Lori no podía creerse lo que estaba oyendo. Reid quería que asesorara a una fundación de ciento veinticinco millones de dólares. Ella…
– Parece un compromiso a largo plazo -argumentó Lori-. Si las cosas no salen bien entre nosotros, te verás atado a mí.
– No me importa. Sé que por mucho que te desquicie en lo personal, nunca lo mezclarías con la fundación.
Naturalmente, nunca lo haría, pero le complació que él también lo supiera.
Conseguir que algo cambiara era muy atractivo. ¿A quién no le gustaría estar en esa posición? Era una oportunidad única en la vida, un halago del hombre del que una vez pensó que tenía la misma profundidad emocional que una galleta. Lo abrazó con fuerza.
– Me equivoqué contigo -susurró ella con la cabeza apoyada en su hombro-. Eres mucho más que una cara bonita.
– Me siento abrumado por tu halago.
Ella se rió, levantó la cara y lo miró.
– No tenías por qué haber hecho nada de esto. Podrías haber vivido como un rey con tus millones y sin que nadie te importara un rábano.
– Aun así, voy a vivir como un rey.
– Sigues siendo una buena persona. No lo ocultes. Este mundo necesita buenas personas.
La verdad era que ella nunca había esperado que lo fuera, pero lo era y eso lo hacía más irresistible todavía. Notó que el corazón se le resquebrajaba un poco. Como si se hubiera abierto para Reid, como si ya pudiera dejarlo entrar. La idea de que le gustara más era aterradora, pero ¿cómo podía evitarlo? Él era mejor de lo que ella se había imaginado.
– Será mejor que vayas a dar de comer a mi abuela -Reid la besó ligeramente-. Está en los huesos y necesita comer.
– Tienes razón.
Él, sin embargo, no la soltó y siguió abrazándola.
– ¿Qué vas a hacer después del trabajo?
– No lo sé. ¿Se te ocurre algo? -preguntó ella con cierta ansiedad.
– En mi habitación -Reid miró hacia el techo-. A las cuatro. Seré el tipo guapo que te espera.
Ella sería la mujer estremecida, pero prefirió no decírselo.
– Parece divertido -susurró Lori mientras se separaba.
– Falta mucho -comentó él mirando el reloj de pared.
– Cuatro horas…
– ¿Sigues llevando el tanga?
Él lo preguntó con una voz profunda que hizo que ella notara una sacudida entre los muslos.
– Mmm…
– Pide a mi abuela que te deje escaparte un poco antes.
Capítulo15
Lori, emocionada y nerviosa, subió las escaleras. Estaba segura de saber lo que Reid tenía pensado; la idea general, no los detalles. Si bien estaba excitada por la idea de volver a estar con él, también se preguntaba qué tendría de distinto. La vez anterior, la situación la había arrastrado completamente. Esa vez, sabía lo que la esperaba y, además, tenía que pugnar con unos sentimientos que cada vez eran más intensos. Hacer el amor en ese momento conseguiría que quisiera unirse a él con más fuerza. ¿Quería atarse más? ¿Tenía alguna alternativa?
Llegó a la habitación de Reid antes de decidirse. La puerta estaba entreabierta y entró. Se encontró con una música suave y seductora, velas encendidas por todos lados y el hombre de sus sueños que se acercaba a ella. Cuando la abrazó y la besó, supo que la respuesta a su pregunta era negativa; no tenía la fuerza de voluntad para alejarse de él. Iría hasta el final. Si le hacía daño, apechugaría con el sufrimiento.
– Creí que no ibas a llegar nunca -musitó él mientras la besaba en el cuello.
Ella llevaba una camisa de manga larga y él le desabotonó los dos primeros botones, le abrió la camisa y le besó el hombro.
– Tengo vino de chocolate y frambuesas bañadas en chocolate -susurró él-. ¿Estás preparada para la seducción?
– ¿Vino «de chocolate»?
– Te encantará -aseguró él-. Créeme.
Ella se dejó abrazar y empezaron a dejarse llevar por la música, una música voluptuosa con el ritmo marcado por el deseo. Reid la sujetaba con una mano en el final de la espalda y la otra hundida en su pelo. La besó con una boca ardiente y ávida. Ella separó los labios. Reid introdujo la lengua con un movimiento excitante. Tenía el cuerpo duro y su excitación era palpable. El contacto de su erección en el vientre hizo que el anhelo se adueñara de ella.
