La historia, tal y como el hechicero la había contado, no resultaba agradable de escuchar. Con tranquila e inflexible determinación, que no había podido enmascarar el dolor evocado por sus recuerdos, Jasker explicó que era —o, con más precisión, había sido— uno de los respetados sacerdotes-hechiceros Ranaya, de la Diosa del Fuego, avatar de la Madre Tierra que había sido adorada en la región durante generaciones. Pero con la llegada del Charchad habían llegado también violentos y terribles cambios. El culto —y hasta ahora Jasker no le había dicho nada de sus orígenes— había crecido con aterradora rapidez, hasta que sus dignatarios se sintieron lo bastante poderosos como para desafiar el reinado de Ranaya, deponiendo a su clero.
Quizá, dijo el hechicero lleno de amargura, él y sus compañeros de religión habían sido unos estúpidos por resistirse. Quizás hubieran debido darse cuenta antes de que fuera demasiado tarde de que una confrontación directa con el Charchad no acarrearía más que el desastre; los devotos del culto habían utilizado el temor y la tortura para extender su influencia por el territorio minero y ningún hombre ni mujer corriente se atrevía a protestar, y mucho menos a levantar una mano contra ellos. Pero se habían resistido; y su ferviente esperanza de que las gentes por las que durante tanto tiempo habían intercedido ante Ranaya se levantarían con ellos resultó ser falsa. Los amigos de Jasker, sus queridos compañeros, fueron masacrados. Intentaron utilizar su magia, pero el Charchad poseía sus propios poderes que ellos no podían ni comprender ni combatir. Y cuando las torturas y las matanzas terminaron, la propia esposa de Jasker, a quien éste adoraba, estaba entre los cuerpos destrozados que el culto dejó tras de sí.
La fría objetividad con que el hechicero relató la forma en que había muerto su esposa conmocionó vivamente a Índigo, ya que podía percibir la titánica tensión que la repetición del relato ocasionaba a aquel hombre. Un momentáneo lapso, una mínima pizca de emoción, y Jasker se habría derrumbado incontrolable. Su esposa —no quiso decirle su nombre; según su tradición era una descortesía pronunciar en voz alta los nombres de los difuntos— había sido torturada durante toda una noche. No reveló los detalles de su tortura, e Índigo no preguntó. Pero describió cómo, despojado de su poder y sin la menor posibilidad de ayudarla, había sido obligado a presenciar su lento y agonizante trayecto hacia la muerte.
El propio fin de Jasker hubiera llegado al atardecer del día siguiente. El Charchad, al parecer, quería reservar algunas víctimas para ofrecer un ejemplo público a los indecisos y los incrédulos, y por eso lo encerraron, con dos compañeros apenas conscientes, en su propio templo. Cómo había escapado era algo que en aquellos momentos no podía recordar; lo único que sabía era que, de repente, se vio poseído por una furia como jamás había sentido, una furia enloquecida que aniquiló toda razón y todo temor. Había escapado de su prisión y había matado a dos hombres, quizá tres; a partir de ese instante su mente estaba en blanco hasta el momento en que recuperó el juicio en las montañas volcánicas, mientras el sol se ponía, a sus espaldas, con un enfurecido resplandor rojizo.
La matanza había tenido lugar hacía dos años, y desde entonces Jasker había vivido allí solo, proscrito y fugitivo. Las viejas montañas estaban acribilladas de cuevas, túneles y pozos, todos ellos excavados por la lava derretida en la época en que la actividad volcánica estaba al máximo. No había habido ninguna erupción durante las tres últimas generaciones y, por lo tanto, la red de pasillos y cavernas resultaba un refugio ideal y casi inexpugnable. No obstante, y según le contó a Índigo, los volcanes no estaban de ningún modo apagados. Existía vida en los pozos más profundos de las montañas de fuego —pozos como la fumarola que ella había visto—, pero estaba adormecida, dijo con una curiosa sonrisa. No estaban extinguidos; sólo inactivos. Era como si aguardaran a que algo interrumpiera su largo reposo.
