– Me gustas -dijo Jim inesperadamente-. Conozco a tu abuela. No mucho, pero lo suficiente para saber que si dirigiste uno de sus restaurantes, tienes madera y no tienes miedo de trabajar duro. Para ser sincero, llevo mucho tiempo buscando el director o directora adecuado. Creo que tú lo eres. Te haré una oferta por escrito y luego volveremos a hablar.
– ¿Lo dices en serio? -Dani parpadeó.
– Sé que estás emocionada.
Él siguió hablando, pero Dani no lo escuchaba. El nudo que tenía en el estómago era algo más que emoción. Era una oportunidad fantástica. Jim sería complicado, pero nadie podía ser peor que Gloria, y ella la había soportado. Entonces ¿por qué no estaba más alterada? ¿Tenía una sensación que no le gustaba o estaba sucumbiendo al autosabotaje? ¿Creería íntimamente que, como afirmaba Gloria, no tenía lo necesario y nunca podría apañárselas sola?
Lori entró en la cocina y comprobó que Sandy ya estaba allí.
– Has llegado pronto…
Sandy se sirvió una taza de café.
– Sé cómo te sientes después de una jornada interminable. Yo, naturalmente, estoy despertándome.
Sandy sonrió y Lori se dio cuenta de que la otra enfermera empezaba a caerle bien. Sandy le señaló la cafetera y Lori sacudió la cabeza.
– No, gracias, quiero dormir esta noche.
– Claro. El café me estimula y no me duermo hasta las nueve o diez de la mañana. Mi biorritmo está hecho polvo. Por cierto, eso me lo recuerda, ¿viste a esas gemelas en la CNN?
– ¿Qué gemelas?
– Unos bombones. Eran idénticas. Fue espantoso. Han escrito un ridículo libro de autoayuda para que nosotras, las pobres mortales, aprendamos a ser tan sexys como ellas. ¿Te lo imaginas?
Lori no sabía qué decir. Si la alta, pechugona y sensacional Sandy se consideraba una pobre mortal, ¿qué sería ella? ¿Una mutante?
– ¿Salieron en CNN para hablar de su libro?
– Bueno… Esa parte fue bastante absurda, pero luego, el majadero del periodista sacó a colación a Reid. Naturalmente, dijeron que era un inepto en la cama. Es por ese maldito artículo del periódico. Kristie y yo lo comentamos hace un par de noches. Todo esto es… muy injusto -Sandy sonrió como si se acordara de algo maravilloso-. Yo no tengo ninguna queja de mi… encuentro íntimo con Reid; y Kristie tampoco -suspiró-. Naturalmente, yo era admiradora suya y, lo reconozco, fui un poco descarada durante la entrevista. Bueno, me abalancé sobre él. Él no se resistió…
Lori no podía pensar. Tenía la mente en blanco, lo cual, seguramente, era preferible. Si no, podría haber estallado.
– ¿Te acostaste con él durante le entrevista para conseguir este trabajo?
– Sí. Kristie también. Fue divertido. Esa mesa enorme de su despacho del bar… Yo… -se detuvo y miró fijamente a Lori-. ¿Te pasa algo?
Efectivamente, le pasaba algo. Estaba furiosa. No con Reid, consigo misma por haber llegado a pensar que él era una verdadera persona. No lo era. Sólo era una especie de simulacro de ser humano, superficial y repugnante.
– Estoy bien -contestó Lori con los dientes apretados.
– ¡Caray! -Sandy hizo una mueca de disgusto-. He metido la pata, ¿verdad? Creí que tú también te habías acostado con él.
– No -replicó Lori sombríamente-. Yo no.
Al parecer, podría formar el club de mujeres que no se habían acostado con Reid. Sería un club de un sólo miembro.
Capítulo6
Lori hizo los ejercicios matinales con Gloria e intentó no hacer caso de las quejas habituales.
– Me haces daño -le acusó Gloria-. Para inmediatamente.
– No estamos trabajando el costado de la cadera rota -le recordó Lori-. Tenemos que mantenerte flexible.
– Como no creo que vaya a entrar en el ballet de Seattle próximamente, no necesito tanta flexibilidad.
