Un capataz que iba a la cabeza de la hilera de prisioneros dio un fuerte tirón a la cadena que sostenía, y los hombres empezaron a avanzar tambaleantes. La muchacha fue arrastrada con ellos mientras su cabeza se bamboleaba sobre sus hombros. Por un momento, la infernal escena pareció ladearse cuando ella estuvo a punto de perder el equilibrio; luego, mientras conseguía enderezarse, pudo vislumbrar por última vez a Quinas antes de que éste se diera la vuelta. Su rostro estaba en sombras, fuera del alcance de la luz de la antorcha, y no pudo ver su expresión; sólo el ojo que le quedaba captó un reflejo errante, y resplandeció como el ojo de un demonio reencarnado.
Índigo sintió cómo sus dientes empezaban a castañetear; fue un movimiento reflejo, impulsivo y convulso. No podía hablar, pero cuando la hilera de prisioneros empezó a desplazarse en la oscuridad, sus labios se movieron vagamente para formar una única y silenciosa palabra que sonó como una confusa y desesperada súplica en su mente destrozada. ¿Gr... Grimya... ?
Antes de que se pusieran en marcha, Jasker le dio a Grimya los últimos restos de su comida. La loba protestó diciendo que estaba demasiado preocupada para sentir hambre, pero él insistió. Las provisiones, alegó, se habrían vuelto rancias mucho antes de que ellos estuvieran de regreso, y necesitaban alimentarse de cara a la tarea que les esperaba. El ya había comido todo lo que necesitaba; ahora Grimya debía tomar lo que quedaba.
Por fin, aunque de mala gana, el animal cedió. Mientras comía, Jasker se dedicó a estudiar detenidamente un pequeño mapa a la luz de una vela; aquel mapa era el resultado de seis meses de exploraciones de los túneles, pozos y galerías que infestaban los volcanes. Con un gran esfuerzo, lo había dibujado sobre un pellejo ahumado con una pasta hecha de hollín y cera aceitosa, y en ningún caso estaba completo: Jasker era muy consciente de que en sus paseos subterráneos no había explorado más que una diminuta porción de la enorme red de túneles. Pero el mapa sería suficiente para guiarlos hasta su destino. Lo que pudiera pasar más allá de aquel punto era un tema en el que prefería no ahondar, consciente de que la cuestión estaría en manos superiores. Pero —y miró de soslayo a Grimya, quien, a pesar de sus protestas, estaba lamiendo el plato hasta dejarlo reluciente— si la suerte les daba la espalda y resultaba ser un viaje sólo de ida, al menos se habrían ahorrado la ignominia de morir hambrientos.
Con un suspiro, Jasker dobló el mapa y lo introdujo en un pequeño saco de cuero que se colgó a la espalda. No quería cargarse innecesariamente, pero penetrar en la red de túneles del volcán con las manos vacías resultaría suicida. Había empaquetado, tan sólo, algunas cosas esenciales, como cuerda, velas, un cuchillo, junto con un odre lleno por completo de agua. Se había aprendido de memoria la primera parte de la ruta; ya no había ninguna necesidad de posponer la partida.
Grimya estaba ansiosa por ponerse en marcha, pero se sorprendió cuando, en lugar de dirigirse por el túnel interior de la cueva, Jasker la condujo al exterior, a la calurosa noche, y la hizo subir por un empinado y difícil sendero que no había visto antes. El camino lo formaba una veta de obsidiana, que se había fundido adquiriendo la suavidad del cristal y resultaba peligrosamente resbaladiza. La loba se las ingenió valientemente para no perder pie y mantener su ritmo, pero cuando por fin llegaron a la cima estaba casi sin aliento.
Jasker señaló una grieta profunda y oscura en la ladera de la montaña que tenían delante.
—Al otro lado de esa abertura, hay una cueva que conduce a un pasadizo. Allí es donde está el camino que debemos seguir.
