– No puedo creérmelo -reconoció Lori.
Ramón había obrado el milagro y había compensando hasta el último centavo de los ciento veinte dólares que había pagado. Empezó cortándole unos quince centímetros de pelo, lo que casi le cuesta un ataque al corazón. Luego, con una cuchilla, fue dejándoselo a capas. Entre tanto no dejaba de elogiar los distintos colores que tenía su pelo, que nunca necesitaría mechas y que los rizos ondulados eran preciosos. Lori lo rebatió, dijo que no eran rizos, que eran unas ondas sin gracia, pero se había equivocado. Al parecer, los rizos habían perdido la forma y el vigor por llevar el pelo largo. Sin embargo, en ese momento, con el pelo justo por debajo de los hombros, eran rizos, muchos rizos. Ramón le enseñó a utilizar un par de productos para resaltar y separar los rizos. Luego, le dio la vuelta para que viera su reflejo y ella casi se desmayó.
Tenía un pelo maravilloso. Sexy, vaporoso y con un color increíble. En general, castaño, pero con reflejos dorados y rubios.
Antes de que pudiera regodearse con su recién adquirida sensación, Madeline la arrastró al fondo del salón de belleza, donde una mujer perversa le depiló las cejas con cera. El dolor fue intenso, pero breve. A eso siguió una transformación total.
Desiree le prometió que solo tardaría cinco minutos y Lori lo cronometró. Tardó siete minutos en maquillarla, pero cuando vio el resultado, decidió no quejarse. Tenía la piel resplandeciente y los ojos enormes. El brillo de los labios hacía que su boca pareciera carnosa y sexy.
– No puedo creerme que sea yo -insistió Lori mirándose al espejo de los grandes almacenes.
– Lo eres. Aunque, sinceramente, las gafas tienen que desaparecer.
– No puedo llevar lentillas.
Lori dejó de mirarse al espejo y siguió a su hermana a una sección llena de ropa preciosa.
– Hay otras soluciones -comentó Madeline-. Puedes operarte.
– No voy a permitir que un láser me achicharre la córnea sólo para no llevar gafas.
– La belleza duele. Además, ¿no te gustaría ver el reloj por las mañanas?
– Lo veo muy bien.
– Si te inclinas, lo agarras y te lo pones delante de las narices. Vamos, Lori, es inocuo. Millones de personas se lo han hecho y están encantadas con los resultados.
– Para ti es fácil decirlo; nadie va hablar de calcinarte la cornea.
– Muy bien. Me olvidaré de las gafas. Vamos a buscarte unos vaqueros como Dios manda.
Media hora más tarde, Lori tenía tres vaqueros que le sentaban de maravilla. Se abotonó la primera de las blusas que le había llevado Madeline.
– Te sienta mejor -le dijo su hermana-. Mira cómo se ajusta a las curvas de tu cuerpo. También he traído algunos jerséis, y no son marrones.
– Muy graciosa.
Lori, sin embargo, no tuvo motivos de queja. Le gustó el color verde oscuro que arrancaba reflejos verdes de sus ojos color avellana. Madeline la obligó a seguir probándose todo tipo de colores que ella nunca habría elegido. El montón fue aumentando hasta que Lori notó que la tarjeta de crédito temblaba de miedo.
– No necesito todo esto -se quejó.
Sin embargo, tampoco sabía si podría elegir lo que más le gustaba. Le pareció curioso, porque cuando iba sola de compras, nada le parecía bien.
Su hermana entró al vestidor con un vestido negro.
– Ya sé lo que vas a decir -se adelanto Madeline-. «¿Cuándo voy a ponérmelo? Es muy caro, no es de mi estilo…» Bla, bla, bla. Vas a probártelo y luego, hablaremos.
Lori agarró el vestido, lo colgó de un gancho y se acercó a su hermana.
– Te quiero -la abrazó-. Quiero que lo tengas muy claro.
– Yo también te quiero -respondió Madeline.
Se sonrieron y Lori descolgó el vestido.
– La verdad es que no puedo ponérmelo en ningún sitio.
– Eso no le importa a nadie.
