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—Por favor. —Extendió ambas manos para apaciguarla—. El animal está perfectamente. Tiene comida y agua, y está totalmente a salvo. —Le sonrió con ironía—. No tuve más elección que utilizar mis artes de hechicería para confinarla en otra caverna, o me hubiera desgarrado la garganta. Pero os aseguro que no ha sufrido el menor daño.

Rápidamente. Índigo dirigió su energía mental en la dirección por la que le parecía que había venido el aullido, y de inmediato sintió el ardor de la cólera de Grimya. La mente de la loba estaba en tal estado de confusión que le era imposible establecer contacto telepático, pero el hombre había dicho la verdad: su amiga no había sufrido ningún daño.

Miró al hechicero de nuevo.

—¿Y qué hay de Chrysiva? —exigió.

—¿Chrysiva?

—La muchacha que estaba con nosotras. Está enferma, si le...

—También ella está bien, saia. Por favor... —Extendió una mano indecisa y, aunque Índigo siguió sin bajar la guardia, esta vez no se apartó. El hombre apretó con fuerza el puño—. Tengo que daros una explicación y justificaros por qué reaccioné de forma tan violenta a vuestra llegada. Puede que me consideréis loco, saia, pero os ruego que me creáis cuando os digo que no lo estoy. —Se detuvo, y los músculos de su rostro adquirieron una curiosa expresión que no pudo llegar a interpretar—. Atormentado, sí. Y enojado; tan enojado... Pero no loco.

Reservándose su juicio. Índigo repuso:

—¿Y justifica ese enojo y tormento vuestro comportamiento con los forasteros?

—Bajo circunstancias normales, no. —Reconoció aquel punto con una mirada esquiva—. Pero las circunstancias aquí no son normales, saia; ni lo han sido durante los últimos cinco años. Cuando se me alertó de vuestra presencia en las montañas, pensé que erais uno de ellos, que me buscabais...

—¿Ellos? —interrumpió Índigo.

—Los seguidores de esa repugnante abominación que ha blasfemado contra Ranaya, y ha tomado todo lo que es bueno y fuerte y... —Las furiosas palabras se apagaron bruscamente y tuvo que controlarse—. Digamos que la amarga experiencia me ha enseñado que cualquier extraño es más probable que sea un enemigo que no lo contrario.

Índigo empezó a comprender y dijo en voz baja:

—¿Charchad?

El hombre asintió, con el rostro muy tenso.

—Apenas puedo soportar oír pronunciar ese nombre en voz alta, incluso ahora. Y cuando me dijisteis que estabais aquí para buscarlos, yo... —Lanzó un violento suspiro—. No me detuve a considerar cuáles podrían ser vuestros motivos; la cólera que me dominaba era demasiado fuerte y quería obtener venganza en vos. Fue tan sólo cuando utilicé la cuerda de fuego y vi lo que había en vuestro corazón que me di cuenta del error que había cometido.

Una mano fría y muerta se aferró al estómago de Índigo, cuando se dio cuenta, de repente, de lo que aquel hombre estaba dándole a entender. Y recordó la terrible experiencia sufrida junto a la fumarola, en el túnel. Un hechicero con tal poder —y era poderoso; había visto más que suficiente para convencerse de ello— podía penetrar en las profundidades de la mente de otro, sacar todo lo que allí hubiera y ver el alma desnuda que había detrás.

Le devolvió la mirada y sus temores se vieron instantánea y horriblemente confirmados por la piedad que vio oculta en sus ojos. Sabía quién era ella. Inconscientemente, sin quererlo, se lo había mostrado todo: su pasado, su delito, la maldición que la Madre Tierra había lanzado sobre ella. Él lo sabía.

Volvió la cabeza mientras una oleada enfermiza de miseria y vergüenza la recorría; se llevó un puño a la boca y se mordió los nudillos.

—Yo...

—Por favor, saia. —Le tocó el brazo con una suavidad que la sorprendió—. Lo que está hecho, hecho está, y ninguno de nosotros puede cambiarlo. No pretendo comprender lo que hay detrás de vuestra misión, y no pienso intentarlo. No hablemos más de ello, si eso es lo que deseáis. ¿Pero no os dais cuenta de que somos dos almas gemelas?

Bajó el puño y lo miró indecisa.

—¿Lo somos?

—¡Sí! Sé lo que habéis perdido. Y conozco el dolor que tal pérdida produce, porque yo he sufrido de la misma forma. ¡Compartimos un objetivo, saia, y creo que el capricho del destino que nos ha unido es nada más y nada menos que la voluntad de la misma Ranaya!

Sus ojos empezaban a arder de nuevo con el inconfundible brillo del fanatismo. Índigo se sintió abrumada por su ansiedad, aunque no totalmente de forma involuntaria, ya que súbitamente aquel hombre había tocado uno de sus puntos sensibles.

—No estoy segura de comprender... —dijo.

—¡Debéis comprenderlo! ¡Está tan claro! La Diosa quería que nos encontrásemos. Tiene una tarea para nosotros. Vuestra misión y la mía son una sola y la misma: y allí donde por separado nuestros poderes son limitados, juntos podemos trabajar para hacer su voluntad y alcanzar el éxito.

Un tenso e incómodo nudo de excitación creció bruscamente en el interior de Índigo.

—¿Charchad?

—¡Sí! —La sujetó por las manos, apretándolas con tanta fuerza que la joven hizo una mueca de dolor—. Ranaya ha contestado a mis oraciones, vos sois Su instrumento. Juntos. Índigo, podemos enfrentarnos a Charchad y destruirlo!

CAPÍTULO 6

Índigo dijo:

—Jasker, lo siento. Siento pena por vos. —Levantó la cabeza y sus ojos se encontraron con los agitados ojos castaño verdosos del hombre que estaba sentado frente a ella—. De verdad, siento pena por vos.

A su lado, Grimya se removió inquieta y añadió su comprensivo asentimiento con un débil gañido. El hechicero dirigió una rápida mirada a la loba, luego sonrió con tristeza y bajó los ojos.

—Vuestra amiga posee más misericordia y bondad en su corazón de la que yo tengo derecho a esperar —dijo.

—Grimya no se ve determinada por las debilidades humanas. Pero sus sentimientos son tan fuertes como los de cualquier hombre o mujer.

Índigo contempló la fuente de piedra toscamente tallada que tenía delante, luego la apartó despacio. La historia de Jasker había reducido su apetito al punto en que tan sólo pensar en comida provocaba una extraña sensación en su estómago; en lugar de comer, tomó el odre de agua que el hombre había dejado junto al plato y volvió a llenar la copa de él y la suya.

Jasker —no tenía apellido, por lo que parecía; no era costumbre en aquellos lugares— había hecho todo lo posible por compensarlas, tanto a ella como a Grimya, por la prueba que les había hecho pasar en su primer encuentro. Al dar a conocer la verdad. Índigo se sintió bien dispuesta a perdonar y olvidar; sin embargo, calmar a Grimya lo suficiente como para hacerla comprender que ya no debía contemplar a aquel hombre como una amenaza no había resultado fácil. Índigo había conseguido, finalmente, establecer contacto telepático con ella, y con mucha paciencia la había convencido para que no se lanzase a la garganta de Jasker en cuanto éste retirara la barrera mágica que la mantenía encerrada en una cueva más pequeña. Cuando por fin salió, Grimya tenía los ojos rojos de furia y su pelambrera estaba erizada, por la desconfianza; pero las palabras tranquilizadoras de su amiga y un plato de carne cruda la habían apaciguado, por fin, y aceptó reunirse con ellos en la caverna principal y escuchar el relato de Jasker.