Reid la deseaba a ella; a ella… Lo imposible se debatió con lo real y lo real ganó. Lo abrazó con más fuerza y se abandonó. Lo besó con toda su alma, correspondió a cada una de sus caricias, cerró los labios alrededor de su lengua y succionó. Él se quedo rígido con la erección palpitante, mordisqueó su labio inferior y se separó un poco.
– ¿Qué te parece un poco de vino de chocolate? -preguntó.
– No hace falta -Lori abrió los ojos.
– Pero tengo pensada toda la seducción. Sobre todo, la parte del chocolate.
Era un detalle. Evidentemente, él se había tomado muchas molestias y ella agradeció el gesto.
– De verdad, más tarde aceptaré el vino de chocolate, pero no en este momento.
Se apartó un poco y se quito los zapatos con los pies. También se quitó los calcetines y los vaqueros y los tiró al sofá. Lo agarró de las manos y las puso en su trasero… casi desnudo con el tanga que llevaba. Él contuvo el aliento, tomó las curvas entre las manos, agarró la cinta de seda y la bajó por las piernas. Ella también se lo quitó. Reid la acarició entre los muslos con esa destreza que la dejaba sin respiración. Empezó a trazar círculos sobre la esencia de su deseo casi sin tocarla. Lo hizo una y otra vez hasta que ella estuvo a punto de suplicarle. Estaba con las piernas separadas y las manos en sus hombros para mantener el equilibrio, aunque también quería que todo su mundo se volviera del revés. Cuando iba a agarrarle la mano para llevarla a donde ella la necesitaba, él introdujo un dedo y apoyó el pulgar en el punto exacto. Los músculos se le pusieron en tensión y se le aceleró la respiración. Reid sabía muy bien cómo excitarla. Era como si tuviera acceso directo a su cerebro y pudiera sentir lo que sentía ella.
Cada segundo que pasaba, estaba más cerca del orgasmo. No había altibajos. Todo era un deslizamiento húmedo e imparable hacia el paraíso. Le clavó los dedos en los hombros y rezó para que las piernas la sostuvieran. Podría haberle propuesto ir al sofá, pero no quiso romper la sintonía del momento cuando estaba tan cerca.
– Mírame -le pidió él con un susurro.
Sorprendida, ella obedeció y lo miró fijamente a los ojos. Estaban echando fuego, candentes, con un anhelo abrasador que la excitó más.
– Me gusta hacer esto -susurró él con voz ronca por el deseo-. Me gusta acariciarte, excitarte. Me gusta lo húmeda que estás y poder sentir cómo te estremeces. Me gusta todo tu cuerpo. Me gusta la suavidad de tu piel y tus contracciones cuando todavía no has llegado plenamente al límite. Te deseo, Lori. Te deseo con todas mis fuerzas.
A Lori se le aceleró la respiración al oír aquello. Fue a cerrar los ojos, pero hizo un esfuerzo para mantenerlos abiertos.
– Déjate llevar. Alcanza el clímax por mí -le pidió él.
Ella sobrepasó el límite entre convulsiones de placer. Él no separó el pulgar y con otros dos dedos imitó el acto del amor. Ella se estremeció hasta lo más profundo de sus entrañas y susurró su entrega. Casi no había vuelto a la realidad cuando él se inclinó y la besó. Ella también lo besó y se deleitó con el contacto de su cuerpo. Aquello no había hecho más que empezar, se dijo con felicidad mientras él le desabotonaba los botones de la camisa, le soltaba el sujetador y tiraba las dos prendas al suelo. Tomó los dos pechos entre las manos y le acarició las puntas de los pezones erectos. Un instante después, dejó de besarla y se inclinó para tomar su pecho derecho con la boca. Succionó mientras le acariciaba el otro con la mano. La conexión entre sus pechos y su palpitante centro del placer se hizo más intensa. Notaba cada caricia, cada succión y cada círculo de su lengua en lo más profundo de sí misma. A pesar de que hacía un minuto había tenido un orgasmo, se encontró excitada otra vez.