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Había llegado a un momento decisivo de su vida. Aquél era el momento para el que se había estado preparando durante mucho tiempo, en el que las diferentes tramas de toda su vida se entremezclaban al fin para formar una única hebra. Su juventud en Vesinum; su desarrollo hasta llegar a la edad adulta y el descubrimiento de que tenía vocación; su matrimonio y la breve y dulce satisfacción que le había ofrecido éste; la espantosa muerte de su esposa; la inexorable ascensión del Charchad... Todos aquellos acontecimientos tan dispares lo habían ido conduciendo a aquel lugar y a aquella oportunidad.

Pensó en Índigo, encadenada a un yugo que él, en el interminable tormento de sus últimos años, comprendía perfectamente, y dispuesta a pagar cualquier precio por liberarse de aquella tortura. ¿Podía él hacer menos de lo que había hecho ella? Jasker no necesitaba contestar a su propia pregunta, ya que en aquel instante de revelación creyó ver el propósito para el que la excelsa mano de Ranaya había unido la maraña de sus destinos.

Señora de las Llamas, Madre del Magma, Hermana del Ardiente Sol. Beber ahora sería fallarle, ya que significaría menospreciar el elemento al que estaba dedicada toda su existencia. Debía confiar en Su poder y en Su energía, ya que si aún quedaba esperanza, Ella la tomaría, la moldearía y le insuflaría vida.

Los dorados ojos de Grimya brillaron por la sorpresa que le produjo ver a Jasker echar la cabeza atrás y lanzar una carcajada, un violento repiqueteo de júbilo que las ardientes ráfagas de aire arrebataron y lanzaron a lo alto del pozo de la gran fumarola, para que resonara a través de sus bóvedas. La mano del hechicero se cerró sobre el odre y lo arrojó a las profundidades. Observó con atención cómo caía girando sobre sí mismo, una partícula insignificante en el estremecido aire, describiendo una espiral mientras descendía muy despacio, chisporroteando a medida que el agua se convertía en vapor, en átomos, en nada, al aceptar la diosa de los volcanes la ofrenda y transformarla en fuego.

Jasker rió de nuevo, y Grimya vio cómo un tembloroso haz de luz surgía de él para flotar sobre el gigantesco pozo. La luz estalló y adoptó la forma de una reluciente salamandra, que escupió llamas escarlata y lanzó un desafío sobrenatural en dirección a la sencilla y resonante bóveda. Una segunda criatura hizo entonces su aparición a su lado, y luego una tercera; resplandecían a la vibrante luz de la fumarola. Una cuerda de fuego de un color azul blanquecino apareció en las manos del hechicero; la sostuvo bien tensada, las palmas ardiendo a su contacto, luego se volvió hacia la aterrorizada loba que permanecía junto a él.

Grimya. —La voz de Jasker estaba anormalmente tranquila, pero el animal percibió la soterrada nota de locura que se abría paso tras aquella fachada. Los ojos del hechicero parecían mirar, agraves de ella, a otro mundo—. Tienes que encontrar a Índigo otra vez, y unir tu mente a la suya. Debes convertirte en el medio a través del cual yo pueda canalizar mi poder, y entre los dos debemos traspasarle ese poder a ella. ¿Comprendes?

Un prolongado escalofrío sacudió el cuerpo de la loba.

—Com... prendo —susurró con voz ronca.

—Ayúdame, Grimya. Cuando la energía empiece a crecer quizá no pueda controlarla. No me falles, pequeña, ¡encuentra a Índigo rápido y reza para que pueda oírte!

La cuerda que sujetaba entre las manos llameó lívida cuando se volvió de nuevo de cara a la fumarola, y las salamandras que danzaban en el aire sobre sus cabezas lanzaron un salvaje grito. Grimya cerró los ojos, con las orejas pegadas a la cabeza y el cuerpo convulsionado. Mientras jadeaba con una mezcla de dolor y temor, luchó por dirigir su mente hacia Índigo. Su conciencia huyó del pozo, voló por los túneles y sobre las rocas y laderas de la Vieja Maia, buscando, registrando; y, de repente, sintió la temblorosa oleada de otra conciencia lejana que centelleaba por un instante en su camino. Se puso en tensión, concentrándose con más fuerza, y la sensación le llegó de nuevo; esta vez más fuerte, pero distorsionada, como si hubiera perdido la capacidad de concentrarse.

