– Hola -saludó él mientras le ofrecía un ramo de flores-. Iba a traer vino, pero miré en Internet y vi que alguien con la enfermedad de tu hermana no puede beber.
Ella miro fijamente las flores.
– Entontes son para Madeline.
– No… Son para ti. Esto también -le dio una caja de chocolates.
Estaba desconcertada. ¿Le había llevado flores y chocolate? ¿A ella?
– Pasa -le dijo mientras se apartaba.
– Gracias.
Él entró en la casa, se dio la vuelta y la besó. Como si tal cosa. Fue un fugaz roce en los labios y ella intentó quitarle nerviosamente la chaqueta mientras miraba alrededor.
– Es muy bonita -dijo él.
Lori no podía moverse ni pensar ni respirar, casi, ni seguir viva durante mucho tiempo más. La había besado. Como si… No sabía como qué, pero fue muy raro. No se besaban. Se habían besado una vez, pero nunca más. No salían juntos. ¿Pensaría él que aquello era una cita?
Antes de que pudiera reponerse, Madeline entró en la habitación.
– Debes de ser Reid. Yo soy Madeline.
– Encantado de conocerte.
Se estrecharon las manos. Lori se preparó para el fogonazo. Asombrosamente, Reid dejó de mirar a su hermana.
– Estaba diciéndole a Lori que la casa es muy bonita.
– ¿Verdad que sí? -Madeline sonrió-. Lori y yo fuimos muy pobres de pequeñas. Vivimos en una caravana hasta que nos mudamos. Las dos nos propusimos tener una casa propia. Yo quería un piso elegante, pero Lori siempre dijo que quería ser dueña del terreno de su casa.
Lori se sintió abochornada, pero Reid sonrió.
– Tiene sentido -él le dio la espalda a Madeline y la miró a ella-. Te espantaría mi casa. Es una casa flotante, sin tierra siquiera.
Ella no sabía qué decir ni qué hacer. Estaba hablándole a ella, no a Madeline. Era imposible.
– Yo… -empezó a decir Lori antes de cerrar la boca-. La… casa flotante parece fantástica. Todo el mundo quiere vivir en el agua, ¿no?
– Mentirosa -Reid sonrió.
Ella parpadeó. ¿Estaba provocándola? Súbitamente, todo le pareció desconcertante.
– Debería meter las flores en agua.
Lori se fue a la cocina. Si Reid y Madeline se quedaban solos, quizá prendiera la chispa. Sin embargo, él la siguió y la observó mientras intentaba alcanzar un florero de la balda más alta. La apartó delicadamente y lo agarró él mismo.
– Zeke y yo hemos estado hablando -le comentó mientras le daba el florero-. Sobre la forma de recobrar mi reputación.
– ¿Quién es Zeke?
– Mi administrador. He despedido a Seth: se ocupaba de los compromisos y las reservas, y no habrá ninguno durante un tiempo. Hemos hablado de lo que podría hacer para mejorar mi imagen. ¿Qué te parece?
Ella metió las flores en el florero.
– Es un gesto. ¿No crees que la gente pensara lo mismo? Tienes que hacer algo más. Algo que pueda durar un poco.
Quiso recuperar las palabras en cuanto salieron de su boca o que se la tragara la tierra, ¿«Durar un poco»? ¿Por qué había dicho eso? Se parecía demasiado a lo que había dicho la periodista en aquel artículo espantoso.
– Quiero decir… -empezó a disculparse antes de darse cuenta de que él estaba sonriendo.
– Sé lo que quieres decir. Algo más consistente.
– Eso…
– No te referías a mi capacidad para…
– En absoluto -replicó ella atropelladamente-. Estoy segura de que es…
Él esperó con las cejas arqueadas.
– Correcta -terminó Lori.
– Mejor que correcta.
– De acuerdo. Impresionante.
– Efectivamente -Reid sonrió.
– Me encanta todo en esta casa menos que no tenga lavaplatos -se lamentó Madeline.
Habían terminado de cenar y de recoger la mesa. Había mandado a Lori a descansar y Reid se había ofrecido a ayudarla.
– Es una cocina original -siguió Madeline-. De los años cuarenta. Ella compró los fogones en un sitio donde los restauran. Me deja tener un microondas en la encimera, pero se niega rotundamente a quitar uno de los maravillosos armarios para poner un lavaplatos.
