Inmediatamente a sus pies, la cara norte de la Vieja Maia se hundía en una pared de roca pelada cubierta de grotescas señales que ríos de magma derretido habían grabado en ella siglos atrás. El cráter, algo a la derecha, abría una enorme y estrambótica cicatriz a medio camino de la ladera de la montaña: una garganta vertiginosa que culminaba en una inmensa y amenazadora boca negra, la cual parecía colgar sobre el valle.
Pero fue el inmenso valle lo que paralizó la atención de Índigo y eclipsó por completo el dramático cráter: al bajar la mirada hacia él hubiera fácilmente creído que contemplaba una escena inspirada en el infierno.
Se veía luz abajo: la sulfurosa luz amarillenta de las antorchas que se hallaban colocadas en lo alto de postes de hierro, un centenar o más de ardientes faros de luz. Y éstos iluminaban un caos hirviente y humeante de niebla mezclada con humo, de vapores y de agotadora actividad. Formas enormes y anormales surgían del miasma; masivos entramados de puntales y vigas, grandes pescantes de hierro que se alzaban hacia el cielo como monstruos sobrenaturales, plataformas móviles, sostenidas por titánicas ruedas, que traían a la mente imágenes de creaciones prehistóricas de pesadilla. Y, apenas visibles por entre aquella nube de humo, brigadas de figuras humanas trabajaban en medio de aquella neblina repugnante y de su resplandor fantasmagórico, como habitantes irracionales de un enorme hormiguero.
La roca vibraba bajo los pies de Índigo. Antes no se había dado cuenta de ello, pero ahora lo percibía: un gigantesco y subterráneo latido por debajo de la capacidad auditiva, que palpitaba en la montaña como un fantasmal e irregular corazón. Estaban contra el viento que soplaba del valle y el ruido de las minas se alejaba de ellos; pero el sordo tronar subterráneo le dijo a la muchacha que, desde algún lugar más cercano, aquel caos de sonido haría temblar la tierra.
Sintió la mano de Jasker sobre su hombro y notó que había empezado a tiritar de forma incontrolada. Se sobrepuso con un esfuerzo, para luego mirar con atención más allá del humo, de la maquinaria y de las diminutas figuras que trabajaban sin cesar, en dirección a la parte más lejana del valle. Allí había también más máquinas, extrañas siluetas que vomitaban nubes de vapor hirviendo saturado de colores nauseabundos. Detrás de ellas, el rugiente calor que emanaba de tres gigantescos hornos al rojo vivo teñía la noche, reflejándose violentamente en las brillantes aguas del río que cruzaba el valle en su viaje hacia el sur.
Y más allá de los hornos, de las máquinas y del río, detrás de la imponente pared que cerraba el extremo más lejano de aquel valle volcánico, relucía el lúgubre y fantasmagórico resplandor de aquella misteriosa luz septentrional.
Índigo apretó con fuerza los dedos de Jasker.
—El origen...
—Sí. Está justo detrás de aquella cordillera de allí, en el Valle de Charchad.
La joven apartó la mirada de la turbulenta escena que se desarrollaba a sus pies. Grimya seguía con los ojos clavados en las minas y las orejas pegadas a la cabeza, los ojos enrojecidos por el reflejo de la luz. De la mente de la loba no le llegaba ningún pensamiento coherente, sólo una muda sensación de angustia, e Índigo sintió una oleada de amargo remordimiento cuando de nuevo la asaltó la misma sensación de culpa: Si no hubiera sido por mí...
—Habladme de esto, Jasker. —Su voz sonaba ronca a causa de la furia contenida—. Contadme qué es esa cosa y cómo nació.
El hechicero miraba al valle otra vez. Al cabo de unos instantes asintió con la cabeza y se agachó sobre una repisa de lava que sobresalía de la ladera. La muchacha siguió su ejemplo, y el hombre inició su historia.
