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– ¿No se habrá salido con la suya si te pasas la vida dándole vueltas?

Dani no contestó, y las dos sabían que Penny tenía razón. Sin embargo, ¿cómo iba a pedirle ayuda a Gloria?

– Lo pensaré -contestó Dani lentamente-. No soporto que siga teniendo control sobre mí.

– No lo tiene si no se lo otorgas.

Lori, al fondo del pasillo del hospital, vio las puertas batientes que se cerraban detrás de su hermana. Elevó una plegaria para que todo saliera bien y volvió a la sala de espera, donde pasaría todo el día. Sin embargo, cuando entró, comprobó que no era el mismo sitio espacioso y vacío de una hora antes. Los tres sofás y la docena de sillas estaban rebosantes de gente y víveres. Penny levantó la cabeza y la vio.

– Lo hemos invadido -comentó-. He traído comida porque va a ser un día muy largo y… ¿comida de hospital? Ni hablar -fue hacia unos termos y recipientes alineados contra la pared-. Bebidas, ensaladas, entrantes, postres… El azúcar es esencial en estas situaciones. ¿Qué tal estás?

– Bien -consiguió contestar Lori, aunque estaba abrumada.

Reid se acercó a ella y la abrazó.

– ¿Le has contado chistes verdes? -preguntó él.

Había sido idea suya, disparatada y encantadora, para pasar el tiempo mientras se llevaban a Madeline al quirófano.

– Lo he intentado.

– ¿Intentado? -repitió él-.Te conté unos buenísimos.

– Ya, pero ella no estaba muy centrada, aunque se rió.

Era la imagen que Lori conservaría en la cabeza. Madeline riéndose por el chiste de las ranas lesbianas.

– Ha venido mi familia -aclaró él innecesariamente.

Lori miró alrededor. Cal tenía a su hija Allison en brazos. Walker y Elissa sacaron unas bolsas llenas de platos y vasos de plástico. Zoe, la hija de Elissa, colocó unos muñecos de peluche como si estuvieran en clase.

– No deberías haberles pedido que vinieran.

Lori estaba sorprendida de que hubieran querido participar en un día tan largo y complicado.

– No se lo he pedido. Les dije que estaría aquí para acompañarte y han decidido venir.

– Eres muy bueno conmigo -susurró ella con un nudo en la garganta-. Quiero que sepas que te estoy inmensamente agradecida. Fuiste a la televisión y permitiste que esos periodistas te torturaran para que mi hermana tuviera una oportunidad. Ahora están dándole un hígado nuevo gracias a ti.

– No me atribuyas tanto mérito -Reid le acarició la mejilla-. Podrían haber encontrado un donante en cualquier caso.

– No lo creo. Eres el mejor hombre que conozco.

– Lori, yo… -él la miró a los ojos.

– Hola a todos.

Lori se dio la vuelta y vio a una mujer menuda y guapa que entraba en la sala de espera. Tenía vientimuchos años, ojos grandes y una sonrisa conocida.

– Es mi hermana Dani -le dijo Reid-. Ven a saludar.

Dani había saludado a sus hermanos, a Elissa y a Penny, y se dirigió a Lori.

– Me alegro de conocerte por fin. Siento que sea en una situación así, con tu hermana en el quirófano.

– Gracias por venir.

– Encantada. Los Buchanan vamos en lote -Dani sonrió-. Además, ¿cómo iba a perderme la oportunidad de conocer a la mujer que ha atrapado al abyecto Reid Buchanan?

– No lo he atrapado precisamente… -Lori se sonrojó.

– No estoy atrapado -mascullo Reid-. Estoy esperando…

– Ya -la expresión de Dani fue muy elocuente-. Llámalo como quieras. Estás fuera de órbita y el país se ha llenado de corazones rotos.

Lori no sabía qué decir. Dani se excusó y fue a tomar a su sobrina de los brazos de Cal. Reid rodeó los hombros de Lori con un brazo. Ella se relajó. Era curioso que se sintiera tan segura cuando estaba cerca de él.

– No tienen que quedarse -dijo ella en voz baja-. La operación va a durar todo el día y es posible que parte de la noche. Nadie tiene que quedarse.

– Lo saben -le susurró él-. Les he dicho que pueden marcharse, pero creo que van a quedarse el tiempo que sea. Estás atrapada entre nosotros.

