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Gary sonrió y la sorprendió cuando le dio un beso en la mejilla.

– Hola. No estoy enfadado. Pareces contenta.

– Lo estoy. Me encanta mi trabajo. Sé que es pronto y que todavía estoy en la fase divertida del proceso, pero me encanta. Me encanta el quipo, me encantan los clientes y adoro la comida. Es increíble. Voy a tener que empezar a hacer ejercicio para no engordar.

Ella siguió hablando sin parar. En parte, por el entusiasmo, pero, sobre todo, por la impresión. El leve roce de los labios de Gary no había sido nada del otro mundo, pero había sido inesperado. Agradable, pero inesperado.

Hizo un esfuerzo para no llevarse la mano al punto donde su boca la había tocado e intentó no dilucidar lo que había sentido. No había sentido ningún chispazo ni excitación, pero eso estaba bien, ¿no? El sexo no lo era todo. Gary no la derretía, pero le gustaba.

– Creo que ya me he desahogado -Dani sonrió-. ¿Qué tal tú? ¿Qué tal tu día?

– Bien -la llevó a un pequeño mostrador-. Tenemos una reserva.

Ella miró alrededor. Era uno de esos restaurantes de barrio con comida muy buena y repleto de clientes habituales. Olía muy bien y le gustó la mezcla de clientes. Había familias, parejas, algunos grupos grandes y unas mujeres que se reían en una esquina.

– Está muy bien -dijo ella-. Nunca había estado aquí.

– La comida es excelente. El menú es variado y todo es bueno.

Siguieron al camarero hasta una mesa al fondo del restaurante.

– ¿Cómo conociste este sitio? -preguntó ella.

Gary retiró una silla y se sentó enfrente de ella.

– Trabajaba por aquí cerca.

Estaban en la parte antigua de Seattle y Dani frunció el ceño al intentar situar un centro universitario. No había ninguno. Era una zona residencial.

– ¿Dónde? -preguntó ella-. ¿En un centro privado?

– No siempre he sido profesor… -contestó él vacilantemente.

– Ya, claro.

Entonces Dani recordó que no sabía gran cosa de su acompañante. Sabía que tenía una hermana, que era amable y que escuchaba muy bien. Se sintió dominada por el bochorno cuando notó que se sonrojaba.

– Soy un espanto -reconoció ella-. Soy despreciable y egocéntrica.

– ¿De qué hablas?

– De mí. De mi comportamiento. ¿Cuántas veces hemos tomado café juntos? ¿Cuántas veces hemos hablado de mi vida, mis problemas, mi trabajo? Yo, yo, yo. Es horrible. ¿Cómo es posible que quisieras salir a cenar conmigo?

– Porque me caes bien.

Evidentemente, si no le cayera bien no se lo habría propuesto. Ella dejó a un lado la carta y se inclino hacia delante.

– Te pido perdón por haber sido tan ruin y te prometo que esta noche está dedicada a ti. Quiero saberlo todo. Puedes saltarte el nacimiento, es un poco desagradable como tema de conversación durante una cena, pero empieza por tu primer recuerdo después de nacer.

– No tienes que disculparte de nada -él sonrió-. Me gusta hablar de ti.

– A los hombres les gusta hablar de ellos mismos.

– Me siento más cómodo escuchando. Es una costumbre que tengo desde hace mucho tiempo.

Eso lo convertía casi en el novio perfecto. Era gracioso, inteligente y amable. Una persona recta de verdad.

– ¿Por qué no estás casado? -preguntó ella-. Hemos llegado a la conclusión de que no eres homosexual.

– Pero estoy pensando en poner al día mi guardarropa -replicó él con una sonrisa.

– En serio, Gary -rogó ella entre risas-. ¿Tienes algún secreto?

Dani lo preguntó con desenfado, pero se quedó cortada cuando él no se rió ni bromeó.

– No es un secreto, pero sí cierta información -contestó.

Ella comprendió que, fuera lo que fuese, no iba a gustarle nada y notó un nudo en el estómago.

– ¿Estás casado? ¿Has matado a un hombre? ¿Te has cambiado de sexo? ¿Tienes una enfermedad contagiosa y me quedan tres semanas de vida?

– No -contestó él con expresión amable-. No es nada de eso.

