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Quinas repuso:

—Ah, saia, vuestra compasión no conoce... —y las palabras se vieron interrumpidas por un juramento cuando el puño de Jasker se estrelló contra su mandíbula.

—Tengo el lugar apropiado para esta basura —dijo el hechicero.

—Entonces lleváoslo. Deprisa, antes de que me olvide de mis intenciones.

Chrysiva contempló cómo Quinas —prudentemente callado ahora— era arrastrado fuera de allí y desaparecía por el oscuro túnel. Grimya, ansiosa por asegurarse de que nada fuera mal, acompañó a Jasker, e Índigo vertió más agua en la copa.

—Bebed —dijo, tendiéndosela—. Y luego debéis descansar, Chrysiva.

—No... —La muchacha parpadeó como si saliera de un trance, vio que la boca del túnel estaba ahora vacía y se volvió para mirar a su benefactora—. No —repitió, y había una inesperada energía en su voz—. No quiero descansar; al menos, no en esa forma... Saia Índigo, habéis sido muy buena y amable conmigo, qui... quiero daros algo a cambio. Es una recompensa muy pobre, pero... —Una mano hurgó entre los pliegues de sus ropas, pero sus movimientos carecían de coordinación—. No puedo encontrarlo... Por favor, aquí, cogido a mi corpiño...

Índigo tocó la prenda —bajo la tela podía sentir el latir irregular del vacilante corazón de Chrysiva— y encontró algo duro y metálico. Un broche. Ante la insistencia de la muchacha lo desprendió y se lo depositó sobre la palma de la mano.

—Por favor, saia. Quiero que os lo quedéis. Fue un regalo que... —las lágrimas inundaron sus ojos—, que me hizo mi esposo. Sé que es muy poca cosa, sin embargo... ha significado mucho para mí. Por favor, sé que lo mantendréis a salvo.

Los ojos de Índigo se nublaron al contemplar el broche. Era, como había dicho Chrysiva, algo de muy poco valor: un pequeño pájaro toscamente forjado en estaño; las alas eran desiguales y mal labradas, la aguja estaba torcida. Debía de ser obra, pensó, de algún aprendiz de artesano; y era, sin duda, la única clase de regalo que un pobre minero podía permitirse para su esposa. Pero para Chrysiva, significaba más que todos los diamantes y esmeraldas de las profundidades de la tierra.

Le respondió con voz ronca:

—No puedo tomarlo, Chrysiva. Es vuestro, y debe seguir siéndolo. Además, no quiero ninguna recompensa...

—Por favor. —La muchacha introdujo el broche en la mano de Índigo y apretó sus dedos con fuerza cerrándoselos alrededor de él—. Muy pronto... no lo necesitaré, saia. Y quiero..., quiero pedir...

—¿Qué? Pedid. Os concederé cualquier cosa, si me es posible.

—Yo... —Los labios de la joven temblaron, su rostro enfermo adoptó una expresión tensa y reservada. Luego cerró los ojos y musitó—: Enviadme a los brazos de Ranaya, saia Índigo. Dejad que me reúna con mi esposo en sus llanuras de fuego. Sé que iré allí muy pronto, pero ya no deseo sufrir más. —Aspiró con fuerza y sus ojos se abrieron de nuevo, doloridos y desesperados—. Por favor..., ¡matadme, y haced que descanse de una vez!

Consternada. Índigo se echó hacia atrás. No sabía cómo responder, qué decir. Entonces oyó a Jasker y a Grimya que regresaban, y se puso en pie con rapidez.

«¿Índigo?»Grimya percibió su angustia inmediatamente y corrió hacia ella—. «¿Qué sucede?»

—Chrysiva... ella... —Su voz se quebró y sacudió la cabeza, apretando con más fuerza los dedos alrededor del broche de estaño. El hechicero posó su mano sobre el hombro de ella con suavidad; Índigo se encogió en un gesto involuntario y luego lo miró desesperada—. Jasker, ¿no podemos hacer nada por ella?

La respuesta estaba en sus ojos. Y la muchacha pensó en lo que sufriría Chrysiva antes de morir, en el lento y terrible horror de su muerte...

—Me ha pedido que la mate —susurró.

