llevarle a Cicero el dinero que le debía.

Al día siguiente, hacia mediodía, cogí el coche y fui a las torres. En el piso veintiséis, salí del ascensor para encontrarme ante una escena como las que había tenido que afrontar con demasiada frecuencia.

Soleil se encontraba en el descansillo, apoyada en la pared. Su rostro era una máscara de dolor: estaba llorando a lágrima viva ante la puerta del apartamento de Cicero. Apostado en el umbral, un joven agente uniformado intentaba mantenerse impasible entre la conmoción y el desaliento que lo envolvían mientras, dentro del apartamento, sonaba una voz por un radiotransmisor. Noté que me fallaban las piernas. La última vez que había experimentado aquella sensación había sido en el depósito de cadáveres, al que había acudido a ver un cuerpo del que un ayudante del forense había dicho que podía ser mi marido.

Deseé no haber sabido todo lo que sabía, deseé ser una ciudadana más y poder engañarme a mí misma pensando que aquella escena podía indicar un robo o un simple asalto. Pero no, no podía tratarse de otra cosa que de un homicidio.

Habría podido dar media vuelta y escapar, irme a algún lugar donde estar a solas para asimilar lo que había visto, pero no lo hice.

Nadie se cuestionó mi presencia allí. Los vecinos sabían que era la amiga de Cicero y, para los policías, era una detective de la Oficina del Sheriff. El agente uniformado apostado a la puerta me hizo firmar en el registro de movimientos y entré.

Me resultó raro que hubiese tanta actividad en el apartamento de Cicero, un lugar que asociaba con luces ambientales, el silencio, el orden y la figura de Cicero, a un nivel más cercano al suelo que el mío, pero cinética en su inmovilidad. Ahora estaban encendidas todas las lámparas y había gente no discapacitada que andaba de un sitio a otro y que se veía desproporcionada respecto a lo que había a su alrededor, con unos movimientos demasiado rápidos y que parecían fortuitos.

El apartamento estaba patas arriba. Habían volcado la arqueta que contenía el instrumental médico de Cicero y las fichas del archivador estaban tiradas por el suelo. En medio de la habitación, la silla de ruedas se hallaba inclinada hacia delante. Cerca, en la alfombra, había rayas y gotas de sangre seca, como si alguien hubiera sacudido un pincel.

El primero de los técnicos, un hombre llamado Malik, comenzaba a dibujar un plano del apartamento en el que después situaría la posición de cada objeto relevante, así como de las manchas de sangre. La otra técnica, una mujer corpulenta y pelirroja a la que no conocía, tomaba notas. El detective se encontraba apostado a un lado de la sala. Se trataba de Hadley.

Había sido mi último novio, antes de casarme con Shiloh. Ambos habían trabajado juntos en la Brigada de Narcóticos Interagencias y yo había colaborado una vez con ellos en el desmantelamiento de un laboratorio de anfetamina en Anoka. Hadley, que era negro, no destacaba por su estatura, aunque tenía unos reflejos muy rápidos que yo recordaba de los partidos de baloncesto uno contra uno. Llevaba el pelo más corto que cuando hacía operaciones encubiertas con los de Narcóticos y su aspecto estaba más en consonancia con su nuevo cargo como detective de Homicidios.

Sus ojos oscuros me descubrieron y alzó la barbilla a modo de saludo. No pudo hacer otra cosa porque estaba hablando por su teléfono móvil.

– Cuando los técnicos terminen… Sí, no lo sé -dijo. Se apoyaba alternativamente en uno y otro pie y la luz arrancó un reflejo de la pistola de calibre cuarenta que llevaba en una sobaquera-. Sí, muy bien -añadió y cortó la comunicación.

– Pribek -dijo-. ¿Te ha mandado el condado?

– ¿Qué ha ocurrido aquí?

– El nombre de la víctima es Cicero Ruiz -explicó Hadley, pasando por alto el hecho de que no había contestado a su pregunta-. Parece que lo han matado para robarle. Una vecina ha dicho que aquí tenía algún tipo de negocio y que cobraba en efectivo.

