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Nicol y Teris Tres sonrieron compasivamente. Miles se dio cuenta de que era la segunda vez que la mujer de seguridad escuchaba aquella historia, pero que seguía atenta.

—Garnet —intervino Miles—, por favor, tome aire, cálmese y empiece por el principio. Un patrullero informó de que la vio con Bel en algún lugar de la Unión anoche. ¿Es eso correcto?

Garnet Cinco se frotó la cara pálida con las manos superiores, tomó aire y parpadeó: un poco de color alivió su tono mortecino.

—Sí. Me encontré con Bel al salir de la parada de coches-burbuja. Quise saber si Bel había preguntado… si usted había dicho algo… si se había decidido algo sobre Dmitri.

Nicol asintió, satisfecha.

—Lo invité a tomar un té de menta de esos que le gustan a Bel en el Kabob Kiosk, esperando que me dijera algo. Pero no llevábamos ni cinco minutos allí cuando Bel se distrajo con otra pareja que llegó. Uno era un cuadri que Bel conocía de las cuadrillas de Muelles y Atraques… Bel dijo que era alguien a quien tenía echado el ojo, porque sospechaba que contrabandeaba con artículos robados de las naves. El otro era un planetario de aspecto muy raro.

—¿Un tipo alto y larguirucho con manos palmípedas y pies largos, y el pecho grande como un barril? ¿Como si su madre se hubiera casado con el Príncipe Rana pero el beso no hubiera funcionado? —preguntó Miles.

Garnet Cinco se sorprendió.

—Vaya, sí. Bueno, no estoy segura de lo del pecho… Llevaba una especie de capa suelta. ¿Cómo lo sabía?

—Es la tercera vez que aparece en este caso. Podríamos decir que ha atraído mi atención. Pero continúe, ¿luego qué?

—No pude conseguir que Bel me dijera nada acerca del tema. Bel me hizo darme la vuelta y sentarme de cara a la pareja, para poder darles la espalda, y me hizo informarle de lo que estaban haciendo. Me sentí como una tonta, como si estuviéramos jugando a los espías. —«No, jugando no»—. Tuvieron una especie de discusión, y entonces el cuadri de Muelles y Atraques localizó a Bel y se marchó a toda prisa. El otro tipo, el planetario raro, se marchó también, y entonces Bel insistió en seguirlo.

—¿Y Bel abandonó el restaurante?

—Salimos los dos juntos. No iba a permitir que me dejara tirada y, además, Bel dijo: «Oh, muy bien, ven, puedes ser útil.» Creo que el planetario debía de tener experiencia en el espacio, porque no era tan torpe como la mayoría de los turistas en caída libre. No parecía que nos viera seguirlo, pero debió de hacerlo, porque se metió por el Corredor Transversal, entrando y saliendo de cualquier tienda que estuviera abierta a esa hora, pero sin comprar nada. Luego se dirigió de pronto al portal de la zona de gravedad. No había ningún flotador aparcado, así que Bel me cargó a su espalda y siguió al tipo. Se metió en un callejón desde donde las tiendas del siguiente pasillo, en la zona de gravedad, meten y sacan cargas y suministros por la puerta trasera. Desapareció aparentemente tras una esquina, pero luego apareció justo delante de nosotros y agitó un tubito ante nuestras caras y nos roció con un spray desagradable. Tuve miedo de que fuese un veneno y que los dos muriéramos, pero evidentemente no lo era. —Vaciló, llena de súbito temor—. Por lo menos, yo me desperté.

—¿Dónde? —preguntó Miles.

—Allí. Bueno, no exactamente allí… Aparecí dentro de un contenedor de reciclado, tras una de las tiendas, en lo alto de un montón de cartones. No estaba cerrado, por suerte. Ese horrible planetario no podría haberme metido dentro si lo hubiera estado, supongo. Lo pasé mal intentando salir. La estúpida tapa seguía resistiéndose. Casi me aplastó los dedos. Odio la gravedad. Bel no estaba por ninguna parte. Lo busqué, y lo llamé. Y luego tuve que caminar a tres manos hasta el corredor principal, hasta que pude encontrar ayuda. Agarré al primer patrullero que encontré, que me trajo hasta aquí.