– La flexibilidad te ayuda a mantener la estabilidad. Cuando se cure la cadera, te dará miedo caerte. Si sabes que eres flexible y puedes inclinarte hacia cualquier lado, tendrás más confianza.
Gloria gruñó e hizo un par de ejercicios, luego, apuntó a Lori.
– Basta -dijo tajantemente-. No te pago para que me tortures.
Lori no había dormido bien la noche anterior. Sólo podía culparse a sí misma y no lo soportaba. En realidad, se había tumbado en la cama y no dejó de darle vueltas a la confesión de Sandy. Lori se sentía ofendida en muchos sentidos, pero cerca de las cuatro de la mañana acabó reconociéndose que lo que le dolía era que Reid nunca la hubiera deseado de aquella manera, y que nunca fuera a hacerlo.
Gloria no tenía la culpa, pero ella tenía menos paciencia de lo habitual.
– Me pagas para que te ayude a mejorar -replicó Lori-. Y es lo que estoy haciendo.
– La cuestión es que te pago -Gloria frunció el ceño-. Espero un comportamiento profesional, no que disfrutes sádicamente con mi sufrimiento.
– ¿Cómo dices? -a Lori le pareció una acusación injusta-. ¿Disfruto sádicamente? Todos los días hago lo que puedo para que tu vida sea más agradable. ¿Quién pidió las películas que estás viendo? ¿Quién fue hace dos días, bajo la lluvia, a buscarle galletas y helado porque tenías hambre? ¿Quién te ordena el cuarto, te cambia las flores, te trae libros y revistas y se empeña en que te sostengas de pie?
– No seas impertinente. No lo toleraré. Como no tolero las palabras vulgares. Si persistes en esa actitud, te despediré.
– Esa amenaza empieza a estar muy trillada.
– Como tu incompetencia.
Quizá fuera la falta de sueño o que Reid prefería a cualquier mujer del planeta antes que a ella, pero acabó estallando.
– Ya está bien -dijo Lori en voz baja-. Me he roto el culo por ti. Sí, he dicho «culo». Cuando acepté este empleo, todo el mundo me dijo que eras absolutamente insoportable, pero yo no los creí. La gente del servicio de rehabilitación me advirtió, me dijo que eras espantosa y desagradecida, pero no les hice caso. Te defendí una y otra vez. Imagínate cómo me siento ahora que me doy cuenta de que decían la verdad. Eres exactamente como me dijeron. No me extraña que tus nietos te rehúyan. Yo, desde luego, no estaría aquí si no me pagaras lo que me pagas. La cuestión es: ¿qué te pasa? ¿Por qué actúas así?
Lori nunca había hablado así a un paciente, pero si había alguno que se lo mereciera, era Gloria. Aun así, se preparó para la diatriba que acabaría con su trabajo en esa casa. Sin embargo, Gloria no dijo nada. Se limitó a mirarla fijamente durante unos segundos y luego, para asombro de Lori, se echó a llorar.
Lori la miró un instante sin saber si acercarse a ella o echar a correr. Pero en las lágrimas de Gloria había tristeza y quebranto. Algo que hizo que se acercara a la cama y se sentara en el borde con delicadeza. La rodeó lentamente con los brazos. Gloria se aferró a ella sin dejar de llorar y entre temblores.
– No quería que esto acabara así -dijo Gloria entre sollozos-. No sé que… ha pasado. Siempre he sido complicada y exigente, pero ahora soy espantosa. Oigo las cosas que digo y no puedo creerme que esté diciéndolas yo. Nunca quise convertirme en algo tan horrible. Ha pasado algo. Yo no soy así y no es mi culpa mía. Nadie me quiere ni me ha querido nunca. Estoy sola y me moriré sola.
Lori contuvo el aliento. Se sentía vil por haberla atacado, pero también le pareció que podía ser un momento importante en la vida de Gloria. Creía que no se permitía mostrar debilidad o vulnerabilidad emocional. ¿Cómo podía aprovechar la ocasión? Decidió ser franca. Esperó a que dejara de llorar, dio a Gloria una caja de pañuelos y se aclaró la garganta.
– Tienes razón -dijo con claridad-. Vas a morir sola.
– No es verdad -susurró la anciana con los ojos como platos.