Se puso en pie, y mientras se enderezaba le pareció por un instante como si la cueva se llenara de una neblina roja que casi la cegó. Se disipó rápidamente —no era más, comprendió, que un pequeño mareo producido por el cansancio y la falta de comida—, pero pareció cristalizar la furia de su interior en un rayo estrecho, maligno y perfectamente claro que repentinamente encontró su foco en una única dirección.
Índigo se dio la vuelta y vio que Quinas había rodado sobre sí mismo y la miraba con el único ojo que le quedaba.
El odio se encrespó. Sonrió y alzó las manos, los puños apretados como si tensara una cuerda invisible.
—Bien. —Si hubiera podido escuchar objetivamente su propia voz no la hubiera reconocido—. El durmiente regresa al mundo. ¿Con qué soñasteis, Quinas? ¿Con mujeres atormentadas? ¿Con enfermedades? ¿Con esclavitudes? —Sus labios se torcieron inefablemente en una cruel sonrisa—. ¿O con el beso del fuego?
No le respondió —ella dudó de que fuese capaz de hablar—, pero despacio, muy despacio, la roja lente descendió sobre su ojo, y un músculo de su hundido rostro se crispó espasmódicamente.
La sonrisa de Índigo se ensanchó.
—¿Os duele algo? Si; creo que sí. Bien, pronto habrá terminado, Quinas. No demasiado pronto para vos, diría yo, pero pronto. —Se agachó, inclinándose sobre el prisionero. Sus espantosos y desfigurados miembros no la repelieron; había dejado muy atrás tales reacciones humanas—. El dolor terminara, Quinas, cuando hayáis realizado un pequeño trabajo para mí. Hacedlo y os permitiré morir. No lo hagáis, y pasaré muchos, muchos meses disfrutando del espectáculo de vuestros nuevos tormentos. Me comprendéis, ¿verdad?
El ojo cubierto por la lente roja continuó contemplándola sin verla, pero esta vez la abrasada boca del capataz se contrajo y un murmullo apagado y reseco surgió de su garganta.
—Lo... lo... lo... ca...
Índigo se echó a reír, rompiendo el silencio con su voz.
—¿Loca? No, Quinas. No estoy loca. Estoy furiosa. ¡Y mi furia aún no se ha visto satisfecha, ni lo estará hasta que ese ser maligno al que servís no se debata gimoteante a mis pies hasta quedar convertido en cieno primigenio!
Se incorporó con un brusco movimiento, y se volvió para dirigirse hacia donde sus posesiones permanecían cuidadosamente amontonadas junto a la pared, a poca distancia de allí. Tomó la ballesta, la armó con una saeta y se dio la vuelta hacia Quinas. Sus manos acariciaron el arma, moviéndose despacio pero con mortífera determinación, y dijo:
—Nos habéis hablado de vuestro amo Aszareel, y nos habéis dicho dónde se lo puede encontrar. Pero no es suficiente, Quinas. Quiero más de vos. —Lo apuntó de repente con la ballesta—. ¡En pie!
Quinas vaciló, luego hizo un gesto de negación con la cabeza, apenas perceptible. Intentó hacerle una mueca burlona, pero resultó un esfuerzo patético y espantoso en su rostro deforme.
—Y si... no quiero —susurró—. ¿Qué ha... haréis entonces, saia?
Índigo lanzó una carcajada con cierta suavidad.
—Mirad de nuevo, amigo mío. Comprobad adonde apunta la flecha.
La mirada del hombre se dirigió hacia la ballesta, y resiguió la imaginaria línea que iba de ella hasta su cuerpo. La saeta iba dirigida directamente a su ingle.
—No, no os matará —le confirmó la joven en voz baja—. Pero os provocará mucho dolor. Más dolor aún, Quinas. ¿Me explico?
No pudo adivinar qué pensamientos cruzaban por la mente del capataz mientras contemplaba el arco que ella sostenía con firmeza. Pero por fin, aunque despacio y con patente mala gana, que era el único resto de dignidad que le quedaba, Quinas empezó a incorporarse con dificultad.
—¡Ín-di-go!
La aludida se giró en redondo, alzando la ballesta en un rápido movimiento reflejo para apuntar a la inesperada pero, sin embargo, familiar voz que acababa de sonar a sus espaldas. Quinas se dejó caer torpemente en el suelo, y la muchacha se encontró en el punto de mira de su arco la figura de Grimya, inmóvil en la boca del túnel.
