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Por fin sus ojos se encontraron con los del hechicero, y sintió un destello de satisfacción en su interior.

—¿Unos minutos?

Él se encogió de hombros descuidadamente.

—Quizá debiera de haberlo puesto en práctica antes; pero tengo aún otro pequeño truco guardado en mi manga...

—Utilizadlo, Jasker. —Sintió cómo un hilillo de sudor se deslizaba por su espalda y la sensación le produjo una oleada de furia—. Hacedlo hablar.

El hombre le sonrió de nuevo.

—Lo mejor será que os mantengáis bien alejada del fondo del pozo. Y si os queréis marchar.. — Unas cejas enarcadas hicieron una muda pregunta, e Índigo negó con la cabeza.

—Muy bien. Pero tened cuidado; el calor puede resultar mayor de lo que esperáis.

Se giró y empezó a descender por la ladera. Quinas volvió la cabeza para contemplarlo, y la joven vio cómo los músculos del rostro del capataz se tensaban llenos de agitación, aunque intentó mantener el temor alejado de su rostro.

Jasker sonrió de nuevo. Levantó los brazos como si fuera a abrazar a su amante; al cabo de un instante el calor aumentó en la caverna y estalló como una tormenta, una muralla de abrasador y sofocante color rojo que hizo que Índigo se tambaleara hacia atrás, jadeante al sentir que el aire le era arrebatado de los pulmones.

En las sombras del otro extremo de la cueva surgió de la nada una nube de humo negro y fétido, y algo cobró vida en su interior.

La criatura era tres veces más alta que Índigo, pero tan delgada como un arbolillo. No era ni un dragón ni una salamandra gigante, aunque su reluciente forma mostraba elementos de ambos seres. Unos ojos sorprendentemente humanos los contemplaron desde un afilado rostro de reptil; alas membranosas estaban dobladas sobre un cuerpo que parecía derretido y que palpitaba muy despacio; y una mano —una mano humana, pero cubierta de escamas en lugar de piel— se extendió en un gesto que imitó al de Jasker.

Entre aquel ser elemental y el hechicero chisporroteó una lengua de fuego, e Índigo vio cómo el segundo retrocedía involuntariamente cuando un rayo de energía se estrelló contra su brazo extendido. Quinas tenía la cabeza totalmente echada hacia atrás y los ojos a punto de saltarle de las órbitas, mientras intentaba descubrir el origen de aquella nueva amenaza. Y de nuevo, Jasker sonrió.

—Hermana del magma, hija de la tierra fundida: se te da la bienvenida.

El monstruo siseó, y el sonido retumbó en el limitado espacio de la cueva. A los oídos de Índigo el silbido tenía la distorsionada pero inconfundible forma de una palabra concreta: comida; y sintió cómo el estómago se le revolvía.

El hechicero dio dos pasos hacia atrás, con mucho cuidado, y una cuerda de fuego apareció en sus manos. La tensó con fuerza; luego, con una inclinación de cabeza, señaló al hombre que yacía tumbado en el suelo y pronunció cinco sílabas en una lengua extraña que parecía compuesta de inflexiones más que de palabras.

El ser elemental se deslizó hacia adelante, el humo del que estaba formado moviéndose con él. Se cernió, balanceándose, sobre la cabeza de Quinas. Después, tan deprisa que los sentidos de Índigo apenas si registraron el movimiento, una lengua de fuego surgió veloz de su boca y cayó sobre el ojo derecho del capataz.

Éste lanzó un alarido y su cuerpo empezó a debatirse con violencia, pero inútilmente, ya que estaba bien sujeto. Índigo tuvo una momentánea visión de una piel ennegrecida y de carne fundida allí donde había estado el ojo, antes de que el ser se doblara de nuevo hacia adelante para volver a atacar...

—¡No, hermana! —Jasker levantó la cuerda de fuego, que brilló repentinamente con una luz azulada—. ¡Es suficiente!

