– Dicho de esa forma, me siento en sintonía con el universo -Dani lo miró fijamente.
– Lo estás. Dani, has hecho bien. No estás desesperada, no te conformes.
Él tenía una mirada firme y una expresión amable. Ella asintió lentamente con la cabeza.
– Tienes razón. Buscaré hasta dar con el trabajo idóneo. Quizá entonces no lamente los años que he desperdiciado.
– Eres demasiado joven para lamentaciones -replicó él con las cejas arqueadas.
– Te sorprenderías -Dani dio un sorbo de café-. Mi familia tiene restaurantes. Toda mi vida quise entrar en el negocio. Mis padres murieron cuando era pequeña y mi abuela me crió con mis tres hermanos. Mi relación con Gloria siempre tuvo algo tortuoso. Es mi abuela, pero era como si le cayera mal -se calló un instante-. Creo que debería dejar de hablar…
– Por mí no lo hagas -le tranquilizó él-. Escucho muy bien.
– Es verdad… -ella frunció el ceño levemente-. ¿Cómo lo haces?
Por un instante, habría jurado que él se sintió incómodo, pero luego, sonrió.
– Es un don. Sigue. Gloria era un bicho.
– Peor -ella sonrió-. Hice unos masters y volví a casa para trabajar en la empresa familiar. Tiene cuatro restaurantes. Dos de comida elaborada, un bar dedicado a los deportes y un sitio que se llama Burger Heaven. Me puso a trabajar allí y me pareció bien. Yo misma estaba deseando ponerme a prueba. Pero el tiempo fue pasando y yo no conseguía que me dijera nada de cambiarme a los otros restaurantes. Nada de lo que hacía la satisfacía -sacudió la cabeza-. Al final, me despedí.
– Hay algo más, Dani -él la miró con detenimiento-, pero si no te apetece hablar de ello, lo entiendo.
Ella le creyó. A él no le importaría que se marchara. Aun así, le apetecía contarle toda la historia, contársela a alguien que no fuera de la familia.
– Gloria y yo tuvimos una discusión terrible. Le exigí que me dijera por qué me tenía marginada. Me dijo que yo no era una verdadera Buchanan. Mi madre tuvo una aventura y yo fui el fruto. Nunca dejaría que trabajara en otro sitio que no fuera el Burger Heaven. Me dijo que yo no lo valía. Me despedí.
– Parece una mujer muy amargada.
– ¿Estás de su lado? -Dani parpadeó.
– No. Digo que si te crió y luego se negó a valorar tus posibilidades por algo que no es culpa tuya, es que su vida está llena de normas. Eso, normalmente, hace que la gente no sea feliz.
– No lo había pensado. Sinceramente, aunque te parezca una persona despreciable, no me importa que sea infeliz. Ha sido malvada conmigo durante mucho tiempo.
– Bueno, te despediste y ahora buscas algo que te guste.
– Sí, no me importa cuánto tarde.
– ¿Y tu padre? ¿También estás buscándolo?
– No -Dani dio un sorbo de café-. Me da miedo. Supongo que no sabía nada de mi existencia, pero ¿y si lo sabía y se desentendió?
No quería más rechazos por el momento.
– ¿Es motivo suficiente para no buscarlo? -preguntó Gary.
– Hasta ahora ha dado resultado.
– Es tu familia. ¿Hay algo más importante?
Ella pensó que era una buena pregunta.
– ¿Qué me dices de la tuya?
– Tengo dos hermanas casadas. Entre las dos tienen siete hijos -sonrió-. Me encanta ser tío.
– ¿No tienes hijos?
Se puso serio, pero en seguida se relajó.
– No me he casado.
Ella pensó que debía tener treinta y muchos años. Aunque no todo el mundo se casaba, era raro que Gary no lo hubiera hecho. Era estupendo. Era amable, sensible y se podía hablar cómodamente con él. El tipo de hombre que… ¡Claro! Era homosexual.
Lo miró con atención. Tenía todos los rasgos. Un trabajo normal, un aspecto impecable, interés en la conversación sobre asuntos reales, ausencia de chispa sexual…
El alivio dio paso a la satisfacción. Si era homosexual, podrían ser amigos.