Los ojos de la loba brillaron con expresión triste en la penumbra.
«¿Me matarás también a mí?», preguntó en silencio el animal.
—Me has sobresaltado... —A la defensiva. Índigo convirtió sus palabras en una acusación, y bajó el arma—. Pensé...
Grimya volvió los ojos hacia Quinas.
«¿Pensaste que yo era otro enemigo?»
El capataz la contemplaba con atención; su curiosidad derrotaba el dolor y la confusión. Al instante. Índigo cambió a la conversación telepática.
«¡No deberías acercarte a mí sin hacer ruido!»
«Intenté hablar contigo, tal y como estamos hablando ahora. Pero tu mente estaba cerrada a la mía. » Grimya penetró un poco más en el interior de la cueva, luego vaciló. «Está prácticamente
cerrada, ahora. Intercambiamos palabras, pero no puedo ver tus pensamientos. Indigo, ¿qué haces? ¿Dónde está Jasker? ¿Ypor qué ibas a matar a este hombre cuando dijiste que no lo harías?»
«No iba a matarlo. ¡Maldita sea, Grimya, no lo comprenderías!»
La loba soltó un ahogado gañido, y bajó la cabeza.
«Podría; pero tú no me dejas intentarlo. »
La cólera se apoderó de Índigo, y con un violento gesto arrojó a un lado la ballesta. Ésta se estrelló contra la pared e hizo que Grimya se encogiera asustada; la muchacha atravesó la cueva a grandes zancadas antes de volverse y mirar a la loba de nuevo.
—Muy bien —dijo en voz alta—. ¡Muy bien, si es que quieres saberlo todo! —Ya no le importaba que Quinas la oyera; ya no le importaba nada, excepto sus propias intenciones, aquello que pensaba hacer y que el animal había interrumpido—. Ven aquí, Grimya. Ven aquí y mira.
«Indigo, por favor..., haces que tenga miedo de lo que hay en tu cabeza... »
El rostro de la joven se deformó hasta convertirse en una perversa máscara, y repitió con ferocidad:
—¡He dicho que vengas a ver esto!
Grimya se acercó despacio y de mala gana. Al acercarse vio que su amiga sostenía algo en la mano que le tendía. La loba ya lo había visto antes. Un adorno, como los que a los humanos les gusta lucir, hecho de un metal de color plateado. Había pertenecido a la pobre mujer enferma, y ella se lo había dado a Índigo como regalo, justo antes de... Pero no quería recordar aquello, ya que la muerte de la mujer había señalado el inicio de aquel comportamiento extraño en su amiga. Y aunque no podía entender el motivo, presentía que el pequeño adorno era en cierta forma responsable.
—¿Y bien? —La voz de Índigo poseía un desagradable tono interrogante—. ¿Sabes lo que es esto?
Grimya parpadeó, sintiéndose muy desgraciada.
«Sé de dónde vino, pero no sé cómo se le llama. Indigo... »
Se vio interrumpida.
—Es un broche. El broche de Chrysiva. ¡Algo que se le dio en señal de amor, y que se le quitó, de la misma forma en que se le quitó la vida, mediante la enfermedad, el odio y la corrupción! ¿Eres capaz de comprender lo que eso significa?
«Pero si no es más que una pieza de metal», razonó Grimya.
—¡No! Es mucho más que eso; es un símbolo, un... —se quedó sin palabras y sacudió la cabeza con violencia—. ¿Cómo puedes tú comprender estas cosas? ¿Cómo podrías tú comprender lo que significa este broche? Era de ella: de Chrysiva. Y ahora Chrysiva está muerta, asesinada por el Charchad. ¡Y el Charchad es el demonio, y ese demonio habita en este repugnante y hediondo valle, y propaga su basura y su corrupción por todo el mundo! —Aspiró con fuerza, jadeante, y su cuerpo empezó a temblar con una cólera apenas controlada—. Quiero que ese demonio y todo lo que significa muera —siseó llena de veneno—. Cueste lo que cueste, por peligroso que sea; no me importa. —Sus ojos se clavaron en los de Grimya, y la loba se echó hacia atrás atemorizada por la furia demente que ardía, tan nacarada, anormal y devastadora como la luz del mismo valle de Charchad, en su salvaje mirada—. ¡Vengaré a Chrysiva!