Si eso era estar atrapada, le encantaba, se dijo para sus adentros. Se sintió rebosante de amor. De amor, de anhelo y de la sensación de ser muy afortunada. Sin embargo, aquél no era el momento ni las circunstancias para confesarlo. Cuando Madeline hubiera salido de aquello, le diría a Reid lo que sentía por él. Si él no le correspondía, podría sobrevivir y, al menos, tendría esa certeza. Ya no se reprimiría por miedo.

– ¿Dónde está mi madre? -preguntó con el ceño fruncido.

– En la capilla. Quería rezar, pero ha dicho que volvería enseguida. Penny le enseñó la comida y, aunque sólo sea por eso, estará tentada a volver.

Lori pensó que un día como ése su madre no comería por nada del mundo. Aunque los Buchanan consiguieron distraerla bastante, parte de su cabeza sólo pensaba en la operación. ¿En qué fase estaría? ¿Habría llegado ya el hígado? ¿Qué sería de la otra familia, sumida en el dolor en vez de tener esperanza? ¿Cómo podría agradecerles que le hubieran dado una oportunidad a su hermana?

Un rato después, la madre de Lori volvió a la sala de espera. Lori y Reid le presentaron a todo el mundo y, después, Lori hizo un aparte con ella.

– ¿Qué tal estás, mamá? -le preguntó al ver las ojeras y el gesto de sufrimiento.

– Con confianza. Todo está en manos de Dios. He rezado hasta quedarme sin palabras. Dentro de un rato, volveré a rezar un poco más.

– Es lo único que podemos hacer -corroboro Lori.

– Tengo una corazonada. Madeline se merece una oportunidad -los ojos se le empañaron de lágrimas y tomó la mano de Lori-. Sé que yo no me la merezco. Sé que te he hecho mucho daño durante mucho tiempo. Lo siento de verdad. Si no te crees nada más de mí, créete esto.

A Lori se le nubló la vista e intentó no llorar.

– Mamá, no hace falta que…

– Sí hace falta. Tendría que haber dicho algo hace mucho tiempo. Sé que estás enfadada conmigo y no puedo reprochártelo. Yo quiero achacárselo al alcohol, a haber estado borracha, pero no tengo excusas. Te hice daño y sólo eras una niña. Eso es lo que me duele en el alma. Eras una niña adorable y nunca te lo dije. Nunca te dije que te quería. Pero te quería y te quiero. Solo me odiaba a mí misma. ¿Puedes entenderlo?

Lori entendió la intención, aunque no las palabras, pero asintió lentamente con la cabeza.

– No era una alcohólica contenta -su madre suspiró-. Lo sabes mejor que nadie. Decía unas cosas… -Evie se encogió de hombros-. Si pudiera retroceder en el tiempo, te tomaría en brazos y te diría lo importante y especial que me parecías. Sigo pensándolo, pero temo que creas que es por Madeline: que quiero recuperarte porque puedo perder una hija.

El orgullo y las viejas heridas se debatieron con la necesidad de pasar página. Hubiera lo que hubiese entre ellas, eran una familia. Tomó la mano de su madre.

– Sé que has intentado acercarte a mí desde hace un tiempo: que no es por Madeline.

– No lo es -insistió su madre con lágrimas en las mejillas-. Es por todas nosotras. Siempre dices que tu hermana es perfecta. Nunca lo fue. Nadie lo es. Os quiero mucho a las dos y me gustaría que fuésemos una familia.

– A mí también, mamá -Lori tragó saliva.

– ¿De verdad?

Lori asintió con la cabeza. Su madre se secó las lágrimas y miró alrededor. Los Buchanan se habían retirado un poco para que ellas pudieran hablar tranquilas.

– Me gusta ese joven -comentó su madre-. ¡Caray! Es una expresión espantosa que habría usado mi abuela.

– Sé lo que quieres decir -la tranquilizo Lori con una sonrisa-. Ya somos dos. Es muy especial.

– Deberías quedártelo.

– Es lo que tengo pensado.

Se abrazaron. El abrazo de su madre le pareció inusitado, pero decidió que dejaría de serlo. La familia sería un incentivo para que Madeline se repusiera más deprisa.