—Debe de haber estado inconsciente seis o siete horas, entonces —calculó Miles en voz alta. ¿Eran muy diferentes el metabolismo cuadris y el de los herms betanos? Había que tener en cuenta además la masa corporal y la dosis inhalada por dos personas que intentaban esquivarla—. Debería verla un médico ahora mismo, y que le saquen una muestra de sangre mientras haya rastros de la droga en su sistema. Podríamos identificarla, y tal vez discernir su lugar de origen, si no se trata de un producto local.

La supervisora nocturna apoyó con entusiasmo esta idea, y permitió que los visitantes planetarios, además de Nicol, a quien estaba todavía agarrada Garnet Cinco, la siguieran mientras escoltaba a la aturdida cuadri rubia a la enfermería del puesto. Cuando Miles se aseguró de que dejaban a Garnet Cinco en manos competentes, y en bastantes manos por cierto, se volvió hacia Teris Tres.

—Ya no son sólo teorías descabelladas —le dijo—. Tienen una acusación de asalto válida para ese tal Firka. ¿No puede acelerar la búsqueda?

—Oh, sí —respondió ella, sombría—. Voy a pasarlo por todos los canales de comunicación. Atacó a una cuadrúmana. Y liberó gases tóxicos en el aire público.

Miles dejó a las dos mujeres cuadris en la enfermería del puesto de Seguridad. Luego le insistió a la supervisora nocturna para que el patrullero que había traído a Garnet Cinco lo llevara a inspeccionar el escenario del crimen. La supervisora contemporizó, se produjeron más retrasos, y Miles acosó al jefe Venn de manera muy poco diplomática. Pero al final le dieron un patrullero cuadri distinto que los escoltó a Roic y a él hasta el lugar donde Garnet Cinco había sido tan incómodamente arrojada.

El callejón, muy tenuemente iluminado, tenía el suelo plano y paredes en ángulo recto y, aunque no era exactamente estrecho, compartía su sección transversal con una gran tubería, de modo que Roic tuvo que agacharse para evitarla. Tras doblar una esquina, encontraron a tres cuadris, uno con el uniforme de Seguridad y los otros dos con pantalones cortos y camisa, trabajando detrás de una tira de plástico con el logo de Seguridad de la Estación Graf. Técnicos forenses por fin, y en buena hora. El joven varón usaba un flotador con un número de identificación de la escuela técnica. Una mujer de mediana edad y expresión concentrada pilotaba un flotador que llevaba la insignia de una de las clínicas de la Estación.

El hombre de la camisa y los pantalones cortos del flotador de la escuela técnica, gravitando con cuidado, terminó de hacer un escaneo láser en busca de huellas por todo el borde y la tapa del gran contenedor cuadrado de basuras que sobresalía del pasillo a una altura conveniente para golpear las espinillas de los transeúntes despistados. Se apartó, y su colega ocupó su lugar y empezó a repasar las superficies con lo que parecía ser una especie de recolector manual de células de piel y fibras.

—¿Es éste el contenedor donde ocultaron a Garnet Cinco? —le preguntó Miles al oficial cuadri que supervisaba los trabajos.

—Sí.

Miles se inclinó hacia delante, sólo para ser apartado por el técnico del recolector. Después de conseguir que le prometieran que lo informarían de cualquier hallazgo interesante, recorrió el pasillo arriba y abajo, las manos escrupulosamente metidas en los bolsillos, buscando… ¿qué? ¿Mensajes crípticos escritos con sangre en las paredes? O con tinta, o con saliva, o con mocos, o con algo. Comprobó el suelo, el techo y las tuberías también, a la altura de Bel y más abajo, ladeando la cabeza para captar reflejos extraños. Nada.

—¿Estaban cerradas todas esas puertas? —le preguntó al patrullero que lo acompañaba como una sombra—. ¿Las han comprobado ya? ¿Podría alguien haber metido a Bel… al práctico Thorne en una de ellas?