Él miró alrededor. Las paredes eran amarillas, los armarios blancos y las baldosas blancas y rojas con manchas amarillas.
– Típico de ella -comentó él.
– Sí, estoy de acuerdo.
Reid agarró un paño de cocina y un plato mojado.
– Creí que tendrías otro aspecto.
– ¿De enferma…? -preguntó ella.
– Algo así.
– Lo tendré. Por el momento casi todos los síntomas son invisibles. Tengo algunos moratones en el torso porque el hígado no me funciona bien. Mi aspecto empeorará a medida que la enfermedad avance.
– ¿Te importa que hable de esto?
– No me importa nada -contestó ella-. Ahora mismo es parte de mi vida.
Él no había conocido a nadie que estuviera muriéndose. Gloria era muy mayor y se acercaba al momento de la muerte, pero era distinto. Madeline tenía treinta y pocos años.
– Pareces tranquila.
– También tengo días malos…
– Creo que yo no estaría tranquilo nunca.
– Nunca sabes de qué eres capaz hasta que te pasa -ella sonrió-. Me quedé paralizada y no sabía qué hacer. Lori se ocupó de casi todo. Me acompañó al médico e hizo las preguntas adecuadas. Mi marido se marchó y ella persiguió al abogado para cerciorarse que no me machacara.
– ¿Se marchó porque estabas enferma?
– Sí, fue un encanto.
– Lo siento -Reid no sabía qué decir.
– Yo también. Por lo menos, no tuvimos hijos. Dejarme cuando se complicaron las cosas fue duro, pero imagínate con niños… -Madeline aclaró un vaso-. Muy bien, ha llegado el momento de cambiar de tema. Hablemos de algo alegre.
En ese momento, Lori entró en la cocina.
– ¿Puedo ayudar?
– No, no puedes -Madeline suspiró-. Tú hiciste la cena. Vete a descansar.
– No estoy cansada.
– Entonces puedes ver la televisión, leer un libro o contemplar la expansión del universo.
– Me voy -dijo Lori antes de marcharse.
Reid se quedó mirándola.
– Se comporta de una forma rara, hasta para ella.
Madeline sonrió como si supiera un secreto.
– Se le pasará -aclaró un plato y se lo dio a Reid-. Lori es muy especial.
– Estoy de acuerdo.
– No me gustaría que le hicieran daño.
Madeline no estaba dando conversación, estaba indagando y avisándole. Normalmente, aquello hacía que quisiera salir corriendo, pero en ese caso, estaba deseando mantener esa conversación. ¿Por qué sería? Supuso que en parte era porque le gustaba Lori. Le gustaba hablar con ella, incordiarla y hasta besarla. El beso había estado bien. Mejor que bien. En otras circunstancias, habría seguido adelante. El deseo lo dominó. Hacía tiempo que no se acostaba con nadie y, dadas las circunstancias, pasaría bastante más. Después de aquel artículo, no le apetecía estar con nadie. Sabía lo que estaría pensado la mujer en cuestión. Sin embargo, Lori era distinta. Era… Se dio cuenta de que Madeline estaba mirándolo fijamente.
– Perdona -dijo él-. ¿Qué me habías preguntado?
– Nada.
– Es verdad. Ibas a advertirme que no me acercara a Lori.
– ¿Porqué iba a hacer tal cosa? Soy la mayor. Lori lo pasó mal de pequeña. Yo era más lista, más guapa y más apreciada -hizo una pausa y arrugó la nariz-. Vaya, parezco una egocéntrica, pero es verdad. Mamá estaba borracha todo el tiempo y papá había desaparecido. Se largó cuando mi madre estaba embarazada de Lori. No teníamos dinero y todo era muy complicado. A eso, añádele que Lori se crió a mi sombra. No me extraña que no sepa si me quiere o me odia.
– Lori no te odia -Reid la miró fijamente.
– Lo sé. Eso es lo maravilloso de ella. Si lo hiciera, nadie podría reprochárselo. Yo menos que nadie. Sin embargo, me propuso vivir con ella en cuanto se enteró de que estaba enferma. Cuando dudé, ella, personalmente, lo embaló todo y llamó a una empresa de mudanzas. Es mi bastón -agarró una cazuela-. Tiene que ser muy difícil para ella. Soy el motivo de que tuviera una infancia desdichada, me quiere más que nadie en el mundo y estoy muriéndome. ¿Cómo se puede conjugar todo eso?