Y algo la golpeó con fuerza en la cabeza.
Abrió la boca para lanzar un grito de dolor y de protesta, pero no salió el menor sonido. En lugar de ello se vio atenazada por un enorme torbellino de náuseas que se abalanzó sobre ella procedente de la nada, haciendo que lo que la rodeaba empezara a dar vueltas como un tiovivo enloquecido. La ballesta chocó contra las rocas e Índigo se dobló hacia adelante, mientras sus brazos y piernas, sin ninguna coordinación, se agitaban como los de una criatura que pierde el equilibrio de improviso. Vio unos rostros que la contemplaban, balanceándose, borrosos como imágenes de un sueño, y sintió un irracional arrebato de indignación. Entonces, algo que le pareció como fuego y hielo a la vez centelleó en la oscuridad y le saltó al rostro como el aguijón de una abeja monstruosa, y perdió el conocimiento.
—Despertadla.
Una cierta cantidad de agua salobre se estrelló contra el rostro de Índigo. Intentó protestar, pero sus cuerdas vocales no la obedecieron. Todo lo que pudo hacer fue volver la cabeza en un esfuerzo por evitar el ataque, pero no le sirvió de mucho. Había un insistente y ahogado tronar en sus oídos y el suelo parecía temblar bajo ella. Olía a algo espeso, pesado, metálico, que taponaba su nariz.
—Más.
Conocía la voz, pero no podía atribuirle un nombre. Alguien que había...
Un nuevo torrente de agua la golpeó, y una sensación de náusea estalló en lo más profundo de su ser. Rodó a un lado de forma instintiva, consiguiendo volver la cabeza justo antes de que una mezcla de bilis y esputo empezara a brotar de su boca. Dando boqueadas, se arrastró hacia atrás sobre los codos, desorientada todavía y reacia a abrir los ojos.
—Muy bien: es suficiente. Está consciente ahora. Dadle la vuelta.
Unos dedos manosearon el cuerpo de Índigo, pero ésta carecía de la coordinación suficiente para luchar contra ellos. Entonces una sombra se proyectó sobre ella y le azotaron la mejilla, sin demasiada fuerza, pero con determinación.
—Saia. Índigo. Os sugeriría que me miraseis. Me parece que no tiene ningún sentido prolongar esta farsa innecesariamente.
Sus párpados temblaron y se abrieron. Por un instante, sus ojos lo vieron todo borroso; luego, de forma brusca, la escena se aclaró.
Estaba en el interior de una especie de edificio, una cabaña tosca y sin ventanas hecha de planchas de hierro, cortadas sin el menor cuidado, que empezaban a oxidarse.
El aire apestaba y, a la grasienta luz de la lámpara que colgaba de un gancho del techo, pudo distinguir la tosca mesa y las dos sillas, el tablero de la pared con hileras de números escritos con tiza y —en una esquina— los montones de pizarras y bastones de plomo que servían para llevar las cuentas. La oficina de un capataz de mina, ocupada ahora por media docena de personas. Debían de haberla bajado al valle mientras estaba inconsciente, y ahora el ruido, la peste, y el polvo contaminado que llenaba el aire le dijeron que estaba en el corazón de la zona minera, sin la más
mínima esperanza de ser rescatada. Y en medio de sus secuestradores, con su mutilada sonrisa brillando a la lóbrega luz de la lámpara, estaba Quinas.
Un violento juramento se escapó por entre los labios de Índigo. Quinas estaba muerto; lo había abandonado en la hondonada, incapaz de moverse, esperando tan sólo a que el sol saliera y consumiera lo poco que le quedaba de vida. No podían volverse las tornas.
Pero lo imposible había sucedido, y ahora Quinas presidía un grupo de hombres desde una especie de camilla improvisada. Un vendaje ocultaba su pelado cuero cabelludo y el ojo inútil, y se había untado pomada en las quemaduras menos importantes, lo que daba a su rostro un brillo oleoso. Una sonrisa de genuino triunfo quebraba su chamuscada boca.
—Bien, saia. —Hablaba con suavidad, y una obscena parodia de afecto adornaba su voz—. Al parecer, hemos capturado a un pecador en plena falta, por así decirlo.
