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«No deberías decir tales cosas», la reprendió Grimya con ansiedad. «Mientras hay vida hay esperanza. »

—¿Esperanza? —El rostro de Índigo adoptó, de repente, una expresión extraviada; luego se endureció hasta convertirse en una máscara—. Sí; hay esperanza. —Se volvió bruscamente y se incorporó, quitándose el polvo con innecesaria energía—. Hace más fresco ahora. La peor parte del día ya ha pasado: deberíamos seguir.

Grimya no hizo ningún otro comentario, pero mientras su amiga iba hacia el poni para ensillarlo —rehusando mirar a la loba a los ojos—, el animal se acercó en silencio al lugar donde yacía Chrysiva y le dio unos suaves golpecitos con el hocico para despertarla.

—Ín... digo...

Su voz mostraba una velada alarma. Índigo se frotó los ojos rápidamente y volvió la cabeza.

—¿Qué sucede?

—No... se des... despierta. Creo que esssstá... mal.

Índigo se reunió con ella inmediatamente y le dio la vuelta a Chrysiva. Había saliva seca en los labios de la muchacha; ésta gimió y farfulló algo ininteligible, pero no podía, o no quería, abrir los ojos. Su piel estaba más caliente de lo que era normal, incluso en aquel clima.

—Tiene fiebre. —Índigo se maldijo en silencio por sus pocos conocimientos médicos; tenía una pequeña colección de hierbas en sus alforjas, pero su experiencia se reducía a poco más que saber cómo restañar una hemorragia, entablillar un hueso o aliviar el dolor. Darle a la muchacha la poción equivocada, o incluso la dosis equivocada de la poción adecuada, podía hacerle más mal que bien.

Si hubiera escuchado con más atención las enseñanzas de Imyssa... La idea resultaba amargamente irónica y la rechazó furiosa, enderezándose y contemplando con atención las cimas volcánicas que se alzaban hacia el cielo delante de ellas.

—Precisa cuidados mejores de los que yo puedo darle —dijo con voz áspera—. Tenemos dos posibilidades, Grimya. O bien la llevamos de regreso a la ciudad, o bien seguimos adelante como teníamos planeado, con la esperanza de que la fiebre se extinga por sí sola.

—No podemos... regre... sar.

—Lo sé. Pero si no...

—Puede que muera. —Grimya se acercó más a Chrysiva y le olfateó el rostro—. Pero hay al... algo... —Alzó la cabeza perpleja—. Este mal no es... normal.

—¿Qué quieres decir?

—Es... ah, no tengo las palabr... palabrras... —La loba hizo una mueca de frustración, luego abandonó sus jadeantes esfuerzos por hablar en voz alta. Sus pensamientos penetraron en la mente de Índigo.

«Lo que la aflige es algo que ningún médico de seres humanos puede curar. »

Índigo se puso en cuclillas y estudió a Chrysiva con más cuidado. Las manchas, las llagas..., recordó las desfiguraciones de tantos de los seguidores de Charchad, y los mineros de la plaza con sus espantosos males. Y, de repente, sintió frío.

—Debemos seguir adelante —dijo—. Tienes razón; no hay otra elección.

—¿Y la muj... mujer?

Índigo no temía ni a las fiebres ni a la enfermedad. Aquello también formaba parte de la maldición que pesaba sobre ella.

—Esperaremos y rezaremos por ella —repuso con pausada amargura—. No podemos hacer más que eso.

El sol empezaba a descender y no habían encontrado aún un sendero que las adentrara más en las montañas. La esperanza que Índigo había abrigado se había ido enfriando hasta convertirse en desanimado pesimismo. El camino que atravesaba la falla rocosa seguía alzándose de forma perceptible, pero aparte de esto no mostraba la menor señal de variación. Cuando las últimas luces del día se apagaron, se detuvieron junto al sendero y montaron un improvisado campamento.

