Jasker se arrodilló ante el altar y empezó a suplicar en silencio y con gran fervor en busca de consejo.
Para desaliento de Grimya, el rastro de Índigo estaba casi destruido por el calor y la contaminación procedente de las minas. Salió de la red de túneles al abrasador sol de primera hora de la tarde, y se vio asaltada al instante por los hedores sulfurosos que un viento del noroeste arrojó sobre su rostro y que convirtieron la atmósfera que la rodeaba en una neblina de color cobre. La roca era demasiado árida para reflejar ni siquiera una pisada, y durante varios minutos Grimya se dedicó a olfatear el suelo, luchando por interpretar y separar los olores de la piedra caliente, el viejo magma y el hedor aún más desagradable del lejano valle. Por fin, no obstante, su hocico encontró algo que reconoció. Una insinuación tan sólo, pero la condujo por un antiguo lecho de lava, montaña arriba.
Él calor la hacía jadear y el suelo rocoso le quemaba las patas, pero hizo caso omiso de las molestias y corrió por la torrentera; de vez en cuando se detenía para comprobar que el rastro, débil pero todavía perceptible, no había desaparecido. Intentaba moverse por la sombra siempre que podía encontrarla, pero a medida que ascendía más y más hacia las cumbres, las zonas umbrías se hicieron cada vez más escasas, hasta que se encontró en una loma que se cocía bajo el ardiente sol.
Grimya se detuvo para orientarse. El viento era más fuerte allí y agitaba su pelaje, pero mitigaba muy poco el calor; allá a lo lejos, a sus pies, pudo ver la espesa y sucia niebla fosforescente que flotaba sobre las minas. Hogueras tenebrosas relucían por entre la mezcla de humo y niebla allí donde ardían los hornos de fundición, y el aire vibraba, pesado y amenazador, con el hedor y el ruido que subía del valle.
Grimya se estremeció y no quiso seguir contemplando la escena. Volvió la cabeza para examinar la loma y vio, algo más adelante, allí donde la cresta se hundía para formar un estrecho desnivel entre dos conos volcánicos idénticos, a dos figuras que se movían con lentitud.
Se controló con un esfuerzo para no lanzar un aullido de alivio. Una de aquellas lejanas figuras era, sin lugar a dudas. Índigo; aunque la neblina obstaculizaba su visión, la loba reconoció la cabellera de su amiga. Y la otra figura, que arrastraba los pies, andando a trompicones, como si cada paso le produjera un dolor indescriptible, era el hombre malvado, el hombre al que habían hecho daño porque servía al Charchad.
El animal se deslizó por la ladera de la loma hasta un nivel en el que resultaría invisible si alguna de las dos personas que había más allá volvía la cabeza y miraba a su espalda. Con el cuerpo pegado al suelo, avanzó furtivamente y con cierta dificultad por la empinada ladera, hasta que juzgó que sus presas habrían llegado ya al pico más alejado y estarían demasiado ocupadas en la ascensión como para prestar atención a lo que pudieran tener detrás. Se escabulló de nuevo hasta la cima de la loma y vio que no se había equivocado; estaban a unos cincuenta pasos de ella ahora, penetrando despacio en los pliegues color marrón rojizo de las laderas inferiores de la cima.
Grimya vaciló. Jasker le había dicho que regresara en cuanto tuviera noticias del paradero de Índigo; pero la lealtad y la preocupación la impulsaban a desobedecer la orden. Conocía las intenciones de Némesis tan bien como cualquier otro, y estaba terriblemente preocupada por su amiga. No podía dejarla bajo la indiscutible influencia del demonio, debía intentar hacerla razonar. Tenía que hacerlo.
Echó a correr y recorrió la cresta a toda velocidad, llamando a Índigo.
La muchacha se detuvo y giró en redondo, alzando la ballesta que sostenía entre las manos. Durante un instante sus ojos miraron sin comprender, sin dar la menor señal de reconocerla; luego, de forma repentina, la presencia de la loba penetró en su cerebro y lo espetó:
—¡Tú! ¿Qué es lo que estás haciendo aquí?
