Fueron a la zona de provisiones en el piso de arriba y luego bajaron para conocer al personal, que estaba comiendo y charlando. También vio la bodega, los dos comedores principales y oirás tres habitaciones pequeñas que servían para reuniones privadas.
La cocina ocupaba la parte trasera de la casa. Era espaciosa, luminosa y olía muy bien. Martina era una mujer diminuta y con una sonrisa muy franca.
– Conozco a Penny -dijo a modo de saludo-. Dice cosas muy buenas de ti.
Dani y ella se estrecharon las manos y Martina le presentó a su equipo.
– La mayoría de las cocinas son sitios complicados y crispantes -siguió Martina-. Yo intento que ésta sea distinta. Todos queremos agradar a nuestros clientes. Prefiero la armonía. Naturalmente, estoy dispuesta a partir alguna cabeza si hace falta.
A Dani le encantó el restaurante. Le encanto todo el personal y le encantaron Valerie y Martina. Le encantó el sitio, el ambiente y que nadie pareciera aterrado.
– Id a sentaros -le pidió Martina-. Gerald te llevará el primer plato. He preparado un menú degustación para vosotras dos.
– Fantástico -dijo Valerie-. Gracias.
Valerie la llevó a una mesa situada al lado de la ventana. Era invierno y la vista del jardín era impresionante. Dani no pudo por menos que imaginarse cómo sería en verano.
– Espero que todo se resuelva contigo -comento Valerie mientras se sentaban-, pero aunque sea así, estoy tentada de fingir un par de entrevistas más para que Marina siga preparando su menú degustación. Es delicioso. Empezaremos con quesadillas vegetales con algunas sorpresas especiadas y una sopa de puerros de chuparse los dedos.
Gerald, un hombre guapo de treinta y pocos años, apareció con una bandeja y una jarra de té helado.
– Lo elaboramos nosotros -aclaró Valerie mientras les llenaban los vasos.
Luego Gerald sirvió unos cuencos con sopa y dejó una bandeja de tortitas humeantes entre ellas dos.
Dani probó el té y se quedo mirando fijamente el vaso. No era muy aficionada al té, pero le gustaba tomar un vaso de vez en cuando. Sin embargo, aquél tenía un sabor raro. Como si lo hubieran mezclado con zumo de apio o agua de pepino. No era una combinación muy buena.
Probó una cucharada de sopa. Los puerros tenían un aspecto insulso y no esperaba gran cosa, pero mucho menos el sabor punzante a regaliz.
– ¿Anises? -preguntó ella mientras hacía un esfuerzo para tragarlo.
– Hinojo y algunas otras hierbas que resaltan el sabor. El caldo tiene una base de coliflor y lo hacemos todos los días. Los clientes nos suplican que les demos la receta o que les vendamos algo de caldo, pero Martina lo mantiene en secreto.
Dani asintió con la cabeza y una sonrisa, pero sintió cierta preocupación. Le encantaban Valerie y el restaurante. Nunca le había pasado que encontrara el sitio ideal para trabajar y que no pudiera comer su comida. Todo iría a mejor, se dijo a sí misma. Sin embargo, la quesadilla vegetal fue peor que la sopa, que resultó ser la estrella de la comida.
Para poder dirigir un restaurante tenía que ser una entusiasta de todo lo que se servía. No sólo lo comería ella todos los días, sino que tendría que comentarlo con los comensales y hacerles recomendaciones. ¿Cómo podría hacerlo si ni siquiera podía tragarlo?
– ¿No te parece increíble? -preguntó Valerie.
– Martina es… innovadora.
Dani pensó que todo era una injusticia. Ese restaurante era el empleo que había soñado. ¿Por qué Valerie no tenía pasión por los chuletones, la comida tailandesa o cualquier otra cosa? Cualquier cosa que ella, Dani, pudiera por lo menos tolerar. ¿Como le diría la verdad a Valerie?
Entonces ésta recibió una llamada urgente de su suministrador de raíces y ella se salvó de tener que darle una evasiva cortés. Valerie le prometió que se pondría en contacto con ella.
Dani fue hacia su coche y se dio la vuelta para mirar la preciosa casa antigua. Si Valerie le hacía una oferta, tendría que tener lista una disculpa aceptable para rechazarla y tendría que seguir buscando. El trabajo de su vida no estaba allí.