Índigo se sentó en el suelo, se sujetó las rodillas con las manos y clavó los ojos en la oscuridad que tenían ante ellas, no queriendo compartir ni siquiera con Grimya sus lúgubres pensamientos. A sus espaldas, Chrysiva estaba apoyada contra la pared rocosa: durante la última hora se había recuperado un poco y ahora estaba consciente, aunque demasiado débil y desorientada para resultar coherente.

Un débil gañido proveniente de Grimya la sobresaltó y la hizo mirar por encima del hombro. La loba estaba tendida cuan larga era a unos pocos pasos de ella y, en la penumbra. Índigo pudo apenas distinguir el temblor de su roja lengua cuando estiró hacia atrás la cabeza, mientras una de las patas se crispaba. Grimya estaba casi completamente dormida, el sonido no era más que una expresión de sus lobunos sueños, y la muchacha sonrió levemente. También ella debería intentar descansar, pero tenía tantas posibilidades de dormirse como de que le crecieran alas y saliera volando. Era una noche calurosa, el cañón estaba anormalmente silencioso, y no podía aplacar la intranquilidad que reinaba en su interior, la frustrada necesidad de hacer algo más positivo que esperar tranquilamente el amanecer.

Levantó los ojos hacia la estrecha franja de cielo visible por encima del cañón. La luz de la luna quedaba eclipsada por el resplandor frío y sobrenatural que, desde aquel lugar privilegiado, dominaba la atmósfera superior y proyectaba peculiares sombras carentes de dimensiones sobre los picos. Desde aquel lugar esperaba sentir alguna vibración procedente de las masivas operaciones de extracción que se efectuaban día y noche y que no podían estar a más de tres o cuatro kilómetros de allí; pero no había nada. Sólo la quietud y el silencio.

Llevó una mano a la piedra-imán, pero no la sacó para examinarla. Hacerlo parecía inútil; sabía muy bien lo que le diría.

«Pero ¿cómo?» se preguntó mentalmente. O quizá fue a la piedra a quien se lo preguntó. «¿Cómo vamos a penetrar en las montañas, si no hay un camino, ni un sendero, sólo este interminable cañón?»

Algo parpadeó por un brevísimo instante en la periferia de su campo de visión; una luciérnaga, quizás, atravesando el aire a toda velocidad y lanzando su rojo y dorado destello. Índigo se frotó los ojos, que le escocían por el calor y el polvo; luego sacudió la cabeza para despejarse, mientras la imagen de la luciérnaga danzaba sobre sus retinas. Extendió los brazos, flexionó los dedos para desentumecerlos..., se detuvo, y clavó los ojos en el sendero que discurría ante ella.

Había más chispas diminutas flotando en el cañón, pero no eran luciérnagas. La forma en que estaban dispuestas resultaba demasiado artificial, demasiado regular. Al mirarlas con más atención observó que formaban un reluciente y desigual dibujo, casi una tosca representación de un perfil humano...

Despacio, con mucho cuidado. Índigo empezó a ponerse en pie. Otra rápida mirada a sus espaldas le mostró a Grimya —ahora profundamente dormida, al parecer— y a Chrysiva, que tenía la cabeza vuelta hacia el otro lado y los hombros hundidos con aire indiferente. Índigo pasó los dedos por su cuchillo y, siguiendo un impulso, se deslizó en silencio hasta donde estaban sus alforjas y desató la ballesta de las correas que la sujetaban. Colocó una saeta en el arco, otras tres más en su cinturón, y luego volvió a mirar al otro extremo del cañón.

La danzarina imagen resultaba menos clara ahora, pero todavía era visible. Grimya hizo un brusco movimiento con la cola y lanzó un curioso y gutural sonido, pero no se despertó. Chrysiva no prestó la menor atención cuando Índigo regresó en silencio al sendero y empezó a avanzar hacia las extrañas luces. Sus ojos estaban tan amoldados a la oscuridad como les era posible. La joven juzgó que los destellos estaban a unos quince o veinte metros de distancia, sin acercarse ni retroceder. Se aproximó y, por un momento, la casi humana silueta pareció brillar con más fuerza, como si estuviera a punto de adquirir una forma tridimensional. Luego de repente, cuando se preparaba para salir corriendo hacia ella, se desvaneció.