Tuvieron que ir al coche para dejar todos los paquetes, pero cuando Lori había creído que habían terminado, Madeline volvió a entrar y la llevó a una tienda conocida. Conocida porque la había visto por fuera, pero Lori nunca había entrado.
– Ni hablar -Lori se paró en seco a la entrada-. Ya tengo suficiente.
– Nada de eso. Usas unas bragas vulgares y tus sujetadores son sosos. Estás con un hombre estupendo. Se merece un poco de encaje y seda. Hazme caso, le encantará.
En el caso de que quisiera verla en ropa interior otra vez, se dijo Lori, intrigada ante la perspectiva de algo sexy y nerviosa por la reacción de Reid ante su nueva personalidad.
Madeline empezó a elegir sujetadores maravillosos con bragas a juego, pero cuando paso por un mostrador lleno de tangas, Lori sacudió la cabeza.
– No vas a ponerme una cosa de esas ni por todo el oro del mundo.
– ¿Te apuestas algo? -pregunto Madeline con una sonrisa de oreja a oreja.
Reid entró en el despacho que tenía Cal en la sede central de The Daily Grind y se dejó caer en una butaca de cuero delante de la mesa de su hermano.
– ¿Qué te pasa? -le preguntó Cal-. Pareces cansado.
– Estoy bien. Sigo repasando el correo. Lo he ordenado en montones por fechas.
– Parece organizado.
– Es una locura. Me escriben infinidad de niños. Algunos quieren algo, pero la mayoría sólo quiere ponerse en contacto conmigo. Creen que verme o hablar conmigo sería algo especial.
– Eres un tipo famoso.
– ¿Famoso por qué? -Reid se sentía el último mono-. He desperdiciado un año de mi vida. Me lesioné y fue por mi culpa.
– ¿Cuando te fastidiaste el hombro? -Cal se inclinó hacia él-. No fue culpa tuya. Diste un giro para esquivar a unos niños en la nieve. Fue mala suerte.
– Eso es lo que le conté -Reid estaba dispuesto a decir la verdad-. No había ningún niño. Estaba borracho. Por eso perdí el control y me estrellé contra un árbol. Así tiré por la borda mi carrera. Estaba borracho y fui un majadero. Luego, leí lo de esos niños enfermos y me di cuenta de que no tengo motivos para quejarme. Debería dedicar cada día a hacerlos felices.
– Ésa no es tu profesión -le dijo Cal-. La vida no es así.
– ¿Cómo es? No puedo seguir siendo un cero a la izquierda. Tengo que hacer algo que esté bien, pero no sé cómo -se hundió más en la butaca-. La prensa sigue acosándome. Me persiguen en cuanto salgo.
– Fue una historia ideada para captar la atención de todo el mundo.
– ¿Sabes una cosa? Ya no me importa casi nada.
¿Por qué iba a importarle una mujer de la que no se acordaba? Sabía lo bien que había salido todo con Lori. Era curioso que eso le importara mucho más en ese momento.
– Quiero dejar el bar -dijo Reid-. Más tarde hablaré con Walker.
– Acabas de decir que lo de la prensa ya no te importa.
– No se trata de eso. Tengo que hacer algo distinto. No soy la persona adecuada para este trabajo. No quiero pasarme el día contando historias. Quiero…
Eso era lo malo. No sabía qué quería.
– Eres rico, ¿verdad? -le preguntó Cal.
– ¿Necesitas un préstamo?
– No. Estaba pensando en ti. Tienes más dinero del que podrías gastarte.
– Efectivamente.
– Crea una fundación. Una de verdad. Dótala de fondos suficientes para que se financie con los intereses y ofrécesela al mundo.
Reid se puso muy derecho. No sabía nada de fundaciones, salvo que hacían cosas buenas. Se acordó de lo que había disfrutado viendo a aquellos niños con su material deportivo nuevo.
– Podría centrarme en lo que quiero -se dijo Reid a sí mismo en voz alta-. Los niños y el deporte.
– Más aún -intervino su hermano-. Todo el mundo está interesado en ti. Puedes acceder a gente a la que los demás no soñamos con conocer.
Reid sabía que era verdad. Le bastaba con llamar para hablar con quien fuera.
– Podría ser generoso sin que nadie supiera que soy yo.
– ¿Es lo que quieres?