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Una palabra que Índigo había pronunciado carcomía su mente. Némesis. Jasker no sabía si tenía algún equivalente en su lengua, pero estaba claro que su significado era mucho más importante de lo que la muchacha estaba dispuesta a admitir. Había tenido una visión fugaz de la misma palabra como una imagen fragmentada en la oscuridad que rodeaba la parte más íntima de su ser, y con ella una fugaz impresión de un rostro malvado, que era y a la vez no era Índigo. Eso, y una sensación de algo plateado.

Plata. No tenía sentido. No obstante, de una forma indefinible aquello era el terrible y eterno vínculo de Índigo con los espíritus de amigos queridos y perdidos, y con uno en particular. Jasker había oído su nombre en forma de agonizante grito en Ja mente de la joven, y éste había enviado por respuesta una cuchillada de dolor que había atravesado el ánima del hechicero. También él había conocido la tortura de ver morir al ser amado; pero en el espíritu de aquella muchacha de las tierras meridionales, de cabellos prematuramente encanecidos y ojos cansados, acechaba algo que iba más allá del dolor, la culpa y la amargura, un sufrimiento que jamás comprendería.

Jasker se dio cuenta, de repente, de que corría peligro de romper su propia tradición. Con un gesto tan rápido y familiar que apenas advirtió, pasó la palma de una mano por la hoja de la recién bruñida cimitarra. La sangre brotó del largo y superficial corte y el dolor lo devolvió rápidamente a la tierra. Apretó el puño con fuerza. La mano le escocía y unas pocas gotas de sangre cayeron sobre el suelo de piedra. Mejor. Penetrar más en la vida de Índigo de lo que ya había hecho significaba una violación de su propia disciplina, y no debía tolerar más errores: podría ofender a la diosa.

Depositó la cimitarra en el suelo y se apoyó en la pared. Una extranjera que deambulaba por el mundo y una loba que, evidentemente, comprendía la lengua de los humanos y —no estaba seguro, pero tenía grandes sospechas— era capaz de comunicarse telepáticamente. Extraños aliados para su causa; pero él no era quién para cuestionar las decisiones de Ranaya. Contempló de nuevo el corte de su mano y esbozó una ligera sonrisa.

—Sois una dama misteriosa, ¡oh Ranaya, Señora del Fuego! —dijo, su voz llena de amor y reverencia.

De algún lugar en lo más profundo de aquel conjunto volcánico escuchó un débil fragor, como si las viejas rocas fundidas que dormían en las entrañas de la tierra lo hubieran oído y le contestasen. El sonido se desvaneció y todo quedó en silencio. El hechicero dejó que su cabeza se recostara contra la cálida pared de la cueva al tiempo que cerraba los ojos para dormir.

CAPÍTULO 7

El sol era un malicioso ojo rojo que lo contemplaba todo a través de una calina que oscurecía la perspectiva y convertía en irreal la distancia, cuando Índigo y Jasker —con Grimya a poca distancia— salieron de un estrecho desfiladero y llegaron a las descubiertas laderas situadas cerca de la cima de la Vieja Maia. La Vieja Maia, había explicado Jasker, era el más meridional de los tres gigantescos cráteres, conocidos como Las Hijas de Ranaya, que dominaban la zona volcánica, y desde sus enormes estribaciones era posible divisar todo el valle minero situado en el centro de las montañas.

A aquella altura la atmósfera estaba relativamente limpia, y un viento caliente y árido soplaba desde el sur. Jasker se sentó al abrigo de un afloramiento de magma petrificado que la brisa había erosionado hasta convertir en una fantástica escultura, e hizo una señal para que Índigo y Grimya hicieran lo mismo.

—Unos minutos de descanso nos vendrán bien ahora —dijo—. Y preferiría que el sol descendiera un poco más antes de avanzar hacia la cara norte.

