»Fue entonces cuando me acordé de Brigitte y de su hijito, Jacob. Parecía imposible, pero en realidad era perfecto. Jacob tenía prácticamente la misma edad que los gemelos. Y como eran tan pequeños, el tiempo estaba de mi parte. Los dos olvidarían el pasado y, pasados unos años, Jacob llegaría a ser Aidan.
»Cuando se lo expuse a Lis, se puso histérica y me calificó de enfermo, pero yo capeé el temporal. Le dije que nada podría devolvernos a Aidan pero le expliqué todas las razones. Le hice notar lo que ella misma me había contado: que desde la muerte de su novio, la vida de Brigitte había sido un desastre. Bebía y se drogaba mucho y, por un descuido suyo, un perro le había arrancado un dedo al niño. Jacob estaría mejor con nosotros. Le dije que podíamos darle al chico una vida maravillosa, aunque nunca, nunca olvidaríamos a Aidan. Podríamos visitar su tumba todos los días.
»No me costó convencer a Brigitte. Ella sabía que era una mala madre y que su hermana acogería con cariño a Jacob. Un cuantioso cheque fue lo único que necesité para que se decidiera. Y una vez lo cobrara, no podría denunciar al caso a las autoridades, porque ella también estaría implicada.
»El día que trajimos a Jacob a casa también fue un desastre. Yo le había dicho a Marli que a Aidan lo había mordido un perro y que se quedaría en el hospital hasta que se curase. Ella me creyó pero, cuando llegué con Jacob, lo miró y se echó a llorar. Sabía que no era Aidan, pero cuando yo insistía en que sí lo era, se sintió confusa y se asustó. Le dije: "Marli, aunque parezca distinto, es Aidan, por dentro es Aidan, en serio", pero ella siguió llorando y diciendo: "Quiero a Aidan, quiero a Aidan". Y Lis estaba tan abatida que se sentó en la mecedora y también lloró. Marli se quedó en un rincón, llorando, y Lis en la mecedora, llorando, y Jacob de pie en medio de la habitación, también con ganas de llorar. Pensé que el monstruo allí era yo. ¿Cómo había podido suceder todo aquello? Lo único que había querido siempre era ser un buen marido y un buen padre, y ahora era un maldito monstruo que no alcanzaba a comprender qué demonios había ocurrido.
»En ese momento Jacob miró alrededor y vio a Lis. Se parecía un poco a su hermana Gitte; era más hermosa, por supuesto, pero el muchacho advirtió el parecido. Se acercó a ella y le preguntó por qué lloraba y se subió a la mecedora y se sentó en su regazo. Entonces Marli vio que su madre no tenía miedo del nuevo Aidan y fue a sentarse con ellos. Allí estaban los tres y, al verlos, pensé que todo saldría bien. Me habría gustado participar en aquel abrazo, pero en la mecedora ya no cabía nadie más. Me quedé a un lado y pensé que me quedaba aislado de ellos, pero no me importó. Podría soportarlo. Probablemente, lo merecía. Siempre y cuando Lis fuera feliz…
»Pero, como es natural, las cosas no salieron de ese modo. 435 Marli y el chico intimaron enseguida y, al cabo de seis meses, habría jurado que no recordaban que Jacob Candeleur hubiese existido siquiera. Sin embargo, yo sí me acordaba. Me di a la bebida y sufrí una úlcera y esperé que algo saliese mal. Lis quería al muchacho como si fuera su propio hijo, aunque también pasaba tiempo junto a la tumba de Aidan, y advertí que había sido una mala idea enterrarlo allí porque siempre se acordaría de cómo había muerto. Se me ocurrió que tal vez nos convenía mudarnos de casa, pero me daba demasiado miedo. ¿Qué ocurriría si los nuevos dueños levantaban la moqueta del estudio y descubrían la gran mancha de sangre? ¿Y si cavaban bajo el magnolio y encontraban los huesos de Aidan? ¿Y qué iba a hacer con el maldito BMW? Nos habíamos quedado varados en la casa y en todos los rincones de ésta se agazapaban los recordatorios de lo ocurrido.
