– Efectivamente -Bernie lo dijo complacido-. Durante un tiempo, casi todos nuestros clientes eran jubilados y padres de familia. Estaban envejeciendo. Entonces el vecindario empezó a cambiar. De repente, estamos en la onda. O de moda. Nunca sé como decirlo. No sé si hay diferencia.
Dani sonrió. Era fantástico y, por un segundo, también lamentó, como Lucia, que no fuera un poco más joven.
– Ahora viene gente más joven. Llegué a pensar que podían chocar con los habituales, pero no ha pasado nada. Es estupendo ver a recién casados o universitarios -le dio una carta-. Somos tradicionales, mamá se ocupa de eso, nuestro cocinero jefe responde ante ella. Nick lleva diez años aquí y cuando mamá y él empiezan a gritarse, es mejor ponerse a cubierto -se rió-. Tienes suerte, porque discuten en italiano y no entenderás casi nada -repasó un par de documentos-. ¿Qué más? Ahora no hay problemas entre los empleados, pero surgen. Los empleados que llevan más tiempo recelan de los nuevos, pero se acaba solucionando. El restaurante marcha casi como la seda, pero siempre hay tensiones.
Hizo una pausa y Dani tuvo la sensación de que estaba dándole tiempo para que se imaginara a qué tensiones se refería.
– Provisiones que llegan tarde, mantelería que falla, una partida de vino defectuosa, un plato que devuelve todo el mundo -enumeró ella-. El grupo de veinte que tiene un reservado y que media hora antes de presentarse quiere cambiar el menú. ¿Ese tipo de cosas?
– Sí -Bernie asintió con la cabeza-. Muy bien, hablemos de tu experiencia.
Durante un hora, ella fue desgranando todo su currículo, desde su formación universitaria hasta el tiempo que fue responsable mientras Penny estaba de baja por maternidad. Cuando terminó, Bernie se dejó caer contra el respaldo de la butaca.
– Queremos alguien que pueda empezar inmediatamente -dijo él-. ¿Tú puedes?
– Ya he avisado en The Waterfront -confirmó Dani-. Puedo marcharme cuando quiera.
– ¿Tienes claro que mi madre es parte esencial del restaurante? Va a entrometerse y a decirte lo que tienes que hacer. Jurará que no va a hacerlo, pero no te lo creas.
– Tu madre me cae muy bien -reconoció Dani-. Trabajaremos bien juntas.
– Entonces tienes el empleo si lo quieres -Bernie dijo un sueldo impresionante-. Te llevarás parte de los beneficios. Me gustaría que empezaras durante el día. Es más tranquilo y podrás adaptarte. Cuando te hayas integrado, haremos turnos para que ninguno de los dos trabaje siempre por la noche.
– ¿Estás ofreciéndome el puesto? -Dani lo miro fijamente-. ¿Así? ¿Sin más?
– Sin más. Es algo visceral. Trabajarás bien aquí, Dani. ¿Qué dices?
Lori intentó centrarse en que Reid la había invitado a salir a cenar, como si fuera una cita formal. Además, preocuparse por la cita era menos aterrador que pensar en la reunion del consejo de administración de la fundación. Nada era oficial todavía. Los abogados seguían redactando los borradores, pero todo el mundo iba a reunirse para comentar la dirección, el objetivo, y redactar una declaración de intenciones.
La noche anterior, había navegado por Internet para hacerse una idea de lo que era una declaración de intenciones. Busco otras instituciones benéficas para saber qué intentaban hacer con el dinero. En cierto sentido, le vino bien estar asustada con la reunión del consejo porque así se olvidó un poco de lo que había dicho su hermana un par de días antes, cuando vieron la entrevista de Reid. Según Madeline, Reid había dado la cara y había soportado la humillación por ella, y no acababa de asimilarlo. Que alguien como Reid tuviera que defender su rendimiento sexual en una televisión de difusión nacional era una mortificación mayor que cualquier otra que pudiera imaginarse; sin embargo, lo había hecho de buena gana. Más aún, fue una idea suya.
