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Índigo contempló cómo la loba desaparecía en la distancia; y sólo cuando ésta se perdió de vista, bajó por fin la ballesta e, impávida, se dio la vuelta. Quinas yacía en el mismo sitio sobre el que se había derrumbado; cuando se acercó para detenerse junto a él, éste levantó los ojos hacia ella e intentó esbozar una sonrisa de desdén.

—Una sola palabra y terminaréis el viaje con una saeta clavada en la pierna. —Índigo se dirigió a él con remota indiferencia—. En pie. —Aguardó mientras él gateaba penosa y lentamente hasta conseguir incorporarse; luego le dio un golpecito en la espalda con el arco—. Andando. Nos queda un buen trecho aún.

El capataz vaciló y volvió el destrozado rostro para mirarla. Por un instante pareció como si fuera a hablar; entonces la expresión de la muchacha le hizo pensárselo mejor y apretó los dientes para poder soportar el terrible dolor que lo torturaba a cada paso que daba. Empezó a andar laboriosamente montaña arriba.

Índigo lo siguió, observando sus esfuerzos indiferente y acoplando su paso al de él. Durante la primera parte de su viaje había intentado hacerlo ir más deprisa, amenazándolo con nuevos tormentos si la desobedecía; pero finalmente había aceptado que el hombre no podía avanzar a otro paso que no fuera el de tortuga. Muy bien, pues; quedaba una hora o más de luz aún, y para cuando el sol se pusiera estarían lo bastante cerca del valle de Charchad como para que su maligno fulgor nacarado iluminara el camino.

No se había detenido ni una sola vez para interrogarse sobre el impulso que la había obligado a sacar a Quinas a rastras de la cueva y ordenarle que la condujera al valle. Todo lo que sabía —o le importaba— era que no aceptaría ningún retraso. Cuando el capataz se rindió finalmente bajo la hábil tortura de Jasker y les contó la verdad sobre su señor y mentor Aszareel, ella había experimentado aquella sensación: el ardiente y cegador deseo de huir de la cámara de tortura, ascender la ladera de la Vieja Maia y desde allí seguir la ruta que, según la agonizante y ahogada confesión de Quinas, la conduciría cerca de las minas y al interior del valle de Charchad. Entonces había controlado su deseo, consciente de que actuar sin haberlo meditado ni preparado resultaría temerario; pero más tarde, cuando los acicates combinados del fingimiento de Jasker y su propia concentración airada sobre el broche de estaño empezaron a hacer mella en su espíritu, decidió no esperar más.

Quinas había intentado protestar, pero ella poseía sus propios métodos de coacción, y el prisionero lucía ahora varias cicatrices nuevas —producto de un cuchillo, en lugar del fuego elemental de Jasker— como testimonio de sus poderes de persuasión. Lo más probable era que no fuera a necesitarlo, pero si la suerte le volvía la espalda podía resultar valioso, y, por lo tanto, había considerado que las molestias de llevarlo con ella merecían la pena.

No sabía con qué se encontraría al alcanzar su destino. Quinas había revelado todo lo que sabía, pero se había sentido frustrada al descubrir que sus conocimientos eran limitados. Jamás había penetrado en el valle de Charchad, jamás había cruzado el último y bien protegido cerro que daba al resplandeciente pozo del que había surgido aquella religión retorcida. Ese privilegio estaba reservado a aquellos a quienes el Charchad consideraba pecadores necesitados de su más terrible forma de iluminación. Pero, como uno de los acólitos de Aszareel con más influencia, Quinas conocía los senderos que conducían al valle, y ahora había llegado el momento de que siguiera el ejemplo que había impuesto a otros con tanta crueldad. Como su guía, Quinas llevaría a Índigo al corazón del Charchad, y como rehén, la ayudaría a materializar su deseo de enfrentarse al avatar del demonio que deseaba destruir.

