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Eran épocas pasadas, otras épocas, cuando su padre le había dado las primeras lecciones en el uso de las armas. Ahora recordó sus enseñanzas. La mirada fija, apuntar con cuidado, el pulso firme. Y calma. Por encima de todo, mucha calma.

Disparó.

Las últimas notas de la Isla Pibroch resonaron en la cueva y se desvanecieron en un lejano eco. Índigo depositó el arpa en el suelo.

—Ha sido una pobre elegía —dijo en voz ronca—. Hace tantos años que no la tocaba que casi la había olvidado...

Jasker, sentado con las piernas cruzadas ante el altar de Ranaya, contestó sin levantar los ojos.

—Ha sido hermosa. —Su voz estaba llena de emoción—. Me trajo imágenes de cosas que yo no sabía que existieran bajo el gran sol. Enormes extensiones de agua, lugares donde el día no termina jamás y, sin embargo, el aire es frío y límpido... Vi interminables bosques verdes, y montañas blancas que brillaban como el cristal...

—Los glaciares del sur. —Una tenue sonrisa llena de melancolía apareció en los labios de Índigo; la imagen calmaba un poco la hirviente furia que bullía en su interior, pero fue sólo por un momento, y su voz volvió a endurecerse—. Pero ¿de qué le sirve una elegía a Chrysiva ahora?

—La apresurará en su viaje hasta Ranaya —Jasker realizó una última reverencia ante el altar, luego retrocedió—. Vuestra música y mis oraciones. No podemos hacer más. Índigo.

El arpa lanzó una discordante cadencia, cuando con un arranque de desaliento la joven la empujó brutalmente a un lado. Se controló —el instrumento no le había hecho ningún mal, y descargar su rabia en él resultaba infantil— y hundió las manos en los pliegues de su túnica. Le era imposible mirar en dirección al bulto inmóvil, envuelto ahora en un pedazo de tela de hilo que Jasker había utilizado como manta. Ahora yacía junto a la entrada del túnel, listo para su último viaje. El hechicero le había contado algo sobre los ritos funerarios de Ranaya, la devolución del cuerpo a la tierra y al fuego, pero no quería pensar en eso aún. Chrysiva todavía seguía demasiado viva en su mente.

Sin pensar, sus manos se cerraron sobre el broche de estaño que la muchacha le había regalado, y sintió como un aguijonazo mental de violenta cólera. Cuando Jasker hubiera finalizado con todas las formalidades tendrían otro asunto que atender, y la impaciencia empezaba a corroerla. Quería la sangre de Quinas. Quería sus huesos para roerlos y sorber su médula. Quería su alma.

Jasker se puso en pie y el movimiento interrumpió el torbellino de sus pensamientos.

—La llevaré a la fumarola inmediatamente —dijo con voz tranquila—. ¿Vendréis conmigo?

—No. —Sacudió la cabeza—. Creo que prefiero quedarme sola por un rato.

«Me gustaría ir», dijo Grimya. «Para despedirme. »

«Ve, pues, querida. Y ofrécele una oración por mí. » En voz alta Índigo añadió:

—Cuando regreséis, Jasker, tendremos trabajo que hacer.

—No creáis que lo he olvidado. —Se detuvo junto a la envuelta figura de Chrysiva y volvió la cabeza para mirar a Índigo con una compasión en sus ojos que ésta no quiso reconocer, y mucho menos aceptar.

Una aureola danzó alrededor de la silueta del hombre cuando se desvaneció en el interior del oscuro túnel con la muchacha muerta en sus brazos. Una vez se hubo ido, con Grimya como una silenciosa sombra siguiendo sus pasos. Índigo dejó escapar un gran estremecimiento que pareció retorcer su columna vertebral e hizo vibrar todo su ser.

