– Nosotros nos ocuparemos de ella, detective Pribeck -dijo.
Complacida de que se acordara de mí, hice un gesto de asentimiento, me incorporé y me quité de en medio. Y como ya estaba en marcha, seguí caminando hacia el almacén. Schiller, el compañero de Shigawa, atendía ya al dueño de la tienda. Todo estaba bajo control.
Me alejé, salí por la puerta trasera y vi el coche de Ghislaine. En esta ocasión me fijé en algo que antes se me había escapado. En los asientos traseros había una sillita de seguridad infantil. Me agaché y miré por la ventanilla. No podía ser. Seguro que no…
Pero sí, Shadrick estaba dentro, con la cabecita caída de lado. Había estado dormido durante todo el suceso.
La puerta trasera no estaba cerrada con llave y el niño despertó en cuanto la abrí. Mientras desabrochaba el cinturón y lo levantaba de la silla, permaneció en silencio.
Con Shad en brazos, me dirigí a la entrada principal de la tienda y una vez más me encontré en medio del circo de los servicios de emergencias. Una radio crepitaba y carraspeaba mientras las luces de las ambulancias se reflejaban en el asfalto y en la pared delantera de la licorería. El personal de la ambulancia pasó corriendo junto a mí, cada cual concentrado en su trabajo, pero nadie parecía necesitarme. En realidad, ni siquiera me miraron, a excepción de una persona que, desde el límite mismo de la escena del crimen, me observaba de una manera que me resultó familiar de cuando hacía la calle en mis misiones encubiertas antivicio, mucho tiempo atrás. Era Gray Diaz.
Presentaba un aspecto un tanto desaliñado, en mangas de camisa, y advertí unas profundas ojeras. Parecía cansado, pensé, como si hubiera estado trabajando en exceso. No vi que llevara una orden de detención en las manos, aunque eso no significaba que no la hubiera obtenido.
– Detective Pribek -dijo Diaz, viniendo a mi encuentro-. Me han dicho que la encontraría aquí. -Me observó con atención-. ¿Qué le ha ocurrido en la cara?
– Me caí -respondí-. En el incendio de una casa.
Ahora le tocaba hablar a él.
– Sólo he venido a despedirme -dijo-. Regreso a Blue Earth.
– ¿Ah, sí?
– Mi investigación aquí ha concluido -explicó-. El caso Stewart seguirá abierto oficialmente, pero inactivo.
Miró a su alrededor, a nuestros compañeros, pero ninguno de ellos parecía prestarnos atención. Luego, se volvió de nuevo hacia mí.
– Sé que mataste a Royce Stewart, Sarah, pero no puedo 430 demostrarlo -declaró Diaz llanamente-. Supongo que pensaste que una vida como la de Stewart carecía de importancia y, desde el punto de vista del sistema, tienes razón.
No esperó a que yo respondiera ni añadió nada más. Aquéllas fueron sus palabras de despedida. Shadrick eligió ese preciso momento para llevar sus suaves manitas, un poco frías, a mi rostro, y con su gesto desvió mi atención de la silueta de Diaz, que ya se alejaba. Shad me miró a la cara, como si esperara recibir instrucciones o consejos.
– No me mires así, pequeño -le dije.
Capítulo 37
Cuando duermes bien, se abre una trampilla en el fondo de la mente y tienes sueños profundos y extraños: psicodramas llenos de imágenes simbólicas que rara vez recuerdas al despertar y que, cuando las recuerdas, te llevan a comentar a tus amigos: «Anoche tuve un sueño de lo más raro». Y es que cuando estás nervioso y no duermes bien, tus sueños están tan cerca de la superficie de la mente que se parecen más a los pensamientos que al acto de soñar.
En otras palabras, los detalles del sueño que voy a narrar a continuación sólo fueron especulaciones, nada más.
Volvía a estar en la sala el tribunal. Hugh Hennessy iba a ser juzgado pero, en esta ocasión, yo no ejercía de fiscal. No era más que una observadora, o al menos eso creía, hasta que Kilander me apoyó la mano en el hombro.
«Hugh no puede hablar -señaló-. Cualquier juez desestimará el caso.»«Eso ya lo has dicho.»«Pero han encontrado a alguien que hable por él -prosiguió Kilander-. Quieren que lo hagas tú.»Yo respondí que no podía.
