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El hechicero se daba perfecta cuenta del miedo que sentía Grimya, y lo cierto es que lo compartía; aquellos túneles subterráneos no eran lugar apropiado para ningún ser vivo, humano o animal. Lo único que esperaba era alcanzar su objetivo. Había visto el lugar en una ocasión, durante su primera exploración, pero desde aquella visita imprevista no había tenido motivo —no, se corrigió con severidad, no había tenido el valor— de regresar. No tenía ningún mérito que se engañase a sí mismo con aquello, pues el temor que sentía era plenamente justificado. Pero ahora que debía enfrentarse a ello otra vez, rezaba en silencio para que durante el tiempo transcurrido ningún suceso natural hubiera convertido el lugar en inaccesible, ya que si así era, sus planes tendrían la misma relevancia que un puñado de polvo volcánico.

Se preguntó lo cerca que estaría Índigo ahora del mortífero valle. Sabía que mucho dependería de si todavía tenía a Quinas con ella. Si el capataz seguía vivo, su presencia aminoraría su marcha y aquello aumentaba las posibilidades de Jasker de llegar a su destino antes de que ella llegara al suyo. Pero si Quinas había sucumbido al agotamiento, o Índigo había simplemente perdido la paciencia y lo había matado, podría ser ya demasiado tarde.

Sin darse cuenta, apresuró el paso, lo cual obligó a Grimya a trotar rápidamente para poder seguirlo. Por lo que sabía —y Jasker estaba dispuesto a admitir que tanto sus conocimientos como el mapa podían andar errados—, estaban ahora muy cerca de su meta. El aire del pasadizo por el que avanzaban a toda prisa estaba viciado por los vapores que emanaban del polvo volcánico, las piedras calientes y el metal semifundido: bajo sus pies, y no a demasiada profundidad, las leyes naturales de la geología estaban siendo trastornadas por el descomunal calor procedente del núcleo hirviente del volcán. Intentaba calcular cuánto más deberían seguir adelante cuando de repente las orejas de Grimya se irguieron.

—¡Luz! —exclamó con voz ronca—. ¡Ve... o luz!

En la oscuridad del túnel, el hechicero se había concentrado en no perder el equilibrio sobre el desigual suelo, y la loba había vislumbrado el primer resplandor revelador antes de que su mente lo registrara. Ahora, no obstante, sus ojos captaron el débil y vacilante reflejo en la pared de delante.

Habían llegado. Viejos recuerdos volvieron a la vida en la mente de Jasker, y sintió una profunda sensación de ahogo en la garganta que no era provocada por la apestosa atmósfera. Intentó tragar, pero no pudo generar saliva, y se detuvo, con los ojos clavados en el inflamado resplandor mientras apoyaba una mano en la roca que tenía a su lado.

La superficie de la pared estaba caliente, y notó cómo a través de ella vibraba un lento pero insistente latido. La luz que tenían delante iluminaba una curva cerrada del túnel, y justo después de la curva, recordó, el techo se había hundido para crear una pared inclinada de cascotes cuya única salida era una estrecha abertura en la parte superior. Detrás de aquella barrera estaba el final del túnel y su punto de destino.

El hechicero aspiró con fuerza y energía por cuatro veces, en un intento de calmar los inquietos latidos de su corazón. Luego, tras echar una rápida ojeada a su alrededor para asegurarse de que Grimya lo seguía, se encaminó hacia la curva del túnel.

Nada había alterado las rocas caídas. La ardiente luz brillaba con fuerza a través de la abertura de la cima, dejando la ladera sumida en profundas sombras y provocando que resultara difícil juzgar las distancias y los ángulos para una ascensión. Grimya contempló los escombros indecisa.

—¿Puedes subirla? —preguntó Jasker.

La loba inclinó la cabeza.

—Sssí. Pero... ¿qué es esa luz? ¿Y los ru... ruidos? No son nada... tranquilizadores.

