– Hemos encontrado el arma. Una barra de hierro de diez kilos, del juego de pesas. Sarah, ¿estás bien? -me preguntó Hadley.
En el cristal había un cabello negro atrapado en una mancha de sangre seca.
– Lo siento -dijo Hadley-. No me acordaba de que tú no ves estas cosas tan a menudo como yo. ¿Quieres volver a la sala?
– No, da igual -respondí, recuperando el habla-. Estoy bien. Me gustaría colaborar en esta investigación, si es posible.
Hadley asintió, sin sorprenderse ante aquella petición.
– Me encantará que lo hagas.
Una voz de mujer llamó a Hadley. Era la técnica del laboratorio que se hallaba en la sala.
– Disculpa -dijo Hadley.
Me volví hacia las fotos del altar de Cicero y pensé en lo que me había dicho después de hacerme la receta.
«Ya tengo bastantes problemas; sólo faltaría que me arrestaran», había dicho. Pero se equivocaba. Aunque hubiera cumplido un tiempo de cárcel, eso no lo habría matado. Tal vez nunca me habría perdonado que lo delatase, pero al menos estaría vivo. Había muerto porque yo había pasado por alto mis mejores intuiciones y había obedecido sus deseos.
Cuando me contó la historia de la joven paciente con problemas psiquiátricos y de la noche en que ella lo había llamado para que fuera a su casa, Cicero había dicho: «En el fondo, probablemente me sentía bastante solo, aunque hasta entonces no había sido consciente de ello». Lo mismo podía decirse de mí. Yo necesitaba su amistad y temía vivir con el recuerdo de su enojo; por eso había evitado que lo detuvieran. En definitiva, lo había protegido por egoísmo y, al hacerlo, lo había matado.
Desde la colección de fotos, un joven y despreocupado Cicero y su hermano Ulises me miraban. Ahora estaban muertos los dos. Uno a manos de la policía, el otro por culpa de una policía indulgente.
Pasé la hora siguiente inmersa en el trabajo. Hadley salió a hacer unas rápidas entrevistas previas a los vecinos a fin de separar a los que, como Soleil, sabían lo suficiente para que mereciese la pena llevarlos a la central y tomarles declaración formal. Yo me quedé en el apartamento y, con una cámara de los técnicos, fotografié meticulosamente el apartamento de Cicero, todos los objetos, todas las manchas de sangre, distanciando mi mente de lo que veía en cada encuadre.
Cuando casi había terminado, Hadley volvió de la sala.
– ¡Pribek! -Su tono de voz expresaba tanta urgencia que Malik dejó caer el lápiz con el que escribía y yo bajé la cámara.
– Tenemos que suspender la investigación -dijo Hadley con el móvil en la mano-. Una pareja de agentes ha recibido una llamada de una farmacia en University Avenue. Un farmacéutico se puso en contacto con ellos por una receta sospechosa. Un par de chicos intentaron colársela, pero el farmacéutico supo de inmediato que era falsa. Lo que había escrito en ella no significaba nada. Eran garabatos parecidos a letras griegas.
Claro. El talonario de recetas.
– Y lleva la firma del médico. Cicero Ruiz, doctor en medicina. -Hadley me lanzó una sonrisa sin humor, como la de un tiburón-. Vinieron a vengarse del doctor. Él los había engañado.
Antes, Hadley se había equivocado. Detrás de la paliza no había la hostilidad ni los odios personales en los que basaba su teoría. Los chicos habían querido que Cicero les hiciera recetas y, cuando éste se había negado, le habían hecho daño para intentar acabar con su resistencia.
– Los chicos se han dado cuenta de que ocurría algo y se han largado justo antes de que llegara la policía. Hubo unas carreras y uno de ellos se cayó. Lo hemos detenido. -Hadley sacudió la cabeza-. Su amigo lo dejó tirado. No hay honor entre los ladrones.
Yo apenas lo escuchaba.
Comprendía que pudieran atacar a Cicero por el dinero. Todos los que acudían a su consulta sabían que cobraba en efectivo, y también todos aquellos a quienes esos pacientes hubiesen hablado del médico sin licencia que vivía en las torres. Pero el talonario de recetas…
– ¿Sarah? -La voz de Hadley sonó impaciente.
– Disculpa -murmuré.
