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La doctora Grayson sacó un estuche de lentillas.

– Eres la candidata perfecta para el láser -comentó-. Te lo digo por si te interesa.

Lori estaba absorta mirando a la doctora, que echaba un líquido a lo que parecía ser un inocente trozo de plástico flexible.

– No me apasiona la idea -replicó Lori casi con un susurro.

Tragó saliva e intento relajarse mientras la lentilla se acercaba cada vez más a su ojo. Cuando estuvo a punto de tocarla, lo cerró. La doctora se rió.

– Da mejores resultados con el ojo abierto. ¿Quieres ponértela tú misma?

– Ni por dinero.

– Muy bien. Toma aire. Allá vamos.

La lentilla se deslizó dentro del ojo. En ese instante, Lori pudo ver mejor por ese ojo, algo maravilloso. Quizá no fuera tan horrible. Quizá se hubiera excedido con el asunto de las lentillas. Parpadeó. Era como si tuviera una piedrecilla dentro del ojo. Notó un dolor muy intenso en lo más profundo de la cabeza y empezó a llorar.

– Sácamela, sácamela -repitió implorantemente.

– Muy bien. Mira hacia arriba y mantén el ojo abierto.

La doctora la sacó y le dio un pañuelo de papel.

– Es posible que no puedas llevar lentillas.

– Es posible.

– Hay muchos estilos de gafas preciosos.

Lori parpadeó varias veces para enjugarse las lágrimas y miró sus gafas. Quizá fuera el momento de reconocer la derrota.

Cinco minutos más tarde, entró en la sala de espera y Madeline se levantó.

– No llevas lentillas.

– No soy la persona idónea.

– Muy bien. Y ahora, ¿qué?

Lori sacó un impreso con una cita del bolsillo trasero e intentó mantener la calma.

– Ahora voy a achicharrarme las córneas con un maldito láser.

En el mundo del béisbol era sabido que el pitcher recibía bastantes pelotazos. Reid se había llevado su ración y recordaba cuánto le habían dolido. Los que lo alcanzaron en el abdomen lo habían dejado sin respiración. En ese momento, se sentía igual. Se preguntaba si alguna vez recuperaría la respiración. Había hecho lo que tenía que hacer, pero caray…

Entró en la cocina y vio a Lori preparando la comida de Gloria. Ella se dio la vuelta, sonrió, dejó el cuchillo y se acerco a él precipitadamente.

– ¿Qué pasa? ¿Te pasa algo? ¿Estás enfermo?

– Estoy bien.

– Tienes un aspecto horrible -Lori le puso la mano en la frente-. No tienes fiebre, pero estás un poco pálido.

– Estoy bien. Sólo intento asimilar que he dado ciento veinticinco millones de dólares.

– ¿Qué…? -preguntó ella con los ojos como platos.

– He constituido una fundación para ayudar a los niños que hacen deporte. Les daremos material, haremos campos, los mandaremos a campamentos, ése tipo de cosas. Por el momento estamos precisando eso, los detalles.

– Impresionante -Lori le tocó el brazo-. Es mucho dinero.

– Estoy dándome cuenta.

– ¿Ahora eres pobre? -Lori sonrió-. ¿Vas a tener que buscarte un empleo?

– Intento hacer lo que me parece correcto, pero no estoy loco. Me queda dinero. Además, ya tengo empleo. He dejado el bar y trabajaré en la fundación.

– ¿Vas a dirigirla?

– No. Voy a contratar a especialistas para que lo hagan. Voy a ser la cabeza visible. He hablado con Cal de ello. Quiero hacer algo. Aquellas cartas me obsesionan -Reid sacudió la cabeza.

– No fue culpa tuya -ella le apretó el brazo.

– Esos chicos recibieron mi foto y mi firma falsificada. Cuando pienso en lo defraudados que tuvieron que sentirse… No quiero que vuelva a pasar -afirmó tajantemente-. Voy a cerciorarme de que todo sale bien. Soy famoso. Puedo aprovecharlo. Me reuniré con gente, conseguiré más donaciones, llamaré la atención sobre las cosas importantes. Quién sabe, a lo mejor incluso consigo que cambie algo.