«¡Índigo!»

Su silenciosa proyección mental se mezcló en su cabeza con el ronco canturreo que emanaba ahora de la garganta de Jasker al iniciar éste su conjuro. Una luz ardiente centelleó contra los párpados de Grimya y, poco a poco, el canturreo empezó a transformarse en palabras de sílabas vibrantes y arrastradas.

«¡Indigo!», gritó mentalmente Grimya. «¡Escúchame! ¡Escúchame!»

De las profundidades, un penetrante y lejano tronar respondió a la insistente salmodia de Jasker. Las salamandras empezaron a entonar un contrapunto, en una octava tan alta que incluso Grimya apenas podía oírla. Llena de frenesí, la loba se esforzó por captar y mantener la esquiva conexión con la conciencia de Índigo, que se agitaba trémula fuera de su alcance.

«¡Índigo!»

Lanzó toda la energía que su mente pudo reunir en la llamada, mientras su cuerpo se estremecía por la tensión del esfuerzo. De repente, una pared pareció derrumbarse ante ella, y un poderoso torrente de temor, rabia y desesperación se estrelló contra su conciencia desde el exterior y convirtió sus pensamientos en un caos.

En el corazón de la Vieja Maia el trueno gritó con un vozarrón siniestro. Jasker permanecía con los brazos levantados, el cuerpo envuelto en un resplandor azul blanquecino procedente de la cuerda de fuego que seguía brillando en sus manos. A sus pies, la luz naranja empezaba a adquirir un profundo y violento tono carmesí. La temperatura se elevaba y el viento soplaba en violentas ráfagas por el pozo y rugía por entre las brillantes vetas de mineral, ahogando la letanía del hechicero, mientras que las antiguas fuerzas de Ranaya empezaban a encresparse en su interior.

Y Grimya, sin darse cuenta, su mente encadenada y perdida en la de Índigo, aulló a través de la distancia que las separaba al ver, en aquel momento, adonde había ido a parar su amiga y aquello a lo que se enfrentaba.

«¡Es demasiado tarde!»

Cuando llegaron al final del desfiladero. Índigo no pudo hacer otra cosa que mirar fijamente con embotada estupefacción las enormes puertas que impedían seguir adelante. La fila de prisioneros se detuvo tambaleante, pero ella instintivamente intentó seguir adelante, sus reflejos paralizados a todo lo que no fuera la indiscutida aceptación de lo que parecía una caminata interminable; un capataz se dio cuenta de ello cuando las cadenas que sujetaban sus tobillos se tensaron, gritó una furiosa orden para que se detuviera y la correa de un látigo restalló contra su pecho indefenso. Pero la muchacha no sintió el dolor, se limitó a parpadear como un animal que saliera poco a poco de un estado de hibernación y volvió a ocupar su lugar en la fila.

¿Cuánto tiempo habían estado arrastrando los pies hasta llegar a aquel punto? Su sentido del tiempo estaba destrozado; podrían haber transcurrido minutos u horas desde aquella última visión del rostro triunfante de Quinas a la luz de la antorcha. El recuerdo de todo lo que había visto y oído desde entonces no era más que un revoltijo de imágenes fortuitas en su cabeza. Recordaba un camino ancho cuya superficie parecía estar cubierta de cenizas que los pies de los prisioneros levantaban convirtiéndolas en sucias nubes de polvo a cada paso que daban; y había visto una turbulencia resbaladiza y oleosa que, estaba segura, debía de ser el río, ya que corría paralelo al sendero. Luego se había producido un sonido terrible y atronador, que cada vez era más fuerte y la aturdía; finalmente, se transformó en el rugido de los hornos de fundición, cerca de los cuales discurría la carretera. Había sentido el calor de sus imponentes fuegos y había visto las nubes de vapor que se alzaban de los pozos de enfriamiento para espesar y saturar la oscuridad. Había hombres moviéndose entre toda aquella confusión abrasadora y llena de humos y vapores, diminutas figuras empequeñecidas por su entorno; los que vieron pasar a aquellas criaturas condenadas desviaron la mirada rápidamente.