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«¿Grimya? ¿Qué te preocupa?»

El animal parpadeó y, a pesar de que su cabeza no se movió, sus ojos se clavaron en el rostro de la muchacha.

«¿Por qué hacen cosas así? Hombres que envían a otros hombres a la muerte. Hombres que se alegran de su propia enfermedad. ¿Por qué. Índigo? ¿Qué poder puede desear que sucedan tales cosas? Se lo preguntaría a este hombre, pero es inútil; no sabe que puedo hablar a los humanos. Pregúntale por mí. Quiero comprenderlo. »

«Lo haré. »

Era exactamente lo que ella había querido preguntar, pero Grimya lo había articulado de una forma mucho más simple de lo que ella hubiera podido hacerlo. Miró al hechicero.

—¿Qué es el Charchad, Jasker? —Con una mano indicó el lúgubre paisaje que se extendía a sus pies—. Poseen un dominio absoluto; obligan a los hombres a trabajar contra su voluntad; castigan a los supuestos pecadores encerrándolos en ese valle diabólico. Pero ¿por qué? ¿Qué esperan obtener con ello?

Jasker meneó la cabeza.

—No lo sé. ¿Poder? ¿Dominio? ¿Quién puede decir lo que mueve a tales mentes depravadas? — Jugueteó con el catalejo—. También nos podríamos preguntar sobre la auténtica naturaleza de lo que se oculta en el valle.

La muchacha sintió como un nudo en la garganta; la respuesta estaba clara, aunque no quiso reconocerlo.

—¿De modo que no lo habéis visto por vos mismo?

—No. Un pozo resplandeciente; eso es todo lo que sé sobre él. Pero hay algo maligno ahí, algo más siniestro de lo que alcanzo a comprender, y es poderoso. —Sus ojos se iluminaron con fuerza—. Podéis llamarlo demonio.

Un demonio. Jasker tenía más razón de lo que pensaba... Recuerdos recientes se agitaron con fuerza en la mente de Índigo, y se volvió de nuevo hacia el hechicero, hablando con más brusquedad de lo que pretendía.

—Vuestro aparato, el catalejo. Dejadme mirar por él, Jasker. Dejadme ver lo que puede hacer.

El hombre hizo un gesto de asentimiento y le entregó el tubo de latón.

—Como queráis. Pero no posee nada parecido al poder de las grandes lentes que utilizan allá abajo.

—No importa. —Tomó el instrumento y se lo acercó al ojo derecho—. Decidme qué hay que hacer.

La mano de él se cerró alrededor de la suya.

—Hay que dirigirlo, de esta forma, hacia la zona que se quiere inspeccionar. Cuando se tiene una imagen a la vista, se hace girar el cilindro exterior hasta que ésta resulte clara.

Grimya inquirió:

«Indigo, ¿qué sucede? ¿Por qué tanta prisa?»

Pero la muchacha no le pudo contestar. Estaba absorta en las complejidades del catalejo, fascinada y no poco atemorizada por todo lo que alcanzaba a ver a través de su lente. Dirigió el instrumento hacia los lejanos hornos de fundición, y tuvo que hacer un esfuerzo para no echarse atrás cuando enfocó, de repente, la oleosa superficie del río: reflejaba con tanta fuerza las llamas de los hornos que daba la impresión de que las mismas aguas poseían vida. Enfocó un poco más allá — se arrastró sobre los codos, sin darse cuenta siquiera de que la roca le arañaba la piel— y vio la pared norte del valle, resquebrajada y agujereada, con un malsano resplandor verdoso derramándose por sus laderas. Levantó la lente un poco, y lanzó un juramento cuando la imagen quedó absorbida por una luminiscencia nacarina que inundó su campo visual y borró todo detalle. El fulgor proveniente del valle de Charchad. Pero no consiguió ver lo que había más allá de sus límites, no pudo vislumbrar la menor señal que le diera una idea sobre la naturaleza del demonio que buscaba.

—Índigo. —Jasker posó su mano sobre el brazo de ella y la sacó de sus preocupaciones—. Hay que tener cuidado. Incluso la luz de Charchad resulta peligrosa.

