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– Buena idea -convino Hadley-. Pero, ¿por qué un coche del parque móvil?

– El mío se ha quedado en el edificio donde vivía Cicero -expliqué- y he venido hasta aquí en el tuyo, ¿ recuerdas?

Al enterarme de lo que le había ocurrido a Cicero, mi aturdimiento había sido tal que, al marcharnos de allí, ni siquiera me había acordado de mi vehículo. Si Hadley me hubiera llevado a una nave espacial, habría subido a ella sin pensarlo.

– Bien -suspiró Hadley-. Si esperas un momento, te acompañaré a hablar con la novia del chico.

– Cuanto antes vaya, mejor -dije, sacudiendo la cabeza-. Tú todavía tienes que ocuparte de la declaración de Jerod y de hacer el papeleo para que lo encierren.

Al llegar al parque móvil, elegí un sedán azul marino, de tamaño mediano y bien cuidado. Pensé que Gray Diaz debía de conducir un coche de aquel tipo. Enfilé la rampa de salida un poco más rápido de lo necesario y dos funcionarios que cruzaban el garaje con la gabardina abierta sobre el traje me lanzaron una mirada de reprobación.

Ya había decidido lo que haría con Ghislaine. Me proponía llevarla a la central y averiguar si sabía algo del paradero de su novio Marc. Pero antes daría un rodeo para pasar por la oficina del forense.

Había advertido a Ghislaine que, si amenazaba de nuevo con delatar a Cicero, la metería en la cárcel. La advertencia había sido en vano. Ahora había hecho algo peor que dar un soplo sobre Cicero a la policía y yo tenía las manos atadas. Como decía Hadley, Ghislaine no había hecho nada de lo que pudiera acusársela. Sin embargo, me quedaba un as en la manga: podía hacer que Ghislaine viera el cadáver de Cicero, que contemplara el resultado final de sus actos en un féretro de acero inoxidable.

Capítulo 36

La chica que abrió la puerta en el apartamento de Ghislaine parecía su prima del pueblo: un poco más baja, un poco más corpulenta, con los cabellos más blancos que la pelusa del maíz y unos ojos azules pequeños y cautelosos. Llevaba una camiseta blanca de cuello de pico, sin sujetador, y un pantalón corto del que asomaban unas piernas blancas. Iba descalza. A su espalda sonaba la cháchara estúpida de un programa de televisión.

– He venido a ver a Ghislaine -anuncié.

– No está -dijo la muchacha.

– No te importará que entre y lo compruebe, ¿verdad? -Le mostré la placa y ella abrió los ojos desmesuradamente y retrocedió.

– Estaba dando de comer al niño -explicó mientras yo entraba.

– ¿A Shadrick? -quise saber.

– No, a mi hijo -respondió, sacudiendo la cabeza-. Shad está con Ghislaine.

Un bebé de unos seis meses, vestido de un amarillo apagado y andrógino, ocupaba una silla alta colocada justo en la frontera entre el linóleo de la cocina y la moqueta de la sala.

– ¿Ghislaine ha hecho algo malo?

– No -respondí-, pero me gustaría hacerle unas preguntas. Es testigo material de un caso.

Avancé hacia el corto pasillo, que me recordó el del apartamento de Cicero. Apenas me llevó unos instantes inspeccionar el cuarto de baño. Alguien había tomado una ducha a media tarde y todavía flotaba en el aire una nube de vapor. En la repisa del lavamanos se amontonaban cremas y cosméticos. Tras el cristal translúcido de la mampara de la ducha no había nadie.

En la primera alcoba, la cama estaba deshecha, pero no hasta el punto de hacer irreconocible la cara amarilla y gigante de Piolín en la arrugada colcha. En una pared había un banderín del equipo de los Packers y, debajo, unas baldas en las que no había más libros que los de texto del instituto. Unas miniaturas de caballos llenaban dos de ellas en su totalidad y en una tercera había un perro de peluche, tumbado de costado. Me encontraba, evidentemente, en un apartamento habitado por críos.

– Éste es mi dormitorio -dijo la muchacha.

– No he entendido tu nombre -observé.

– Lisette.