¿Lo había hecho por ella? ¿Lo había hecho porque la quería, a su modo? Sintió una opresión en el pecho y los ojos le escocieron. Le daba miedo creerlo porque si lo creía, tendría que reconocer que se había enamorado de él.
Aparcaron en el estacionamiento del hotel Doubletree y entraron en el vestíbulo. Reid la tomó de la mano y la llevó a la sala de conferencias que había alquilado para la reunión.
– Estoy nerviosa -reconoció ella.
– Entonces ya somos dos.
– ¿Qué te preocupa? -Lori lo miró con asombro-. Estás haciendo algo increíble.
– Soy un mamarracho que ha salido en la primera página de los periódicos de cotilleo. He reunido un consejo de administración de primera. ¿Por qué gente tan importante y tan competente iba a tomarme en serio?
– Porque tienes el talonario.
– Quiero ser algo más que el nombre en la fachada. Preferiría no usar mi nombre, pero entiendo que soy útil como cabeza visible.
– Estás haciendo lo que tienes que hacer -ella le puso una mano en el pecho-. Estoy impresionada. En serio.
– Eso significa mucho para mí -Reid la miró a los ojos.
– Me alegro porque es verdad.
Se sonrieron y Reid sacó pecho.
– ¿Preparada?
Ella asintió con la cabeza, aunque no era verdad, y entraron en la sala de conferencias.
Ya había ocho persona sentadas. Cinco hombres y tres mujeres. Todos tenían más de cuarenta años, iban muy bien vestidos y hablaban entre ellos como si se conocieran.
Lori se sintió desplazada. No era por la ropa, Madeline la había ayudado a elegir un traje de chaqueta clásico pero atractivo, era porque aquellas personas eran ricas y triunfadoras, mientras que ella se había criado en una caravana.
Reid presento a todos. Había dos consejeros delegados, un directivo fundador de Microsoft, una mujer cuya familia era propietaria de bancos y otras personas que generaban millones con sus profesiones. Una vez sentados, Reid empezó.
– Os agradezco a todos que hayáis aceptado sentaros en este consejo. A la mayoría, no os conozco; mi director administrativo me dio una lista de nombres y empecé a llamar. Sois los mejores en vuestras actividades y eso es algo que voy a necesitar. Yo no tengo experiencia con la filantropía, pero quiero tenerla. Quiero cambiar el mundo a través del deporte, eso sí, de niño en niño. Ésta es mi declaración de intenciones. Puede ser tan sencillo como proporcionar material nuevo para la temporada de fútbol americano o tan complicado como proyectar y construir un estadio después de un huracán. Que otras instituciones benéficas se ocupen de las enfermedades, quiero que nosotros encontremos la forma de mejorar la vida de los niños mediante el deporte.
– Tenemos una buena base económica -intervino uno de los consejeros.
– Estoy de acuerdo -Reid se inclinó hacia delante-. Espero que tengamos más. Todo el dinero que obtenga por hablar en empresas dispuestas a pagar, será para la fundación. Aprovecharé mi nombre y mi prestigio para entrar donde otros no pueden hacerlo. Quiero centrar la atención en lo que es necesario. Si eso conlleva un par de reveses de la prensa, aguantaré -Reid se levantó-. Todos vosotros aportáis competencia. Algunos, administraréis el dinero. Otros, tenéis el don de saber a qué fines asignar ese dinero. Si estáis preguntándoos por la función de Lori -la señaló con la cabeza-, ella nos mantendrá con los pies en el suelo. Es enfermera de profesión. Sabe cómo tratar a la gente que está pasándolo mal. Nos mantendrá centrados.
Le sonrió. Fue una de esas sonrisas que le derretía los huesos. La mujer que estaba sentada a su lado se inclinó hacia ella.
– Vaya, se me ha acelerado el pulso, y eso que estoy felizmente casada.
– Qué me va a contar a mí…
Reid siguió hablando de lo que esperaba de ellos. Mientras lo escuchaba, ella se preguntó si aquello sería un sueño. Toda su vida había temido buscar los finales felices. Esa vez había querido intentarlo lo suficiente como para arriesgar su corazón y una relación fuera de su alcance.