Sólo de decirlo se sintió incómodo. Aunque había intentado ser un hombre recto, sólo se había preocupado de sí mismo y de su familia. Echarse sobre los hombros los problemas del mundo le parecía abrumador. Empezaría poco a poco, con un problema cada vez.

– Lo harás muy bien. Quizá éste fuera tu destino. Quizá estuvieras llamado a hacer un trabajo así.

Él no creía mucho en el destino, pero ella podía tener razón. Sin embargo, si ése era su destino, ¿dónde entraba ella? La miró fijamente a los ojos. Era muy guapa. Era guapa, mandona e increíblemente sexy. Bajó la mirada a su boca y pensó en besarla. Besar a Lori era una forma maravillosa de pasar el día. Naturalmente, también estaba Gloria y Lori estaba preparándole la comida, pero… Siguió mirándola y se dio cuenta de algo.

– No llevas gafas.

Ella sacudió la cabeza con una leve sonrisa.

– Lo sé.

– ¿Lentillas?

– No soy compatible.

– ¿Entonces?

– Láser.

– Creí que nunca te lo harías…

– Cambié de idea. No fue nada espantoso. Me dieron un calmante y las quemaron. Tardaron como quince minutos. Madeline lo presenció.

– ¿Cuándo te lo hiciste?

– Ayer.

– ¿Estás bien?

– Perfectamente -Lori sonrió de oreja a oreja-. Es como un milagro. Se acabaron las gafas.

Reid tuvo la sensación de que estaba en un terreno peligroso. Si decía o hacía algo indebido, podría sacarla de quicio.

– Me alegro de que estés tan contenta -dijo él con cautela-. Estás muy bien y antes también lo estabas.

– Eres muy diplomático.

– No quiero que me des una paliza.

– ¿Alguna vez te he dado una paliza? -preguntó ella entre risas.

– La primera vez que nos vimos no te gusté nada.

– Creí que eras un inútil.

– Además, yo te atraía una barbaridad y no lo soportabas.

Él la había provocado para que lo negara, pero ella miró hacia otro lado.

– Tengo que terminar de preparar la comida de Gloria.

– Lori…

– Fue una estupidez, pero, efectivamente, me gustabas. Y no lo soportaba. Los hombres como tú nunca se fijan en las mujeres como yo.

– A las pruebas me remito…

Quería ponerse a dar saltos y a gritar que le gustaba a Lori, pero tenía fama de saber dominarse y no lo hizo.

– Si no hubieras tenido que recluirte aquí, no habría pasado nada -replicó ella.

– Eso me habría perdido.

Ella lo miró con los ojos muy abiertos. Su rostro reflejaba tantas emociones que Reid no pudo interpretar ninguna.

– No sé qué hacer contigo -reconoció ella.

– ¿Por qué hay que hacer algo conmigo?

– No sé qué está pasando -ella suspiró-. No salimos juntos. Supongo que somos amigos. Es desconcertante. Estoy desconcertada.

– Yo también -Reid la besó.

Ella le gustaba. Le gustaba estar con ella. Quería seguir estando con ella, pero si quería que le definiera lo que había entre ellos, no era el hombre indicado.

– Tengo que preguntarte una cosa -dijo él-. Una cosa importante.

– Muy bien.

– Quiero que lo pienses bien antes de contestar.

– Estás poniéndome nerviosa.

– No lo estés. ¿Te sentarías en el consejo de administración de mi fundación?

Se quedó tan atónita que pareció un personaje de dibujos animados.

– ¿Qué? No sé nada de lo que se hace en un consejo. No sé nada de deporte ni de obras benéficas. Reid, no hace falta que hagas esto. De verdad…

– No se trata de la experiencia -le rebatid él-. No tienes que preocuparte por eso. Los otros integrantes del consejo son profesionales, pero quiero que tú también estés. No me dejarías hacer tonterías. Confío en que me des una patada en el trasero cuando la necesite. Eres la persona más cabal que conozco. Conseguirás que la fundación y yo tengamos los pies en la tierra. Aunque sea unas horas al mes. Se te pagará, aunque no sea gran cosa.