—Hace cinco años se produjo un corrimiento de tierras en uno de los valles más alejados, más allá de aquella barrera de montañas. El valle recibía el nombre de Charchad; no hacía mucho se habían descubierto allí varias vetas de cobre muy prometedoras, y había muchos hombres: mineros concesionarios, en su mayoría, aunque algunos de los consorcios más importantes empezaban a interesarse, haciendo prospecciones para ver hasta dónde llegaban los filones. Sea como fuere, el valle se derrumbó, y se abrió un pozo enorme en su fondo. —La miró de soslayo—. El pozo relucía. No como una hoguera o como un horno, sino con un cegador brillo verde. Hablé con algunos de los que fueron a verlo durante los primeros días después de su aparición, y me dijeron que era como si el mismo sol hubiera caído a la tierra; no podían mirarlo directamente. —Se detuvo y se pasó la lengua por los resecos labios—. Algunos lo intentaron y, como resultado, se quedaron ciegos.
—¿Y los hombres que trabajaban en el valle? —preguntó Índigo.
—En un principio se creyó que nadie había sobrevivido a la catástrofe. Nos llamaron a nosotros, los sacerdotes, para que rezáramos por el alma de los muertos y los ayudásemos a llegar cuanto antes a los brazos de Ranaya. —Jasker se estremeció—. Hubo tanto dolor, tanta aflicción... En aquel momento pensé que nunca volvería a presenciar tanta desgracia. Si hubiera sabido lo que iba a suceder después... —El hombre lanzó un suspiro, luego su expresión se endureció—. Pero hubo un superviviente: un individuo llamado Aszareel. Salió del valle al día siguiente del desastre, y llevaba una vara hecha de una sustancia que nadie había visto nunca. Un mineral brillante, una cosa que relucía con un frío resplandor verdoso. No tenía ni un rasguño. Y fuera lo que fuese lo que le hubiera sucedido, lo que hubiera experimentado en aquel lugar, yo, por lo menos, creo que ya no era un ser humano.
»Aszareel anunció que había tenido una revelación. El pozo, dijo, era la fuente de un nuevo poder en la región: el poder de Charchad, y él era el avatar elegido. Su milagrosa supervivencia probaba las intenciones de Charchad; éste le había ordenado que regresara y exigiera que todos le juraran lealtad. Aquellos que no lo hicieran, dijo Aszareel, serían condenados para siempre.
Índigo lo miró de hito en hito.
—¿Y la gente le creyó?
Jasker sonrió gravemente.
—Lo que fuera que cambió a Aszareel le proporcionó también un carisma que resultaba increíble. Vi al hombre en varias ocasiones: era como un torbellino. Índigo; un torbellino de intensa energía que atraía las miradas y las mentes, incluso quizá los espíritus, de todos los que se cruzaban en su camino. Si todos los hombres, mujeres y niños de Vesinum se hubieran arrojado a sus pies no me habría asombrado.
»Pero no fue así. Con carisma o sin él, se necesitó algo más que Aszareel para apartar a los mineros y a sus familias de Ranaya. Hubo algunos, desde luego, que se contagiaron de su entusiasmo desde el principio, pero su número era reducido... hasta que empezaron las enfermedades y las muertes.
La joven inspeccionó de nuevo el valle. La noche había caído por completo ahora, aunque el paisaje quedaba teñido por el resplandor mortecino de las antorchas, el brillo de los hornos de fundición y el macilento fulgor que emanaba del lejano valle de Charchad.
—Empezó con los hombres que trabajaban en los accesos de las minas de las laderas situadas más al norte —continuó Jasker—. Sus cuerpos se deformaron, la piel se les caía, los ojos se les pudrían en las cuencas. Ningún médico podía ayudarlos. Luego, los que trabajaban en los hornos empezaron a sucumbir. Las aves y los insectos desaparecieron; los animales morían o sufrían procesos de mutación. La hierba dejó de crecer. Y la gente se asustó. Mineros y fundidores se negaron a trabajar en las montañas, y durante un tiempo pareció como si todos los trabajos fueran a abandonarse por falta de hombres dispuestos a desempeñarlos.