Quinas. El odio se abrió como una flor envenenada en su interior al pensar en el capataz. Jasker lo había confinado en una estrecha chimenea en las profundidades de los túneles volcánicos: una celda de roca ardiente y vapores sulfurosos donde, según palabras del hechicero, sobreviviría el tiempo suficiente como para desear la muerte. Ya lo había obligado a pasar la prueba de la cuerda de fuego, pero el experimento había fracasado: al contrario de Índigo, cuyo subconsciente había estado dispuesto a revelarle la verdad, Quinas luchó mentalmente contra la influencia de la cuerda con una energía que el hechicero encontró sorprendente; y sin, al menos, una pequeña muestra de colaboración la cuerda resultaba inútil. Se precisarían otros métodos para persuadir al capataz de que hablase.

Índigo no sabía qué tipo de torturas era capaz de infligir Jasker a su prisionero, pero admitía sin la menor chispa de remordimiento que ningún precio sería demasiado alto para la información que querían obtener de él. Si algún ser vivo podía conducirlos a Aszareel y al auténtico corazón del culto a Charchad, era Quinas. Y lo haría. Aunque tuviera que hacerlo pedazos, miembro a miembro, tendón por tendón, con sus propias manos, él le diría lo que quería saber. Y cuando le hubieran sacado toda la información, tendría lugar la dulce y salvaje alegría de la venganza en nombre de Chrysiva, de su esposo y de las incontables personas cuyas vidas, esperanzas y sueños se habían visto

destrozados por la maldad que habitaba en aquel valle envenenado.

—¡Ahhh!

No fue una palabra, sino un informe grito de protesta, un intento de articular algo que ni siquiera podía comprender. Una energía encadenada hizo poner en pie a Índigo de un salto y recorrer la cueva a grandes zancadas; no se detuvo hasta que no estuvo a punto de chocar con la pared opuesta. Apretó las palmas de las manos contra la roca y sintió cómo el calor subterráneo que brotaba del corazón del volcán, allá en las profundidades, palpitaba a través de sus dedos. Cerró los ojos para protegerse de la oleada de furia que amenazaba con trastornar su mente.

El poder del fuego. Jasker le había dicho muchas cosas sobre la naturaleza de sus poderes mágicos, la energía que extraía de los palpitantes mares de magma situados en el centro de la tierra. El fuego era su elemento: era hermano de las salamandras, primo de los dragones, señor de las llamas y del humo, y del magma fundido. Le había contado su gran ambición: establecer contacto con los titánicos espíritus del fuego, surgidos de la misma Ranaya, que dormían en lo más profundo de los inactivos conos de los volcanes; aprovechar su terrible poder y orquestar su definitiva venganza sobre el Charchad y todo lo que éste representaba. Pero aunque había llevado su mente y su espíritu hasta los límites de la resistencia de cualquier ser humano, Jasker no había podido despertar aquellos tremendos poderes. Y...

Y no era suficiente. Lo que ardía en el interior de Índigo era más que fuego, más que la furia contenida de las Hijas de Ranaya hundidas en su profundo letargo. Desde su primer encuentro con el hechicero no había consultado la piedra-imán, ya que no la necesitaba: sabía sin el menor asomo de duda lo que le diría. Al norte. Al valle llamado Charchad. Al incandescente y putrefacto corazón de la corrupción que era su misión, y sólo suya, erradicar del mundo.

Una amarga sensación de hastiada futilidad la inundó entonces, una sensación de inutilidad que ningún tipo de buena voluntad podía despejar. Se sentó en el suelo, apoyó la espalda con desánimo contra la pared, y sacó el broche de Chrysiva para contemplarlo. El apagado estaño de la pequeña figura de pájaro centelleó a la luz de las velas, y recordó una antigua creencia de las Islas Meridionales, según la cual en el momento de la muerte el ánima abandonaba el cuerpo en la forma de una blanca y espectral ave marina que echaba a volar sobre el mar, cantando una última y hermosa canción, para seguir al sol y finalmente unirse a él. Si hubiera podido ver el ave del ánima de Chrysiva, pensó, no hubiera visto una orgullosa gaviota blanca, sino un pobre y lisiado gorrión.