Выбрать главу

—¡No es cierto! —le espetó Índigo.

—¿No? —Se levantó, flexionando las manos—. Ya lo veremos, saia. Ya lo veremos. —Una torcida sonrisa distorsionó su rostro, y sus ojos adquirieron una curiosa y distante expresión—. No eres un intruso vulgar, eso puedo verlo muy bien. Posees algo de poder. ¿No es así?

Índigo volvió la cabeza.

—Sí —continuó él pensativo—. Un poco de poder. Pero no el suficiente. —La sonrisa se ensanchó—. No puede competir con mis ilusiones, mis ríos de lava, mis dragones, mis mascotas.

La salamandra se levantó sobre sus cuartos traseros, y un agudo y sobrenatural sonido vibró en su garganta.

—Espera, pequeña. En su momento; en su momento. —Vio cómo la mirada de Índigo se deslizaba muy a pesar suyo hacia aquel ser elemental, y cloqueó en voz baja—. Cuando se los llama, se los tiene que alimentar antes de poderlos echar de nuevo. Y cuando se alimentan, carbonizan tanto la carne como el hueso. Es un proceso rápido, pero, según tengo entendido, muy doloroso. —Dio algunos pasos despacio, alejándose; se detuvo, dio la vuelta y regresó junto a ella—. Bien. La verdad. ¿Cómo me encontraste? ¿Y por qué viniste?

La mirada de Índigo se deslizó subrepticiamente por encima de él, en un intento por estudiar el lugar donde se encontraba. Al parecer estaban en una enorme caverna, modesta pero adecuadamente iluminada por velas colocadas en toscos huecos en las paredes. En el extremo opuesto se abría la boca de un túnel, pero no podía ver nada en la oscuridad que había más allá; y, desde luego, no se veía ningún lugar por el que pudiera escapar, incluso en el supuesto de que pudiera soltarse las manos o eludir a la salamandra.

Miró de nuevo al autor de su interrogatorio, y comprendió que no estaba en su sano juicio. La cólera que ardía en él, fuera cual fuese su causa, buscaba una salida: quería hacerle daño, y sólo esperaba que ella le diera un motivo. Su mirada se posó de nuevo en la pequeña estatua de Ranaya, que le dio un atisbo de esperanza donde de otro modo no habría nada. Fuera quien fuese, aquel hombre no era, desde luego, ningún devoto de Charchad. Poseía poder; lo había demostrado de forma estremecedora con las ilusiones que la habían atrapado en el barranco. Pero su diosa era un avatar de la Madre Tierra, por lo tanto el poder que él utilizaba era un poder puro.

El hombre dijo:

—Espero tu respuesta.

Tenía que decirle la verdad. Y además no tenía nada que perder.

—Mi presencia en estas montañas no tiene ninguna conexión con vos —repuso, con la garganta seca—. No sabía nada de vuestra existencia hasta que utilizasteis vuestra hechicería para capturarme, y no tenía la menor intención de penetrar en vuestro santuario ni en el de nadie. La pura verdad es que buscaba una forma de llegar a las minas sin que los que trabajan allí advirtieran mi presencia. — Parpadeó y se pasó la lengua por los labios—. Eso es todo; y podéis creerme o no, como prefiráis.

El silencio siguió a su declaración. No podía saber si el hombre consideraba o no seriamente sus palabras; su expresión resultaba inexcrutable. El único sonido que se percibía en la cueva era un débil chisporroteo proveniente de la salamandra, que cada vez se mostraba más inquieta.

Por fin su raptor habló:

—Una forma de llegar a las minas. —El hombre se llevó un huesudo dedo a la barbilla; luego, repentinamente, su mirada regresó a ella, demente—. ¿Por qué? ¿Qué tenías que hacer allí que debía llevarse en secreto?

«Madre Tierra», pensó la muchacha, «ayúdame ahora, si puedes. »

... Y en voz alta dijo:

—Busco el origen de Charchad.

La salamandra lanzó un agudo silbido, y una blanca llamarada surgió de su hocico. Su furia se vio reflejada en los ojos del hechicero, que, de repente, parecieron encenderse con una oleada de cólera demente. Por un breve instante se quedó inmóvil, rígido; luego se abalanzó sobre ella y la obligó a ponerse en pie, zarandeándola igual que un tiburón enloquecido por el olor de la sangre sacudiría a su presa.