«No hagas esperar al juez», dijo Kilander.
La empatía es una herramienta útil para los detectives. Por mucho que detestes a un sospechoso, es provechoso adoptar su punto de vista, comprender sus motivos. Lo tuve en cuenta mientras me acomodaba detrás del estrado.
«Cuando esté usted preparada», dijo el juez.
Me incliné hacia delante y hablé en nombre de Hugh: «Ya sé que todo esto parece algo horrible.»«Un poco más alto, señora Pribek», dijo el juez.
«Ya sé que todo esto parece algo horrible -repetí-. Pero, por regla general, mi escritorio está cerrado con llave y, aunque estuviera abierto, los niños nunca entran en el estudio. No tengo allí nada que los atraiga, ni juguetes ni chucherías. Guardaba las pistolas en un cajón porque en nuestro dormitorio no había ningún mueble que cerrase con llave. Si las necesitaba, las armas estarían allí, al otro lado del pasillo. Las tenía cargadas porque, en aquella época, la zona del lago no estaba tan urbanizada como ahora. La casa quedaba muy aislada y quería proteger a Lis y a los niños de posibles robos. No sé por qué ese día se me olvidó cerrar el escritorio, pero así fue.
»¿Cómo pudo ser que la única vez que olvidé cerrar, Aidan entrara y encontrase el arma? Y que no disparase al aire, o al suelo y se alcanzara el pie, sino al pecho. ¡Al pecho, nada menos!
»No es que me diera miedo llamar a la ambulancia y que quedara registro del accidente. No fue por eso por lo que llevé a Aidan yo mismo al hospital. Sé que es lo que parece, pero la razón no fue ésa. Lo que me dio miedo fue esperar a que llegara. Por eso lo tomé en brazos y corrí al garaje. Si hubiese habido controles de velocidad en la carretera, la policía habría tenido que perseguirme hasta el hospital, porque no me habría detenido. Deseaba con toda mi alma salvarlo… Pero no había controles ni me vio ningún agente de tráfico. Llegué hasta el hospital, pero nadie pareció advertir mi llegada. Y entonces volví la cabeza y vi que Aidan, en el asiento trasero, no respiraba. Estaba amoratado. Había fallecido.
»Permanecí sentado en el coche y lloré, y siguió sin acercarse nadie. Cuando ya no pude llorar más, pensé en avisar a los del servicio de urgencias para que se hicieran cargo del cuerpo, pero no quería que me lo quitaran y lo llevaran al depósito de cadáveres, así que puse el coche de nuevo en marcha y regresé a casa. No sé en qué estaría pensando. Supongo que en realidad no pensaba en nada.
»Cuando llegué a casa, Lis estaba durmiendo; tenía a Marli en la cama y no quise despertarlas. Amaneció una mañana espléndida y decidí enterrar a Aidan bajo el magnolio. Antes, muchas familias americanas tenían sepulturas en sus fincas. Es una tradición, por lo que enterré a Aidan bajo el árbol y recé una plegaria.
»Marli despertó y le dije que su madre se encontraba mal y que Aidan estaría fuera un tiempo. "Pero volverá, ¿verdad?", preguntó, y no tuve el coraje de decirle que no, y por eso le aseguré que todo se arreglaría. Más tarde, bajé al magnolio con Lis y le dije que me había parecido mejor enterrarlo allí que mandarlo a una funeraria para que lo embalsamaran y cosieran. De ese modo, estaría siempre con nosotros. Lis lloró y asintió. Después, se quedó prácticamente catatónica. No llamó a nadie, ni a los amigos ni a su hermana.
»Aquello me dio que pensar. Se habían producido tantas coincidencias… nadie había visto a Aidan en mi coche a la puerta del hospital, nadie se había enterado todavía de lo ocurrido. Me pareció cosa del destino. Tal vez conseguiría ocultar que Aidan se había matado con la pistola. Quizá podría echar la culpa a los cazadores, pero ¿qué bien nos haría que los periódicos publicaran con grandes titulares la muerte de Aidan? La gente sospecharía de Elisabeth y de mí. A ella también la culparían. ¿Y si Servicios Sociales nos incapacitaba para cuidar de nuestros hijos? ¿Y si también se llevaban a Marli y a Liam? Eso habría destrozado a Lis. En aquella época, además, estaba embarazada de Colm. La vi tan frágil…