– Habría cocinado… -dijo Madeline mientras Lori preparaba unos fideos con carne.
– Ya está -replicó Lori-. Tú has cocinado toda la semana.
– Cociné dos días, otros dos trajimos comida de fuera y el que queda comimos restos. No estoy abrumada por el trabajo.
– Tienes que descansar.
– Y tú tienes que intentar recuperar la respiración.
Lori metió la fuente con pasta en el homo.
– Respiro perfectamente.
– Pareces aterrada, como si fueran a bombardearnos en cualquier momento
– No sé de qué estás hablando -contestó Lori con una sonrisa forzada.
Era una mentira como una casa. Madeline sería muchas cosas, pero no era tonta. Era perfecta en todos los sentidos. Era como el resto del mundo querría ser. Lori ya lo había asimilado y sólo se permitía una ambivalencia mínima. Madeline no podía evitar ser guapa, lista y encantadora. De modo que cuando se dio cuenta de que no sabía cómo dominar sus sentimientos hacia Reid, decidió hacer lo único que se le ocurría hacer en esas situaciones: presentarle a su hermana. Él había estado insistiendo durante un tiempo y, al final, ella cedió. Lo había invitado a cenar y él había aceptado. Sabía perfectamente lo que pasaría en cuanto cruzara la puerta. Pasaría lo que había pasado siempre que había llevado a un chico, aunque no habían sido muchos. Miraría a Madeline y se quedaría prendado al instante. Después de la tercera vez, ella había dejado de llevar chicos a casa. Hasta ese momento.
Sería como quitarse un vendaje, se dijo a sí misma. Dolería un instante, pero se pasaría muy pronto. Vería que Reid caía rendido ante los encantos de su hermana y podría aniquilar sus sentimientos hacia él.
– No va a pasar -le advirtió Madeline.
– No sé de qué estás hablando.
– Curioso, porque yo sé perfectamente lo que estás pensando. No puedes soportar la idea de sentir algo hacia Reid y lo has traído porque crees que se quedará cautivado conmigo.
– Es una buena idea -Lori se encogió de hombros.
– Es una idea estúpida. Él no va a interesarse.
– No lo sabes -Lori sonrió-. Yo apostaría a que sí.
– ¿No se te ha ocurrido pensar que los otros chicos no se interesaron tanto como tú te imaginabas y que los ahuyentaste por imaginarte lo peor?
– ¿Cómo dices? -aquello le llegó al alma-. En cuanto te conocieron, sólo hablaban contigo. Acéptalo, Madeline, nunca pasaste una fase difícil, naciste guapa. Yo tuve que hacer maravillas para parecer normal. Ya lo he digerido y estoy orgullosa de mi vida. Hago todo lo que puedo.
– No es verdad. Te ocultas. No te expones porque es más fácil no tener esperanzas.
– Gracias, doña Perfecta -las palabras de Madeline le habían dolido-. Es muy estimulante saber tu opinión profesional sobre las cosas. Te guste o no, la conclusión es que los hombres te adoran.
– No sería Vance…
Dijo esas tres palabras casi con un hilo de voz. Lori tragó saliva y su furia se esfumó.
– Vance es un inútil y, seguramente, el hombre más cretino del planeta.
– No digas eso -le pidió Madeline con los ojos empañados de lágrimas-. Fue mi marido.
Lori no podía soportar que su hermana siguiera sintiendo algo por Vance. El muy canalla desapareció en cuanto le dieron el diagnóstico a Madeline. Llamaron a la puerta antes de que se le ocurriera algo que decir.
– Es tu joven amigo… -bromeó Madeline.
– No me obligues a matarte -Lori la miró con furia-. Soy perfectamente capaz.
– Palabrería…
Lori resopló, fue a la puerta precipitadamente y abrió.
Todos los saludos ingeniosos que se le habían ocurrido se esfumaron en cuanto lo vio sonriendo en su diminuto porche. La luz del techo iluminaba el maravilloso rostro. La chaqueta de cuero resaltaba unos hombros anchos y las estrechas caderas. Estaba sexy, viril y tan lejos de su alcance como los anillos de Saturno.