La loba se dejó caer al suelo inmediatamente, pero Índigo permaneció en pie durante algunos momentos inspeccionando los alrededores. Por todas partes el cielo mostraba un color azufre y resultaba inquietantemente monótono. La calina había reducido el sol hasta alcanzar el tamaño de una borrosa y distorsionada bola de fuego.

Más cerca no se veía nada, excepto las montañas desnudas, un paisaje sobrenatural de contornos ásperos, colores fuertes y afiladas sombras. No había ni una brizna de hierba, ni una hoja, ni la menor señal de movimiento. Tan sólo los huesos pelados de una tierra muerta.

Encogió los hombros para reprimir un escalofrío y comentó con asombro:

—Ni siquiera hay pájaros.

Jasker levantó la cabeza.

—¿Pájaros? —Lanzó una corta y amarga carcajada que sonó como un ladrido—. No, ya no existen pájaros ahora. Los pocos que conseguían sobrevivir aquí: en su mayoría aves de presa, o carroñeros, se extinguieron, porque salir del cascarón sin ojos, sin plumas o sin alas no ayuda mucho a volar. Y aquellos que hubieran podido llegar del exterior pronto descubrieron que era mejor no hacerlo.

Índigo dirigió una rápida mirada a Grimya, que escuchaba con gran atención las palabras de Jasker.

—¿Y animales? —preguntó.

Él se encogió de hombros.

—Existen todavía algunos, aunque dudo que pudierais reconocerlos. Y algo de vegetación, aunque no en las laderas más altas. La mayoría de las cosas que crecen o corren por aquí son todavía comestibles, si uno toma ciertas precauciones y no es excesivamente delicado.

Grimya comentó en silencio a la joven:

«Vi algo mientras subíamos por el desfiladero. En un principio pensé que se trataba de una cabra, pero era muy pequeña y no tenía más que un cuerno; además, carecía por completo de pelo en la cabeza. » Se detuvo unos instantes. «No era algo agradable de contemplar, y no hubiese querido comérmela. »

Índigo no contestó, pero el comentario de la loba dio en el blanco. Mutación, envenenamiento, muerte... Miró de nuevo al cielo y descubrió que el sol era apenas visible sobre la parte más lejana de las montañas. La perspectiva variaba a medida que la luz se desvanecía; y ahora, rivalizando con la puesta de sol, pudo ver las primeras señales de una luminiscencia más fría en el norte, un resplandor anormal que se reflejaba desde el cielo y adquiría fuerza poco a poco.

Jasker la vio entrecerrar los ojos mientras contemplaba el misterioso y lejano reflejo.

—Ah, sí —dijo en voz baja—. Nuestro visitante nocturno. El poder y la gloria de Charchad. —Se puso en pie, mirando con fijeza hacia las laderas cada vez más oscuras—. Es hora, creo, de completar nuestro viaje. Índigo. Y cuando lleguemos a nuestro definitivo punto de observación, podréis ver por vos misma lo que el Charchad es en realidad.

La muchacha se puso en pie. Por encima de sus cabezas el frío resplandor empezaba a extenderse ahora, y cuando miró hacia el oeste vio cómo el último y llameante borde del sol desaparecía bajo las desiguales cumbres. Las sombras que los rodeaban se entremezclaron y desembocaron en una uniforme penumbra gris pálida. Mientras sus ojos se adaptaban a la nueva oscuridad, advirtió que el aire parecía teñido de una débil fosforescencia que oscilaba en el límite del espectro visible. Y de repente, a pesar del polvoriento calor, sintió frío.

Las laderas que los condujeron a la cima de la Vieja Maia eran lo bastante suaves como para no representar ningún peligro real, ni siquiera con el engañoso resplandor del cielo septentrional que iluminaba su camino. Y cuando, por fin, llegó detrás de Jasker a la estrecha cresta de la cumbre más elevada del volcán. Índigo no pudo hacer otra cosa que contemplar asombrada, en silencio, la escena que se ofrecía ante sus ojos.