No sabía si su presencia era conocida por los cabecillas del Charchad. Durante su exilio, sólo cuatro extraños antes que Índigo habían ido a parar a la zona donde tenía su fortaleza, y ninguno de ellos había vivido lo suficiente para que Jasker pudiera comprobar si su presencia era puro accidente o algo más siniestro. Ella le preguntó por qué permanecía en las montañas en lugar de intentar buscar una nueva vida en algún otro sitio, y la sonrisa que le dedicó a modo de respuesta la dejó helada.
—Por venganza. —Sus ojos brillaron en la penumbra de la cueva y advirtió un repentino resurgimiento de la vieja locura—. El mundo no tiene nada que ofrecerme. Índigo, ya que nada podría reemplazar lo que poseí y perdí. Por lo tanto, he dedicado mi vida a un solo propósito y sólo a éste: desquitarme. —Inconscientemente apretó un puño y los nudillos se pusieron totalmente blancos—. No puedo explicar el auténtico significado de la cólera a alguien que no ha experimentado sus mayores extremos. Pero me he disciplinado, preparado y endurecido, hasta el punto en que me he convertido en un arma viviente; como, bebo y respiro venganza, y la venganza se ha encarnado en mi carne, mis huesos, mi alma. Yo soy la venganza. —Aspiró con fuerza y miró en dirección al altar, añadiendo en un apagado murmullo—: ¡Ranaya me ha concedido ese don, y no le fallaré!
Índigo había bajado la vista hacia sus propias manos, que mantenía cruzadas, consciente de los inquietos pensamientos que corrían por la mente de Grimya y, también, de una extraña sensación en su interior que respondía involuntariamente a las palabras de Jasker. Ella había probado la cólera, había sentido su ardor en las venas; y las atrocidades que la habían provocado eran tales que no haría falta demasiado para dispararla otra vez. Compartía la cólera de Jasker, y aquello era peligroso; ya que, a pesar del cambio en su comportamiento, era muy consciente de que el hombre no estaba en su sano juicio. Puede que fuera inteligente y lúcido, pero su insaciable rabia contra el Charchad lo había desquiciado, y ahora alimentaba sus ya considerables habilidades en el campo de la hechicería. Resultaría muy fácil sucumbir a la misma oleada de emociones que lo empujaban, abandonar cautela y razonamiento y arrojarse de cabeza a su causa común. Eso. Índigo lo sabía, podría resultar un error fatal, ya que de una cosa estaba ahora segura: el odiado Charchad de Jasker y el demonio que ella buscaba para destruirlo eran la misma cosa.
Habían transcurrido algunos minutos ya sin que ninguno de ellos dijera nada. En aquella cueva era imposible saber la hora; Índigo supuso que en el exterior empezaría a hacerse de día, pero aquí el día y la noche eran la misma cosa, y la sensación de eternidad parecía formar parte de un sueño; era algo un poco fantástico. Grimya estaba sumida en un inquieto sopor; la loba seguía sin confiar en Jasker y, de vez en cuando, sus ojos ambarinos se abrían y le dirigía una mirada de desconfianza antes de volverse a dormir. También Chrysiva dormía, sobre el saco de tela áspera relleno de hojas secas y ramas que servía de cama al hechicero. Algunas horas antes, éste había estudiado el contenido de la bolsa de medicinas de Índigo y seleccionado dos hierbas con las que preparar una poción para aliviarle la fiebre a la muchacha. La decocción parecía haberla calmado y su sueño era más natural que antes. Pero Índigo seguía muy preocupada por Chrysiva, y ahora se volvió para contemplarla. Su piel mostraba una palidez cadavérica, casi del color de un pescado muerto. Y las señales de sus brazos y rostro, las manchas, las llagas, parecían estar empeorando.
—Dormirá bastantes horas todavía —dijo Jasker con calma.
—Lo sé. —La joven se volvió hacia él—. Pero esas cicatrices que tiene... no muestran la menor señal de mejora.
—No. —Se detuvo, contemplándola con atención, y luego añadió—: No se curarán. Ya no. Si la hubiera encontrado hace dos días, quizás habría habido alguna esperanza, pero ya es demasiado tarde.