«Te lo había advertido -pensé-. Te lo había advertido.»Hadley señaló con la cabeza hacia la puerta, al otro lado de la cual, aunque no la veíamos, estaba Soleil.

– Es la misma vecina que nos ha llamado esta mañana -dijo-. Vio la marca en la puerta del apartamento.

Al entrar, no me había fijado en una marca de zapato rojiza de alguien que había salido al rellano después de pisar sangre.

– Tuvo un mal presentimiento y llamó a Cicero. Cuando vio que él no contestaba, nos telefoneó -terminó de explicar Hadley.

– ¿La has interrogado a fondo? -quise saber.

– Todavía no. Precisamente por eso está ahí afuera, en el rellano, esperando -dijo Hadley, que se sacó del bolsillo el bloc de notas aunque no lo abrió-. Los demás vecinos han declarado que no vieron nada. -Señaló el instrumental tirado por el suelo-. Parece que el tipo era médico, pero esto no me cuadra nada. Un médico en un edificio como éste…

– Era médico -corroboré. Cicero ya no necesitaba que yo cumpliera mi promesa de silencio-. Prewitt me pidió que lo investigara. Tenía la consulta en este apartamento.

– ¿Aquí visitaba a los pacientes? -preguntó Hadley.

– Eso nos dijeron. Mi trabajo consistía en encontrar pruebas para arrestarlo.

– Sí, pero hemos llegado un poco tarde -comentó Hadley.

Tragué saliva para luchar contra el nudo que se me estaba formando en la garganta.

– ¿Sarah? -dijo Hadley.

Los detectives de Homicidios, más que los de otros departamentos, tienen que confiar en un artículo de fe: que a las víctimas de un crimen se las puede ayudar después de muertas. Yo nunca lo he creído del todo pero, en la conciencia, una voz me decía que hiciera mi trabajo y en aquel momento no lo puse en duda. Tragué saliva por segunda vez y pude funcionar de nuevo.

– ¿Qué sabes de lo ocurrido?

– No demasiado -respondió-. Es posible que los asaltantes fueran dos -prosiguió-, pero dejaré que los técnicos lo decidan, basándose en las pisadas de los zapatos y en las huellas que puedan encontrar. Como he dicho, el móvil probable es el robo -se frotó el puente de la nariz-. No sé cuánto dinero ganaba el matasanos, pero me parece que no se rindió fácilmente.

– ¿Le pegaron? -inquirí.

– Sí -respondió-. Vi el cadáver. Lo machacaron. Ven. -Hadley recorrió el pasillo indicándome con una seña que lo siguiera.

En el santuario de Cicero, las fotos del estante seguían en su sitio, pero habían sacado los cajones del mueble y los habían vaciado. El archivador había recibido un trato similar. En el suelo, a los pies de la cama, la alfombra presentaba manchas granates en una zona irregular de un metro de diámetro.

– Murió ahí -indicó Hadley-. Creo que el doctor conocía a sus atacantes. Al menos, los dejó entrar. La puerta no está forzada. Lo atacaron por sorpresa en la sala y lo tiraron de la silla. Ahí les plantó cara, sin duda, porque hay manchas de sangre. Y luego lo trajeron a rastras al dormitorio y aquí empezó la gran paliza. -Hadley señaló salpicaduras de sangre en la pared-. ¿Ves eso? Muchos golpes con un objeto contundente. O existía un rencor personal o, más probablemente, se negó a darles lo que buscaban.

Se me ocurrió que en la teoría de Hadley había un error.

Cicero necesitaba el dinero que su actividad le proporcionaba, pero era demasiado práctico como para morir por él. Se habría rendido. Si le habían pegado hasta matarlo… Sacudí la cabeza. Hadley había hablado de rencor, pero a mí eso no me cuadraba. Cicero no tenía enemigos. Habría apostado lo que fuese a que no los tenía.