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La luz de la vela se reflejó en el pequeño broche cuando Índigo echó la mano hacia atrás en un gesto brusco, y durante un instante el estaño centelleó con el mismo brillo que...

Con el mismo brillo que la plata.

En ese momento, Grimya comprendió lo que le había sucedido a su amiga.

Némesis. En el cerebro de la loba aparecieron imágenes de la diabólica criatura con sus inhumanos ojos sonrientes. El álter ego de Índigo, quintaesencia del mal que había liberado de la Torre de los Pesares. Una influencia que aspiraba a destruirla, y de la que la muchacha no podía liberarse hasta que hubiera muerto el último de los siete demonios. Y aunque Némesis podía tomar la forma que quisiera, una constante la traicionaría siempre ante los ojos vigilantes.

Esa constante era el color plateado.

Horrorizada, Grimya clavó los ojos en el broche de Chrysiva. Debiera haberse dado cuenta, cuando Índigo empezó a concentrar su atención en el regalo que la mujer le había hecho en sus últimos momentos de vida, de que la influencia bajo la que se encontraba su amiga no era normal. Pero el hecho de que el metal fuera bajo y su brillo apagado la había engañado, y ni ella ni Índigo habían considerado ni por un momento que otros peligros aparte del Charchad pudieran aguardarles. Ahora, no obstante, la loba estaba segura de ello. Plata. Un momentáneo destello bajo la tenue luz de la vela. Némesis había regresado para desafiarlas.

Alzó la cabeza para mirar a Índigo a los ojos, y vio que era demasiado tarde para intentar razonar.

Sin saberlo, la muchacha estaba en poder de Némesis. Y el dominio que sobre ella ejercía aquel demonio era demasiado fuerte para que Grimya pudiera romperlo.

La loba sintió un espasmódico estremecimiento en la garganta, un reflejo que la hizo desear alzar el hocico y aullar su pena al cielo. Se sentía sola, abandonada, perdida; pero una nueva sabiduría se abría paso a través de su instinto animal y le decía que, ahora, quizá como nunca antes, debía actuar por cuenta propia. Índigo no la escucharía; su mente estaba encerrada en otro plano, envuelta en la siniestra ira que la impulsaba. Pero existía alguien más. Grimya recelaba de él, ya que sabía que estaba loco y era reacia a confiar en él por completo. Ahora, no obstante, parecía que era su única esperanza.

Lanzó un débil gañido, esperando todavía que Índigo parpadeara y la mirara, y que la demencia de sus ojos hubiera desaparecido. Pero la joven no la oyó. En lugar de ello se agachó, el broche apretado con fuerza en su mano, y miró hacia adelante, como si contemplara un mundo extraño y terrible, y le gustara.

Ni siquiera levantó la cabeza cuando el animal abandonó la cueva corriendo.

Un total agotamiento se había apoderado de Jasker, pero su descanso se veía interrumpido por pesadillas inconexas y desagradables. Éstas culminaron en un sueño durante el cual, en otro nivel de conciencia, le pareció oír una voz que pronunciaba su nombre una y otra vez, y cuando se despertó con un sobresalto se quedó momentáneamente desorientado por el silencio que reinaba en su santuario. Se incorporó en su lecho, frotándose los irritados párpados; entonces dio un nuevo respingo al ver a Grimya en la entrada de la caverna.

Los ojos de la loba estaban enrojecidos por la congoja. Jadeante, el animal miró al hechicero con una expresión de muda súplica; luego, ante su asombro, resolló de forma gutural, pero clara:

—¡Por favor, ayú... dame!

Jasker se la quedó mirando boquiabierto, preguntándose por un fugaz instante si no estaría soñando todavía. Había conjeturado que la loba era capaz de comunicarse telepáticamente, pero no se había imaginado aquello. Por fin recuperó la voz, aunque apagada por la incredulidad.

Grimya..., puedes hablar...

El animal hundió la cabeza en un gesto que daba a entender confusión e incluso vergüenza.

—Sí. No..., no quería que lo sup... pieras. Pero ahora, no pppuedo... ocultar... lo más. ¡Necesito tu ay... ayuda, Jasker!

A causa de la sorpresa que le produjo el descubrimiento, Jasker no había prestado demasiada atención a lo que Grimya había dicho. Pero ahora, aunque con cierto retraso, se dio cuenta, y sintió una aguda punzada de aprensión que borró los últimos restos de su cansancio.

—¿Qué sucede? —Con los músculos en tensión, empezó a ponerse en pie—. ¿Ha ocurrido algo?

—A... ún no. Pero me temo que sucederá. Es Índigo. Ella... —Grimya golpeó el suelo con la pata llena de desaliento ante sus limitadas facultades—. Está enferma.

Un temor nauseabundo convulsionó el estómago de Jasker.

—Por la lengua de Ranaya, ¿no querrás decir que padece la enfermedad de Charchad?

—No, no es e... so. En su cabeza. En su mmmente. Tiene que ver con el hombre, el hombre he... rido. Intenté hab-blar con ella, pero no qu... quiso escuchar. Por favor..., no pppuedo explicarlo bi... bien. Ven y verás.

No precisó que lo apremiaran. Para que Grimya hubiera roto su secreto —y podía comprender muy bien por qué deseaba que nadie, excepto Índigo, conociera su peculiar talento— algo debía de andar muy mal.

—Ve delante —le dijo—. Sólo Ranaya sabe si yo podré conseguir algo allí donde tú has fracasado, pero lo intentaré.

Abandonaron la cueva y Grimya fue por delante de él a través del laberinto de túneles por los que había seguido la pista del hechicero. Le costaba controlar su impaciencia ante los movimientos más lentos del hombre, y al final echó a correr cuando avistaron la entrada de la caverna principal. Jasker la vio desaparecer por allí y su corazón casi se detuvo cuando le llegó por el túnel el eco de un lastimero aullido.

¡Grimya!

Recorrió a la carrera los últimos metros y se precipitó al interior de la cueva. La loba estaba clavada en el centro de la habitación, las orejas pegadas a la cabeza; al entrar él se volvió y lloriqueó una palabra llena de desesperación.

—¡I... do!

La caverna estaba vacía. El suelo se hallaba lleno de cosas, la mayoría pertenecían a Índigo, aunque también había una buena cantidad de objetos personales de Jasker mezclados con ellas. Daba toda la impresión de que alguien había registrado la cueva frenéticamente antes de dejarlo todo abandonado al caos. Grimya tenía razón: Índigo se había ido.

Y también Quinas.

Jasker maldijo entre dientes y se sentó en el suelo, ya que sus piernas parecían no querer aguantarlo. Grimya corrió a su lado con la lengua colgando.

—¿Qué... vamos a ha... hacer?

La idea de que Quinas pudiera haber recuperado fuerzas suficientes para dominar a Índigo resultaba ridícula; sólo podía haber abandonado la cueva como su prisionero y no viceversa. Pero si el estado mental de la muchacha era tal y como daba a entender la loba, aquella idea no era ningún consuelo.