«¡Índigo, tienes que escucharme! Hay peligro aquí... »
El urgente mensaje mental se hundió en el más completo desconcierto al darse cuenta de que la mente de Índigo estaba totalmente cerrada a ella. No podía comunicarse, ya que su amiga se negaba a escucharla.
Cambiando rápidamente al lenguaje hablado, jadeó:
—He... ve-nido a buscar... te. ¡Índigo, hay pe... peligro!
Quinas se había desplomado sobre la roca pelada, estremeciéndose aturdido por el agotamiento, pero la joven no se movió. Se quedó contemplando a la loba; ésta se sintió horrorizada por el frío desprecio que veía en sus ojos y por la aureola de odio que emanaba de ella en forma casi tangible. De repente, con el telón de fondo de las lúgubres cimas desnudas y el palpitante cielo sulfuroso. Índigo se había convertido en una criatura de otro mundo. Y el opaco broche, sujeto como una
orgullosa insignia de jerarquía en su pecho, alimentaba el fuego que ardía en su interior.
—Por favor —resolló Grimya—, ¡tie... nes que escucharme! ¡El brro-che es Némesis, es el de... monio! No lo vimos al principio, pero ahora...
No pudo seguir, ya que el rostro de la muchacha se contrajo en una mueca y le gruñó:
—¿Lo vimos? De modo que ahora has transferido tu lealtad a Jasker, ¿verdad? ¡No debiera haber esperado otra cosa de ti!
—¡No. Índigo! —gritó Grimya, desesperada—. ¡Es... cúchame! ¡Abre los ojos, mira lo que el demonio ha hecho! No de... bes seguir adelante, o estarás en un grr-an peligro!
—¡Malditas sean tus censuras y tu cobardía! —Los ojos de Índigo estaban llenos de rabia; de repente alzó la ballesta hasta que la saeta apuntó directamente a la loba—. Escúchame tú a mí, y llévale este mensaje a tu buen amigo Jasker. Tú y él puede que no tengáis el valor de hacer lo que ha de hacerse, ¡pero yo lo tengo! Dile que me dirijo al valle del Charchad, con esta basura como rehén, y que pienso matar al demonio, cosa que él no ha podido hacer a pesar de todas sus lindas palabras y fanfarroneos! ¡Díselo!
Grimya balanceó la cabeza de un lado a otro angustiada.
—¡Por favor, Ín-digo! No soy tu enemiga.
—Enemiga o amiga, tanto me da. ¡Vete!
—¡No! Regresa conmigo, escucha lo que Jasker tiene qu... que decir...
—¡He dicho que te vayas! —gritó la joven, y sus manos se cerraron sobre el arco—. O te mataré.
Su dedo se apoyaba sobre el disparador. Sus miradas se encontraron y Grimya, con gran horror por su parte, vio la muerte en los ojos de Índigo. Lanzó un gañido, retrocediendo un paso, e Índigo le espetó despectiva:
—Contaré hasta tres. Y si no me has obedecido para entonces, te mataré. ¡Lo digo en serio!
Desconsolada, la loba comprendió que aquello no era un farol. Su amiga, la persona en quien confiaba, se había vuelto loca, y si no se daba la vuelta y corría perdería la vida en aquella ladera yerma atravesado su corazón por la saeta de una ballesta. Incapaz casi de creer en aquella traición, clavó los ojos en Índigo por un último instante, suplicando en silencio, pero se encontró tan sólo con el muro al rojo vivo de la furia de la muchacha.
—Uno —empezó a contar.
Grimya lloriqueó.
—Dos. —Su dedo se tensó sobre la palanca y la loba dio media vuelta y huyó.
El desdichado animal se deslizó ladera abajo, casi perdiendo el equilibrio; no le importaba caerse al pie del volcán y partirse el cuello. El dolor la abrumaba: dolor por su propio fracaso, dolor por Índigo y aquello en lo que se había convertido... Pero más fuerte aún que el dolor, sentía un temor que le destrozaba el ánima, mientras corría con todas las fuerzas y velocidad que era capaz de reunir de regreso a la cueva y a Jasker.