La criatura lanzó un agudo silbido de protesta, pero se vio obligada a obedecer. Se echó hacia atrás y permaneció suspendida en el aire, balanceándose como una serpiente que intentara hipnotizar a su presa. El hechicero dio un paso hacia adelante.

—Quinas. —Su voz era tranquila, persuasiva, escalofriantemente indiferente—. Habéis visto... — soltó una leve risita al darse cuenta de su involuntario y desagradable chiste— la forma en que a mi hermanita del magma le gusta alimentarse. Un mortal es un manjar exquisito que tardaría mucho tiempo en devorar; muchos días, quizá. De modo que os dejo elegir. Decidme lo que quiero saber, y recordad que poseo mis propios métodos para comprobar la verdad, y la enviaré de nuevo a dormir a la roca fundida de la que procede. Rehusad y aflojaré mi control sobre ella y dejaré que escoja un nuevo bocado antes de formular mis preguntas de nuevo; y lo haremos así una y otra vez. —Le dedicó una sonrisa—. Me da la impresión de que vos os cansaréis del juego mucho antes que ella o yo.

El ser silbó de nuevo, como para dar su aprobación, y Quinas miró una vez más al hechicero. El ojo que le quedaba estaba totalmente encarnado. Índigo no sabía si a causa de la sangre o por efecto de su curiosa lente. Su convulsionado cuerpo parecía estar totalmente fuera de su control. Cuando por fin intentó hablar no pudo hacer otra cosa que jadear, mientras su chamuscada boca se abría y cerraba espasmódicamente. Jasker aguardó, indiferente a sus esfuerzos, y por fin una voz que sonó como si la laringe que la formaba estuviera hecha jirones graznó:

—Con... testaré...

Índigo sintió cómo sus propios pulmones dejaban escapar un abrasador suspiro, y el hechicero asintió.

—Muy bien. —Tensó la cuerda de fuego otra vez—. Entonces, mientras mi hermanita aguarda para asegurarnos vuestra continuada cooperación, empezaremos.

No necesitaron volver a torturarlo. Quinas apenas podía hablar y cada palabra le producía nuevos dolores. Pero despacio, con voz titubeante, la información que deseaban les fue revelada, hasta que Jasker se convenció de que su prisionero no podía contarles nada más.

—Tenemos todo lo que puede facilitarnos —dijo, y regresó despacio hasta el lugar donde Índigo permanecía agachada cerca de la entrada de la cueva—. Y es suficiente.

—Sabemos que Aszareel sigue vivo y que reside en el valle de Charchad —repuso con calma.

—Sí. No sé cómo interpretar eso; ningún hombre normal podría sobrevivir en ese lugar durante más de unos pocos días. Pero es la verdad, por lo que sabe Quinas.

—Aszareel no es normal —apuntó Índigo con voz venenosa—. Es... —se interrumpió y meneó la cabeza.

El hombre se dejó caer sobre la roca a su lado y se cubrió los ojos con los dedos. Estaba agotado y, aunque el ser elemental se había ido, la cueva seguía resultando sofocante; el calor y los vapores estaban acabando con las pocas energías que le quedaban.

—Esa basura ya no nos sirve de nada —musitó cansino, señalando en dirección al pozo—. Hay una fumarola cerca; lo mataré y entregaré el cuerpo a las salamandras que viven allí. Podrán alimentarse durante un tiempo.

La cabeza de Índigo se alzó bruscamente y la muchacha contempló al capataz, que, por suerte para él, había perdido el conocimiento. Luego respondió llena de rencor:

—No. Lo llevaremos de regreso con nosotros. Quiero que viva un poco más aún.

—¿Para qué? No puede decirnos nada nuevo, y ya no lo necesitamos.

—No me importa. Quiero que viva. Quiero que sufra.

Jasker la contempló, inquieto. Su propia sed de venganza personal estaba más que satisfecha: de hecho había encontrado desagradable gran parte de la tortura; prefería métodos más limpios cuando se trataba de desquitarse. Una ejecución rápida y la eliminación del cuerpo le parecían ahora lo más