Otro improbable nombre galo aunque, a tenor de su aspecto físico, la muchacha no me pareció francesa sino de pura ascendencia sajona.

– ¿Ghislaine y tú sois familia?

– No -respondió sacudiendo la cabeza-. Sólo compartimos piso.

Entré en el último dormitorio.

Ghislaine debía de tener dos o tres años más que su compañera. Se notaba en la decoración de su habitación, más femenina y menos infantil. La cama estaba hecha, con una colcha color rosa pálido y tres cojines con adornos de puntilla barata cuidadosamente dispuestos. Los juguetes de Ghislaine eran más caros: un reproductor de MP3, un cargador de teléfono móvil y una hilera de discos compactos. La puerta del armario estaba abierta y en su interior había varias chaquetas de cuero y trajes de fiesta. En un tablón de corcho como el de la casa de Marlinchen vi fotos de Ghislaine, casi todas con chicos o con Shadrick y rara vez con otras muchachas.

– ¿Cuál de estos chicos es Marc? -pregunté a Lisette, que me observaba desde el umbral de la puerta.

– Ninguno de ellos -respondió-. Él no hace este tipo de cosas.

– ¿Qué cosas?

– Dejar que le tomen fotos con Gish -puntualizó la chica-. O aparecer como su novio. Marc es demasiado popular para eso.

– ¿Ah, sí?

– Sí. Gish le deja las llaves del coche para que pueda ir a fiestas a las que ni siquiera la lleva. Marc deja su ropa sucia aquí para que ella la lleve a la lavandería, y siempre huele a perfume de otras chicas.

– Y Ghislaine, ¿cómo se lo toma?

– Se desvive por complacerlo aún más. Conmigo se queja, pero a él no le dice nada. Cuando se lamenta y le aconsejo que lo deje, cambia completamente de discurso.

– ¿En qué sentido?

– Dice que Marc está cambiando y que, en el fondo, la quiere. Ghislaine cree que la quiere porque le regala cosas, pero son siempre objetos robados. A Marc le gusta hacerse el matón. -Lisette puso los ojos en blanco-. En fin, que ella no quiere dejarlo y se dedica a pensar en qué más puede hacer para impresionarlo.

Exacto. Así pues, a Ghislaine se le había ocurrido algo, algo realmente bueno, y el precio había sido la vida de Cicero.

– ¿Marc ha venido por aquí, hoy? -inquirí.

Lisette movió la cabeza en gesto de negativa.

– Gracias -le dije.

Si un observador más imparcial que yo se hubiera apostado en el umbral de la puerta de la alcoba de Ghislaine y hubiese observado los bonitos objetos de los que se rodeaba, los habría tomado erróneamente por una señal de su inocencia y de su ausencia de malicia. Pensaría en una veinteañera a quien gustaban los objetos bonitos, la ropa y salir de compras y que tenía la habitación ordenada, y le desearía suerte. Ese observador diría que era culpa de Marc que ella se esforzara tanto por complacerlo; alegaría que era culpa de la sociedad que las chicas de su edad se entregaran tanto a los chicos que las rondaban, que les dieran sexo y dinero y apoyo sin recibir nada a cambio, hasta caer en la desesperación.

Ésta había sido mi impresión, también, la primera vez que la había visto. No había dado crédito a la opinión que Shiloh tenía de ella, y la achaqué a sus prejuicios. Me había dejado llevar por su charla y por su contagioso afecto, sin percatarme de que debajo de éste crecía un tumor maligno.

En realidad, el gusto de Ghislaine por las cosas bonitas y la ropa buena era la causa de su malicia. Deseaba poseer más y, si para conseguirlo tenía que hacer daño al prójimo, para ella ese daño no era real. Para Ghislaine, los demás no eran personas reales. Al parecer, Shadrick sí lo era y Marc, también. Pero el resto de la gente eran instrumentos para ser utilizados. Como Lydia, a quien había delatado a la Brigada de Narcóticos. Como yo, a quien había utilizado para que no la arrestaran por hurto en una tienda. Como Cicero.

Al llegar a la puerta de la calle, Lisette advirtió que había cometido una indiscreción.