Una mujer de unos cuarenta años se acercó a la mesa, se paró y lo miró con los ojos muy abiertos.

– ¿Es usted el padre Halaran?

Dani se quedó petrificada. Su cabeza empezó a dar vueltas como un torbellino. ¿«Padre Halaran»?

– Hola, Wendy -él asintió con la cabeza-. Ahora soy Gary. ¿Te acuerdas?

– ¡Ah, claro! -Wendy miró a Dani y volvió a mirar a Gary-. ¿Qué tal está? Hace mucho que no lo veía.

– Hace un par de años. Estoy bien.

– Me alegro. Me alegro de verlo, padre… Gary.

La mujer se marchó y Dani parpadeó varias veces para ordenar las ideas.

– Ya… -dijo ella como si no hubiera pasado nada, cuando quería gritar-. Ha sido interesante.

– Fui sacerdote.

– Eso me ha parecido.

– Bueno… -Gary sonrió-. Lo dejé hace dos años. Entonces empecé a dar clases. Vivía a unas manzanas de aquí y me gustaba este restaurante. Seguramente, debería haberte llevado a otro sitio.

¿Acaso creía él que ése era el mayor problema que tenían?

– No. Este sitio me encanta. De verdad.

– ¿Te pasa algo? -preguntó él.

– No lo sé. Intento asimilar que fueras sacerdote.

– No eres católica -replicó él-. No debería importarte gran cosa.

– Eso crees, pero me importa -dijo ella aunque no sabía el motivo.

Un sacerdote. El celibato, la Iglesia… Un buen punto de partida para una conversación. ¿Habría estado con una mujer desde entonces? Si no, ¿querría estar con una? ¿Quería ella pasar por eso?

– Di algo -le pidió él-. ¿Qué estás pensando?

– No me extraña que escuches tan bien.

– ¿Va a suponer esto un inconveniente? -él tomó la carta y volvió a dejarla-. Quería decírtelo, Dani, pero no encontraba el momento adecuado. Tampoco voy a presentarme como «Gary, el ex sacerdote».

– Eso habría sido un poco aterrador -Dani sonrió.

Ella lo miró y se fijó en la amabilidad de sus ojos y en esa sonrisa que ya le era tan conocida. Él le agradaba. Confiaba en él. Era un hombre bueno.

– Dejarlo también fue alegrador. Había tenido una sola cita antes de meterme cura. Nunca había tenido un empleo, no había vivido solo… Todavía estoy adaptándome, pero me gusta. Me encuentro donde quiero estar. ¿Satisfecha?

Dani abrió la boca para decirle que sí, pero volvió a cerrarla. Todavía notaba el nudo en el estómago.

– Tengo la desagradable sensación de que Dios está mandándome un mensaje importante. Está diciéndome que en estos momentos no debería estar con nadie -le explicó ella-. Por una vez, voy a hacerle caso. Lo siento, Gary.

Dani agarró el bolso y se levantó. Él también se levantó, pero no intentó detenerla. La decepción empañaba sus ojos claros.

– Quizá, si te dieras un poco de tiempo, podrías acostumbrarte a la idea… -empezó a decir él.

– No lo creo. Me gustaría que siguiésemos siendo amigos, pero entendería que tú no quisieras. Si esperabas más…

– Lo esperaba -reconoció él.

Ella se sintió dominada por el remordimiento. No quería hacerle daño, pero tampoco podía pasar por alto cómo se sentía.

– Lo siento -se disculpó Dani antes de marcharse precipitadamente.

El Downtown Sports Bar estaba a rebosar para ser jueves: retransmitían partido de los Seahawks y había mucha gente y ruido. Reid estaba detrás de la barra y se inclino hacia Mandy, una de las camareras, para oír el pedido. Llevaba semanas sin trabajar, desde el artículo dichoso. Sus visitas al bar habían sido discretas y a horas intempestivas. Sin embargo, esa noche estaba sustituyendo a alguien que se había puesto enfermo. Estaba aguantando muchas tonterías de los clientes, pero podía soportarlo.

Sirvió dos cervezas y tomó las botellas para hacer un martini de manzana. Puso las cantidades indicadas de licor, las revolvió con hielo, sirvió las copas de martini y las dejó en la bandeja de Mandy.