A Grimya no le gustaban las cuevas. Su elemento natural eran los frescos espacios abiertos de los bosques y las llanuras; el confinamiento la angustiaba, y aunque se había adaptado lo mejor que había podido al claustrofóbico escondite de Jasker, encontraba su atmósfera opresiva. La idea de introducirse por aquella estrecha abertura al interior de una oscuridad sofocante y llena de vapores sulfurosos hacía que su corazón latiera a una velocidad muy poco agradable. A pesar de su determinación de ser valiente, tenía que admitir que sentía miedo de lo que les esperaba más adelante. Hubiera dado mucho por no tener que continuar aquel viaje, pero se quitó la idea de la cabeza, con un supremo esfuerzo, incluso antes de que acabara de tomar forma. Por el bien de Índigo, debía entrar.
Jasker se había agachado ya y se internaba en aquellos momentos por la grieta. Grimya levantó la vista para contemplar el titánico cono de la Vieja Maia que se alzaba hacia el maligno resplandor del firmamento, y los pelos del lomo se le erizaron. La mayor y la más vieja de las Hijas de Ranaya, un gigante dormido pero letal. Y ellos iban en busca de su corazón.
Un apagado grito, que surgía de la grieta, le indicó que el hechicero había conseguido pasar. Grimya sacudió todo el cuerpo, de la cabeza a los pies, en un intento por deshacerse de algo más que el pegajoso calor de la noche; luego se aplastó contra el suelo y franqueó la abertura en pos de Jasker.
Anduvieron durante un tiempo incalculable en una oscuridad casi total. En un principio, Jasker había sacado una vela de su saco y había intentado encenderla; pero por el túnel zumbaban y resonaban extrañas corrientes de aire caliente, y la vacilante llama se negó a permanecer encendida durante más de algunos minutos. Al cabo de un rato, el hechicero abandonó sus intentos de mantener la vela encendida. Por un instante consideró la posibilidad de llamar a una salamandra, una de sus pequeñas hermanas ígneas; pero hacer venir y dominar a aquella criatura precisaría de la utilización de poder, y no quería arriesgarse a reducir sus reservas aunque fuera en una mínima parte. Por el momento, tendrían que apañárselas sin luz.
Resultó un viaje alucinante. El aire olía a sulfuro y sabía a hierro; el bochorno aumentaba a medida que el túnel giraba y se retorcía siempre en sentido descendente. Había momentos en que el techo del pasadizo se elevaba tanto que sus pasos producían atemorizantes ecos; en otros, las paredes se juntaban tanto que se veían obligados a introducirse de lado por aberturas apenas practicables. De vez en cuando, un vago y distante centelleo de luz entre roja y naranja surgía de alguna rendija en la pared del túnel y reflejaba sus sombras por un breve instante sobre la roca, antes de desvanecerse. Asimismo, de algún lugar muy por debajo de ellos brotaba una vibración constante y apagada que ni siquiera el sensible oído de Grimya podía escuchar con claridad, pero que ambos sentían en su interior.
A la loba le era imposible ocultar su miedo. El más mínimo sonido, el menor soplo de aire era suficiente para hacerla saltar a un lado y pegarse al suelo, y cuanto más penetraban en la montaña, peor se sentía. Cruzaron una galería natural, avanzando con cuidado por una estrecha repisa que sobresalía por encima de un tremendo y negro precipio; luego se introdujeron en otro túnel, cuya tremenda acústica hacía que sus pisadas resonaran como el avance de un ejército, y siguieron por una cresta de basalto que cruzaba una enorme fumarola. Ésta arrojaba bocanadas de aire caliente y sulfuroso a sus rostros y brillaba con vida propia. Jasker se detuvo varias veces para consultar su mapa, pero se trataba de una mera precaución; la memoria y el instinto estaban demostrando ser buenos guías, y sabía que cada vez se encontraban más cerca de su destino.