– Tienen al chico de la farmacia en la central y se ha avisado al resto de la zona para que estén sobre aviso por si el otro muchacho intenta comprar con esa receta, pero sólo tenemos una descripción, no un nombre. El único que lo puede identificar es su amigo. -Hadley se guardó el móvil en el bolsillo-. Así pues, necesitaremos que colabore.
Desde la ventana del coche de Hadley, contemplé el río de peatones que llenaba las aceras mientras el sol se reflejaba en los altos edificios en lontananza. Sentí como si una membrana me aislase del mundo exterior. Llevaba en la mano un papel arrugado, el historial médico que me había abierto Cicero de su puño y letra. Me habría resultado imposible explicar aquello a mis superiores. Aun así, mientras lo buscaba entre los papeles del archivador volcado, me sentí rastrera y mezquina, como si al hacerlo estuviera traicionado a Cicero o algo así.
Hadley me tocó la muñeca ligerísimamente con dos dedos.
– Me parece que este caso te está afectando demasiado. -Apartó la vista de la calle un instante para mirarme a los ojos y luego adelantó un camión de mudanzas-. ¿Lo que te preocupa es que el tipo fuera parapléjico?
– No -respondí-. Es que… -añadí, titubeando. Tenía algo que decir, pero no quería romper la membrana y permitir que aflorasen mis sentimientos-. Es que me parece horrible cómo se ha malogrado su vida.
Me metí el historial médico en el bolso. «Por favor, que no siga hablándome de esto», pensé.
– Lo sé -murmuró Hadley-. Según su vecina, él…
– Antes de que lleguemos a la central -lo interrumpí-, ¿quieres que preparemos una estrategia para el interrogatorio?
– Buena idea -asintió, mientras adelantaba a un Oldsmobile que avanzaba muy despacio.
Es una táctica tradicionaclass="underline" cuando dos personas cometen un delito, detén a una y haz que ésta delate a la otra. Si se presenta la ocasión, bríndale la oportunidad de saltar sobre su compañero e implicarlo en todo.
El caso era de Hadley y yo me avine a que tomara la iniciativa. Yo desempeñaría el papel más amigable del poli bueno.
El joven que nos esperaba en la sala de interrogatorios no 408 tenía pinta de delincuente. Medía algo menos de metro setenta, tenía el pelo pajizo y lucía una irregular barbita de chivo. Sus párpados inferiores se veían caídos, lo cual le confería un aire apático, aunque en sus ojos brillaba un placer hostil, como si no tuviera la menor intención de colaborar con nosotros. Vestía unos vaqueros de algodón burdo y color oscuro que le quedaban grandes y una sudadera roja con capucha. En el pliegue de la piel entre el índice y el pulgar llevaba un punto tatuado de color azulado que, cuando movía la mano, parecía una araña arrastrándose.
Al vernos, lo primero que hizo fue bostezar.
– No te pongas demasiado cómodo, Jerod -dijo Hadley.
Jerod Smith, diecinueve años, de Mineápolis Sur. Tenía antecedentes por posesión de marihuana, nada serio. Por ello, era posible que el autor material de la muerte de Cicero fuese su amigo fugado.
– ¿Quieres hablarnos de Cicero Ruiz? -empezó Hadley.
– ¿Quién? -preguntó Jerod.
– Si has de mentir, te pediría al menos que tus mentiras fuesen inteligentes -gruñó Hadley, sentándose en el borde de la mesa-. La receta que le diste al farmacéutico llevaba el nombre de Cicero Ruiz, así que ya sabemos que lo conoces. -Hadley respiró hondo como para impresionarlo. No estaba perdiendo la paciencia ni mucho menos-. Ruiz muere y, al cabo de un rato, tú intentas comprar medicamentos en una farmacia con recetas expendidas por él. Esto tiene muy mala pinta. Creo que ha llegado el momento de que cooperes.
– Cuando nos fuimos de su apartamento estaba perfectamente -aseguró el muchacho tras encogerse de hombros. Luego sus labios se curvaron como si estuviera conteniendo la diversión-. Tal vez se cayó de la silla de ruedas y se golpeó la cabeza con algo. Quizá le dio un ataque, a esa gente le suele pasar. -Jerod alzó el brazo, con la mano fláccida, y se golpeó el pecho imitando a un espástico.