En una o dos ocasiones, una vocecita en su interior había luchado por hacerse oír, diciendo: ¿Y luego qué. Índigo? Cuando encuentres a Aszareel, ¡cómo lo matarás a él y al demonio que representa? Pero la había ignorado, silenciándola bajo una avalancha de enojado desprecio. Titubear sería actuar como un ser timorato; no caería víctima de las dudas que habían provocado que Jasker se acobardara y no hiciera lo que debía hacerse. El demonio moriría, se dijo a sí misma: eso era lo que importaba. Y en su cólera, en su ansia de venganza, en su locura, lo creía.

Al oír el sonido de unas patas que arañaban el suelo, Jasker se puso en pie de un salto y se volvió en el mismo instante en que Grimya penetraba a toda velocidad en la cueva. La loba se detuvo en seco y se desplomó, jadeante, los costados agitándose convulsionados mientras intentaba llevar el aire a sus pulmones. Consternado, se apresuró a traerle un plato con agua, y la contempló mientras, jadeando su gratitud, lo lamía una y otra vez hasta que sació parte de su sed y fue capaz de hablar con coherencia.

Jasker escuchó su relato con una sensación de siniestra desesperación que creció a medida que la narración progresaba. Cuando Grimya terminó, empezó a pasear por la cueva y finalmente se detuvo mirando al altar.

A esas horas el sol estaría a punto de ponerse y, por lo que la loba le había contado, Jasker comprendió que no tenía la menor posibilidad de alcanzar a Índigo antes de que llegara al valle de Charchad. Cualquier intento de seguirla al interior de aquel infierno sería poco menos que suicida; y, aunque no tenía en demasiada estima su propia vida, una tentativa de rescate condenada al fracaso de antemano resultaría un sacrificio inútil. Tenía que haber otro modo.

Y entonces, mientras contemplaba la pequeña estatua de Ranaya, una voz interior le dijo que ese otro modo existía.

No era posible. Lo había intentado, se había esforzado, se había llevado a sí mismo a extremos que bordeaban los límites de la cordura y de la vida misma para conseguirlo, y cada vez había fracasado. Dos años de lucha, y la puerta había permanecido cerrada a él. No podía intentarlo de nuevo. No poseía los recursos, la capacidad ni la resistencia.

Entonces —le preguntó la vocecita interior—, ¿cuál es la alternativa?

Jasker se estremeció cuando su propia mente respondió a la pregunta con sombría certidumbre. Por vez primera tenía una oportunidad —quizá la única oportunidad que tendría jamás— de cambiar las cosas, de acabar con aquello que se había apoderado de su tierra y la destruía despacio, pero sin el menor asomo de duda. Unidos, él e Índigo hubieran podido levantar un poder suficiente para aplastar el dominio de Charchad, hasta que las maquinaciones de Némesis habían roto el vínculo que

los unía. Pero era posible, sólo posible, que el vínculo pudiera forjarse de nuevo, si él tenía el coraje y la voluntad de hacerlo.

El remedio estaba en sus propias manos y era un remedio que hasta ahora había fracasado. Pero esta vez tenía un aliado inesperado e inverosímil, que podría inconscientemente tener la clave del éxito...

Se volvió y miró a Grimya. El animal levantó la cabeza y, al ver su especulativa mirada, se puso en pie como pudo y se acercó a él. La lengua le colgaba y sus ojos aparecían vidriosos a causa del agotamiento, pero estaba decidida a no dejar que el cansancio la dominara.

—¿Jas-ker? —Levantó la vista hacia él, suplicante—. ¿Has pen... sado algo?

—No... estoy seguro; aún no. Necesitaré tiempo...

—¡Pero no te-nemos tiempo! ¡Índigo está en pe... ligro!

—Lo sé. Pero no la puedo traer de vuelta por la fuerza, debo encontrar otro modo.

Las orejas de la loba se agitaron.

—¿Uti-li-za-rás ma... magia? —inquirió dudosa.