El hombre había estado intentando ignorar los inquietantes ruidos que se incrustaban en su mente desde el otro lado de la barrera, pero la pregunta del animal lo obligó a tomar conciencia de ellos. Si cerraba los ojos y daba rienda suelta a su imaginación —algo que no estaba excesivamente ansioso por hacer— podría fácilmente creer que los discordantes sonidos eran una especie de música sobrenatural, el canto de extraños espíritus en una escala tonal y en una lengua que ninguna mente humana podía interpretar. Peculiares armonías que desafiaban la comprensión, susurros imposibles, estremecedoras cadencias sin tono ni ritmo, que, sin embargo, poseían su propia y espectral integridad. Como era lógico, Jasker sabía que aquellos ruidos eran debidos al desplazamiento de corrientes de aire fortuitas por la enorme red de túneles de la roca; pero la lógica no podía competir contra el efecto de aquellos ecos espeluznantes, ni podía hacer desaparecer la convicción que se había apoderado de él la primera vez que llegara a aquel imponente lugar: creía escuchar la inmensa e inhumana voz de la mismísima Vieja Maia. Grimya, que carecía de las deficiencias auditivas del oído humano, debía de estar sintiendo aquella voz en su mismo tuétano...

Le respondió con suavidad.

—No son más que movimientos del aire, Grimya, No hay por qué asustarse.

Hubiera deseado poder confiar en sus propias palabras tranquilizadoras cuando inició el ascenso por la pared de cascotes. Las piedras caídas estaban más calientes que la pared del túnel, tanto que no podía sujetarse a ellas durante más de algunos segundos cada vez. Y la ascensión era más complicada de lo que recordaba; los pedruscos sueltos convertían la marcha en algo muy peligroso, y el avance resultaba frustrantemente lento. Pero ya casi estaba a medio camino de la parte superior cuando, percibiendo que algo no iba bien, volvió la cabeza para mirar sobre su hombro y descubrió que Grimya no lo seguía. En vez de ello se había dado la vuelta y miraba al lugar por donde habían venido. Sus orejas estaban totalmente echadas hacia adelante y alerta, y su postura era tensa.

¿Grimya?—Una nerviosa impaciencia dio a la voz de Jasker una nota de irritación; si tenían que enfrentarse a la ascensión y a lo que había detrás de ella, no deseaba prolongar la prueba durante más tiempo del estrictamente necesario.

Grimya gruñó, con un temblor inquieto, pero no lo miró.

¡Grimya! ¿Qué sucede?

La loba volvió por fin la cabeza. Sus ojos, brillantes por el reflejo de la luz, mostraban una expresión fiera y repentinamente ajena a todo aquello, y echó hacia atrás los labios mostrando los colmillos.

—¡Algo vaaa mal!

Una fría mano espectral se cerró en torno al estómago de Jasker.

—¿Mal?

—En mi mente. Una alte... alteración. ¡La... essscuché! Pero ahora se ha ido.

Su primer temor irracional de que alguien o algo los había estado siguiendo por el laberinto de túneles desapareció, pero fue reemplazado al instante por otro presentimiento. En mi mente, había dicho Grimya. ¿Era posible que la loba hubiera captado algún olor psíquico a algún peligro?

Aferrándose a su precario asidero, y sin prestar atención a sus manos que empezaban a chamuscarse, Jasker la instó apremiante:

—Intenta escucharlo de nuevo, Grimya. ¡Inténtalo!

—No... puedo... —Sacudió la cabeza con fuerza, como si intentara deshacerse de algún asaltante invisible, y dio un paso atrás, con todo el cuerpo temblando—. No quiere... venir... no. Espera. Es... —De repente levantó los ojos hacia él y esta vez su mirada estaba llena de temor—. ¡Es Índigo! ¡Jasker, es su voz! ¡In... tenta llamar... me!

El hombre se sintió como si la sangre de sus venas hubiera sido reemplazada por agua helada. No era posible; no, a menos que...