—Ah, dulce Ranaya... —El hombre se dio la vuelta, con expresión de gran dolor—. Criatura... — Se acercó a Chrysiva y se agachó junto a ella—. Criatura, ¿es eso lo que realmente queréis?

La muchacha asintió.

—Sois un sacerdote. Vos comprendéis estas cosas. Os lo ruego, concededme el vino y el fuego, como sólo un sacerdote puede hacerlo. Dadme la bendición de Ranaya y dejadme ir hacia Ella.

Jasker se levantó y se dirigió despacio hacia donde estaban Índigo y Grimya. De repente parecía viejo, agotado y cansado.

—No puedo hacerlo. —Lo dijo con voz tan baja que la enferma apenas pudo oírlo—. Sería una suerte para ella y Ranaya daría su bendición de buena gana, pero.... Índigo, no puedo hacerlo. Mi propia esposa, cuando ella... —Se detuvo, aspiró con fuerza—. Esos recuerdos son demasiado fuertes y demasiado terribles. Vacilaría, me echaría atrás en el último momento. ¡Que la Madre me ayude, le fallaría!

Índigo tenía los ojos fijos en Chrysiva. El pequeño broche de estaño que sostenía en la mano despedía un suave calorcillo, y parecía simbolizar algo que su mente no podía captar por completo ni retener. Y pensó en Fenran.

Dolor, miseria y un largo y torturado camino hacia la oscuridad... Comprendía los sentimientos de Jasker, porque los compartía. Quitarle la vida a alguien como Chrysiva a sangre fría...

Pero no sería a sangre fría. Sería, como había dicho el hechicero, un acto de misericordia. ¿Podía su conciencia anteponer sus delicados sentimientos a la desesperada necesidad de una mujer, víctima de la más profunda y desesperanzada de las angustias? Cerró los ojos, y le pareció ver el rostro de Fenran ante sus párpados: Fenran sonriendo y extendiendo los brazos hacia ella. «¿Qué harías tú, mi amor?», preguntó en silencio. «¿Tendrías el coraje de conceder tal deseo, o tampoco podrías?» Y creyó conocer la respuesta.

Se alejó de Chrysiva y dijo con mucha calma:

—Tengo una ballesta...

—Índigo —el hombre posó una mano sobre su brazo—. No puedo permitir que mi cobardía os

obligue...

—No. —Sus dedos se cerraron sobre los de él, en un intento por tranquilizarlo—. No es eso, Jasker. De verdad que no es eso. —Avanzó con paso algo tambaleante hasta la muchacha, y se arrodilló—. ¿Chrysiva?

La esperanza brilló vacilante en los enrojecidos ojos.

—¿Sí, saia?

—Guardaré vuestro broche, lo juro. Será tan precioso para mí como... como lo ha sido para vos. —Haciendo acopio de valor, se inclinó para besar con suavidad la frente de la muchacha—. Pronto estaréis allí, Chrysiva.

Los agudos sonidos metálicos que produjo mientras colocaba y fijaba una flecha en la ballesta le parecieron una obscenidad en comparación con el tranquilo trasfondo de la voz de Jasker murmurando oraciones. Índigo estaba demasiado alejada del lecho para escuchar las palabras de bendición que pronunciaba, pero podía advertir una cierta impaciencia en las apenas audibles respuestas de Chrysiva, una esperanza renovada, y —aunque sólo servía para acrecentar la sensación de irrealidad— también alegría. Grimya permanecía sentada en silencio, observando, e Índigo se sintió en cierta forma reconfortada al saber que la loba no condenaba lo que iba a hacer; era mucho mejor, había dicho Grimya con tristeza, que todos ellos se sintieran apenados durante un tiempo que no que Chrysiva tuviera que sufrir.

Jasker se puso en pie bruscamente, sobresaltando a Índigo. Ésta volvió la cabeza y, cuando el hechicero asintió, sus manos tensaron la ballesta.

Los ojos de Chrysiva estaban cerrados y ella sonreía. Índigo se colocó a su lado y, sintiéndose extrañamente aparte, como si en un sueño se contemplara a sí misma desde una gran distancia, apuntó el arco al corazón de la muchacha.