—¿Qué tienes tú que ver con esa inmundicia? —Su voz era un chirrido que resonaba horriblemente en la caverna; golpeó a Índigo una y otra vez contra la pared—. ¡Contéstame! ¡Dímelo antes de que te haga pedazos con mis propias manos! Serpiente, ser miserable, aborto berreón: ¿qué significan esos demonios para ti?

Índigo gritó. Los sonidos surgieron de su garganta de forma involuntaria cuando, con una energía que contradecía su constitución y escualidez, el hombre la arrojó al suelo. La salamandra saltó en dirección a su cabeza, los ojos ardiendo al rojo vivo, la boca bien abierta, pero el hombre le ordenó con brusquedad: «¡No!», y la criatura retrocedió. Índigo se quedó tumbada en el suelo dando boqueadas, cada uno de sus nervios inflamado por el dolor, y, desde una enorme y turbulenta distancia, escuchó la voz del hombre que rechinaba cerca de su oído cuando se agachó junto a ella.

—¡Dime la verdad! Esa pobre mujer que está contigo... ¿Adonde la llevabas? ¿Qué le has hecho?

—¡Uhhh... ! —Le era imposible articular palabra, ni siquiera podía pensar; sus sentidos estaban ardiendo—. Chrys... iva. Ella... ¡Oh, Gran Diosa, ayúdame! —Y a través de su aturdimiento sintió cómo venía, se alzaba y crecía: la cólera, la furia, el odio y la repugnancia que habían acechado como una enfermedad en su estómago desde que escuchara por vez primera el nombre de Charchad. Había bilis en su garganta; la tragó con un esfuerzo y su odio se concentró en su torturador, en el hombre que la había herido, que había arruinado su plan, amenazado a sus amigas...

—¡Dejadme en paz, hedionda inmundicia! —Su voz se elevó aguda, cercana a la histeria, mientras cualquier consideración por su seguridad se hacía pedazos y la furia surgía salvaje de su interior—. ¡Cómo os atrevéis a acusarme de tal blasfemia! ¡Que la Madre Tierra os maldiga y reseque vuestra alma! ¡Desatadme! ¡Desatadme, cobarde, canalla... !

Una mano se estrelló contra su sien derecha y se balanceó hacia atrás, mordiéndose la lengua al interrumpir su diatriba. Mientras luchaba por enderezarse, con la cabeza dándole vueltas, vio que había aparecido una soga en las manos de su atormentador; una soga hecha de llamas azules que crepitaban y se estremecían y, sin embargo, no parecían quemarle.

—Oh, es muy fácil para la escoria de Charchad jurar por la Gran Diosa. —Su voz era tranquila, amenazadora—. ¡Pero ya veremos, saia, cómo les va a tus justas protestas cuando se las ponga a prueba! —Tensó la soga de fuego entre sus dedos—. ¡En pie!

Los hombros de Índigo se estremecieron en sus esfuerzos por llevar aire a sus pulmones.

—¡No lo haré!

El otro sonrió.

—Entonces muere entre atroces dolores, aquí, a merced de mi pequeño sirviente, y demuestra así que tienes miedo a la verdad.

«¿La verdad?», pensó Índigo, mareada. Pero fue suficiente para incitarla.

—¡No! —Intentando mantener una cierta apariencia de dignidad, se puso en pie con un esfuerzo y lo miró cara a cara—. Vuestra mascota puede esperar. Probadme, si eso complace a vuestra deformada mente. ¡Y verdad es lo que encontraréis!

La miró durante unos instantes; luego, una ligera y agria sonrisa intensificó las arrugas de su rostro.

—Por aquí. —Señaló el oscuro túnel que la muchacha había visto antes—. La salamandra irá detrás de ti; si vacilas o corres, sentirás su aliento. ¿Me explico?

—Muy bien. —Le dirigió una mirada fulminante, y se volvió en dirección a la boca del túnel.

Aquel lugar no estaba iluminado, pero el danzante resplandor verdoso de la salamandra era suficiente para alumbrar su camino. Índigo sintió cómo el calor aumentaba a medida que andaba, hasta que, por fin, se le ordenó detenerse. Entonces tuvo la impresión de que se encontraba al borde de un horno abierto. Medio asfixiada por la sofocante atmósfera, se volvió para mirar a su raptor.