Ella hubiera querido responderle con amargura: No para aquel que no puede morir, pero se mordió la lengua, y dejó que la lente se deslizara de nuevo sobre el río, sobre el infernal resplandor de los hornos, y regresara otra vez a la principal zona de excavación. Una antorcha se reflejó por un instante en una esquina de la lente y le hizo pestañear; mantuvo firme la mano, hizo retroceder un poco más el punto de mira...

Y se detuvo.

Hombres, moviéndose por entre la basura y los escombros de una de las laderas inferiores. Aumentados a proporciones humanas, se los veía encorvados, arrastrando los pies para formar una larga hilera desigual, como guerreros poco dispuestos que se reúnen antes de la batalla. Movió el catalejo unos centímetros y vio otras figuras humanas con lo que parecían látigos de trallas largas colgando descuidadamente de sus cintos; uno, dos... El cuerpo y la mente se le paralizaron cuando una de las figuras adquirió la forma de un hombre de cabellos negros y actitud arrogante.

—¡Quinas! —Siseó el nombre en voz alta sin darse cuenta, y todos los músculos del rostro de Jasker se tensaron.

—¿Qué?

A punto de repetir lo que había dicho. Índigo se contuvo. No podía estar segura; el fosforescente resplandor nocturno atravesado por la luz de las antorchas resultaba engañoso, y muchos hombres de aquella región tenían los cabellos negros.

—¡Índigo! —Jasker la agarró por el hombro y la sacudió con tal fuerza que el catalejo se le escapó de la mano y rodó sobre las rocas produciendo un cierto estrépito—. Ese nombre... ¿Cuál era?

Asustada y desorientada, lo miró parpadeando como un durmiente que acabara de salir de su letargo.

—¿Qué... ?

—¿Dijisteis Quinas?

La atmósfera se cargó de repente.

—Un capataz de las minas —repuso Índigo—. Pensé... —Una ardiente e indefinible emoción crepitó entre ambos—. ¿Lo conocéis?

El rostro del hechicero tenía un aspecto extraviado.

—Es el reptil que asesinó a mi esposa.

Grimya se incorporó de un salto y lanzó un aullido de angustia. Tanto ella como Índigo sintieron la repentina oleada de ciega y ardiente cólera que brotó de la mente de Jasker. Por un horrible instante la silueta del hechicero pareció arder; luego se dejó caer otra vez sobre las rocas, cubriéndose el rostro con ambas manos.

—¡Nunca pensé que volvería a escuchar ese nombre! —Su voz sonaba distorsionada por el dolor—. Lo creía muerto, pensé que Ranaya se habría vengado de ese diabólico...

—Jasker!

Índigo lo sujetó por los hombros y lo sacudió con todas sus fuerzas, hasta que le hizo perder el equilibrio. Unos ojos como brasas al rojo vivo se encontraron con los suyos y la muchacha sintió una renovada oleada de furia demente: entonces Jasker consiguió dominarse, y la miró con una expresión

de desconcertado sobresalto.

—Quinas... —Su voz era un susurro áspero y apagado.

—Está vivo. Lo conocí en Vesinum; yo... —Se interrumpió, ya que no deseaba relatar las circunstancias de su encuentro—. Es un capataz de las minas, Jasker; eso es lo que me dijo. Se están reuniendo hombres allá abajo, y hay otros con látigos.

—Está a punto de cambiar el turno. Antes de enviar de vuelta a los mineros, los cuentan, por si... —El hechicero meneó la cabeza con violencia—. Quinas...

—Es el lugarteniente de Aszareel, ¿no es así? ¿No es así? —Lo sacudió de nuevo, con furia.

—Sí. Uno de los que gozan de más favor.

—Entonces él sabrá el secreto de lo que se oculta en ese valle. Y él... —Se detuvo, pensando con rapidez—. Jasker, ¿dónde está Aszareel ahora? ¿Todavía predica?

Sacudió de nuevo la cabeza; parecía que el hombre empezaba a volver en sus cabales.

—No..., no lo creo. Poco antes de que ellos..., poco antes de que yo huyera de Vesinum, Aszareel desapareció. Se dijo que había ido al valle de Charchad para recibir la gracia y ser transformado. — Hizo una mueca—. Eso es lo que dicen sus acólitos, es la bendición final para los que le son fieles.