Lori estuvo subiendo y bajando escaleras durante casi toda la tarde. Quería encontrarse con Reid, pero de forma fortuita. Lo sensato, y maduro, sería ir a su habitación y llamar a la puerta. El inconveniente era que esos días no se encontraba especialmente madura. Había estado merodeando tanto tiempo que cuando él apareció, se sorprendió y no supo qué decirle. Se quedó al pie de las escaleras hasta que él bajó y no se le ocurrió cómo decirle lo que tenía pensado.
– Estoy asustada -dijo por fin sin dar más explicaciones.
Reid se quedo frente a ella y esperó.
– No quiero hacer esto -siguió ella-. No quiero intentarlo. No quiero arriesgarme a sufrir.
– ¿Estás rompiendo conmigo?
Ella intentó interpretar su expresión, pero no pudo. ¿Qué estaba pensando? ¿Acaso habían tenido algún tipo de relación como para hablar de ruptura?
– Me cuesta demasiado -reconoció ella-. He hecho todas esas cosas en parte por mí, pero sobre todo por ti. ¿Qué pasaría si no te hubieras dado cuenta o te hubiera dado igual? ¿Qué pasaría si fuera otra de la lista de los revolcones de una noche? ¿Te importa algo de todo esto? ¿Estoy comprometiéndome con alguien que no piensa comprometerse conmigo? Nunca he salido con alguien como tú. No conozco las reglas. Me han avisado de que tenga cuidado para no me hagas daño. Agradezco la información, pero me gustaría saber por qué nadie te avisa a ti. A lo mejor podría romperte el corazón.
– A lo mejor me lo rompes.
– No digo que quiera rompértelo -aclaró ella.
– Sí quieres.
– No -¿realmente pensaba eso?-. Sólo quiero que los dos estemos en igualdad de condiciones. No quiero ser una suplicante en el altar de Reid.
– ¿Tengo un altar?
– Sabes lo que quiero decir -Lori se encogió de hombros-. Eso es todo.
Se dio la vuelta para marcharse, pero él la agarró del brazo, puso las manos en su cintura y la estrechó contra sí.
– ¿Por qué dudas de ti? -preguntó-. Me gustas y antes también me gustabas. Si estás contenta con lo que has hecho, yo también lo estoy. No tienes que cambiar para interesarme -él sonrió sin dejar de mirarla a los ojos-. Creo que lo he demostrado bastantes veces.
Ella agradeció que la tranquilizara, pero no le recordó que no había repetido aquella noche maravillosa. Retrocedió un paso.
– No quiero un revolcón de una noche -siguió él-. Además, claro que podrías hacerme daño. Lori. Yo estoy tan expuesto como tú. Tienes razón, no estamos en igualdad de condiciones. Tú tienes ventaja.
– Vamos…
– No confías en mí. ¿Por qué?
– Porque… porque eres Reid Buchanan y yo no sé llevar una relación. Porque tengo miedo. Porque es difícil.
– Entonces ¿sales corriendo?
– Es una buena idea.
– Podrías encontrar a otro.
Ella lo miró fijamente sin saber qué decir. ¿Quería seguir? No porque él se lo hubiera pedido ni porque Madeline dijera que era una buena idea, ¿quería seguir por ella misma?
– Yo no he salido corriendo -siguió él-. ¿Crees que a mí no me aterra?
– Tú estás atrapado aquí.
– Te equivocas -Reid le acarició la cara-. Podría estar en miles de sitios, pero estoy aquí. Contigo.
A ella le gustó. Siempre había evitado hacer esfuerzos. Quizá fuera el momento de cambiar.
– Me quedaré -susurró ella.
– Me alegro.
La doctora Grayson era muy simpática y escuchó la triste historia de Lori sobre por qué no podía llevar lentillas.
– ¿Hace cuánto que lo intentaste? -preguntó la doctora-. Las nuevas lentillas blandas son de agua en gran medida y la mayoría de los pacientes ni las notan.
– Fue hace cinco años -contestó Lori-. Quizá algo más.
– ¿Quieres probar un par ahora?
Lori no quería, pero la transformación le parecía incompleta. Además el último encuentro con Reid la había animado a pasar al siguiente nivel o, al menos, a planteárselo.