Sus compañeros le dedicaron una desagradable sonrisa. A juzgar por sus ropas y actitud. Índigo supuso que también ellos eran encargados de las minas; capataces como Quinas, quizás, o mayorales, o jefes de equipo. Cada uno lucía la refulgente enseña de un acólito de Charchad, y cada uno padecía de alguna forma la misma enfermedad: escamación de la piel, pérdida de cabello, dedos palmeados, una nariz que empezaba a deshacerse... Uno de ellos llevaba una tira de cuero trenzada; era aquello, comprendió, lo que la había golpeado en el rostro y había dejado su mejilla dolorida y sangrante. La joven no dudó de que, a la menor provocación, el que blandía el látigo se sentiría muy feliz de utilizarlo.
¡Estúpida!, la reprendió una voz interior. ¡Deberías haberlo matado! ¡Deberías haber hundido tu cuchillo en su podrido corazón y contemplado cómo vomitaba su vida a tus pies! ¡Deberías.., !
Alguien la agarró por los cabellos y la obligó a sentarse con tanta brusquedad y violencia que la cabeza le dio vueltas; su autorrecriminación desapareció bajo una nueva barrera de náuseas. Esta vez reprimió el espasmo, negándose a perder los últimos y patéticos restos de su dignidad, y apretó los dientes.
—Debiera haberos eliminado...
—Desde luego. —Quinas inclinó la cabeza—. Esa fue vuestra debilidad, querida Índigo. Pero desear no es lo mismo que hacer, ¿verdad?
Su cabeza empezaba a despejarse ahora, y tras la recuperación física vino algo más que no pudo captar por completo. Charchad. Había llegado a..., pero no; no era eso. Otra cosa. Algo que Grimya había dicho. La había visto en una loma cerca de la cima de la Vieja Maia. ¿O lo había soñado?
—Nos habéis ofendido. Índigo. —La voz suave y lisonjera de Quinas interrumpió sus esfuerzos por recordar—. Y aunque nosotros, los siervos de Charchad, somos misericordiosos, aquellos que nos ofenden repetidamente deben ser castigados. Lo comprendéis, ¿no es así?
Sus palabras carecían de sentido. Había algo más, algo mucho más importante...
Némesis.
—No os oye, Quinas —dijo alguien lacónicamente.
—Oh, sí que lo hace. ¿Verdad. Índigo?
El broche. Grimya había dicho algo sobre el broche.
—¿Verdad?
Unos dedos sujetaron su mandíbula apretando con fuerza, y en ese mismo instante lo recordó. El broche. Némesis.
—¡Nooo!
Fue un grito de dolor, de angustia y de amargo remordimiento, al tiempo que las últimas ataduras que esclavizaban a Índigo se hacían pedazos y la muchacha se daba cuenta de lo que había hecho.
«¡Grimya!», gritó su mente en silencio. «Grimya, Jasker, os traicioné, he fracasado... »
El grito se desvaneció en un frío silencio. Con un gran esfuerzo, la joven se obligó a mirar el rostro de Quinas de nuevo; lo que vio la acobardó, al darse cuenta de que el deseo de venganza del hombre era tan grande como el suyo. Ella, más que ninguna otra persona, era la responsable de aquellas desfiguraciones que lo obligarían a enfrentarse a lo que le quedase de vida como un ser mutilado. Ahora, gracias a su delirante estupidez, él había conseguido que se volvieran las tornas. El, y su Némesis. Y ahora era ella su víctima. Quinas se ocuparía de que sus sufrimientos igualaran a los padecidos por él.
Y todo por una despreciable pieza de metal bajo...
Una de las manos mutiladas del capataz se estiró para tocar su mejilla tan suavemente como una hoja que cayera del árbol. La muchacha vio los muñones fundidos de sus dedos, y sintió un nudo en el estómago ante la caricia. Quinas sonrió.
—Sois una pecadora. Índigo. Nos duele presenciar pecados como los que habéis cometido contra Charchad; pero sabemos cuál es nuestro deber. —Otras voces murmuraron algo en señal de asentimiento—. Pecado. Índigo. Pecado. ¿Y cuál es el castigo al pecado?