»No obstante, nunca pudimos pasar el duelo por la muerte de Aidan, y creo que eso fue lo que al final acabó matando a Lis. Así, ella también se fue y, cuando volví a casa después del funeral, caí en la cuenta de que mi esposa, a quien quería más que a nadie en el mundo, se había ido y, en cambio, tenía en casa al hijo ilegítimo de su hermana. El chico estaba llorando bajo el maldito magnolio, justo encima de la tumba de Aidan; en ese momento salí y le pegué por primera vez. No fue la última, pero, ¿a quién le importaba ya? Yo era el monstruo, hacía años que lo sabía.
»Empecé a imaginar que lograría borrar de su mente los recuerdos de ser Aidan Hennessy de la misma manera que años atrás le había hecho olvidar que era Jacob Candeleur. Tardé demasiado tiempo en comprender que lo mejor que podía hacer era enviarlo de vuelta con Brigitte. Cuando llamé para sugerírselo, accedió enseguida. Y me alivió tanto no tenerlo en casa que, cuando Brigitte murió, pedí a un viejo amigo que se hiciera cargo de él.
»Marlinchen no lo comprendió y yo no soportaba hacerle daño. En una ocasión, estuve a punto de confesarle todo lo ocurrido. La llevé a la tumba de Aidan, pero cuando llegué allí, no me atreví y sólo le hablé de lo mucho que echaba de menos a su madre y le conté que allí, una vez, nos habíamos jurado amor eterno.
»Deseaba contárselo. Marlinchen se parece mucho a su madre y hace mucho tiempo que quiero contárselo a alguien que me diga que lo comprende. Eso es todo. "Lo comprendo."»Ahora sé que eso nunca ocurrirá. He pagado hasta la saciedad por mi error y no sé si esto terminará alguna vez. Conseguí borrar los recuerdos de Marlinchen y también los de Jacob, pero no puedo borrar los que más me gustaría: los míos.»
Epílogo
Los primeros titulares sobre Hugh Hennessy fueron concisos y respetuosos: «Famoso escritor fallece en el incendio de su casa». Los medios de comunicación se mostraron considerados en la cobertura del funeral, durante el cual, sentados en el primer banco de la catedral, los cuatro hijos de Hugh lloraron abrazados los unos a los otros, incluso Colm, sin avergonzarse de sus lágrimas.
No obstante, después del entierro, las preguntas comenzaron a hacerse más insistentes. ¿Por qué no se había hecho pública la enfermedad del escritor? ¿Quién era el joven que había muerto antes, aquel mismo día, y cuya partida de defunción lo identificaba como Aidan Hennessy? Los periodistas empezaron a investigar y, al cabo de un tiempo, se destapó toda la historia. El día en que los técnicos de la policía del condado de Hennepin cavaron bajo el magnolio, a la prensa se le prohibió la entrada en la finca de los Hennessy. Los periodistas, sin embargo, se congregaron en el extremo de la larga calzada de acceso y sus objetivos captaron imágenes de los técnicos que sacaban los huesos de un niño muy pequeño al que no le faltaba ningún dedo y con el esternón destrozado.
Los hermanos Hennessy se negaron a hacer declaraciones y Campion actuó como portavoz, si bien muy conciso, de la familia. Durante aquellas semanas llenas de tensión, telefoneé varias veces a Marlinchen. Ella me aseguró que todo estaba bajo control y yo la creí, sobre todo porque, aunque la notaba muy serena y a veces cansada, no advertí en su voz aquella nota tensa y penetrante que la había caracterizado en los peores momentos. Pensé que quizá podía deberse a la presencia continuada de J. D. Campion. El hombre no tenía planes para marcharse de las Ciudades Gemelas, algo de lo que me alegré. No era el supervisor que los Servicios Sociales habrían elegido para cuidar de los Hennessy, pero tal vez era la única persona adecuada para tratar con aquella intelectual e idiosincrásica familia de jóvenes.
En agosto, el trabajo me llevó al campus de la Universidad de Minnesota, donde había de realizar una breve entrevista. Era un día caluroso y húmedo pero no desagradable y, teniendo en cuenta que era verano, había bastantes jóvenes en el gran patio cuadrangular que se extendía a los pies del auditorio Northrop. Estaba cruzándolo por un sendero de piedras que discurría entre la hierba, cuando una voz masculina me llamó.