—Si Bel fue… —empezó a decir Nicol, y se detuvo. Una multitud entró por la puerta principal y se detuvo para orientarse.
Un par de rudos cuadris masculinos, con sus camisas y pantalones cortos de trabajo color naranja de Muelles y Atraques, cargaban por ambos extremos un trozo de tubería de tres metros. Firka ocupaba el centro.
Las muñecas y los tobillos del infeliz planetario estaban atadas a la tubería con trozos de cable eléctrico, lo que lo mantenía doblado en «U», mientras que un rectángulo de cinta le cubría la boca y sofocaba sus gemidos. Tenía los ojos espantados. Tres cuadris más, jadeantes y sudorosos, uno con un hematoma rojo en el ojo, entraron después.
El grupo de trabajo tomó impulso y flotó con su rebullente carga en caída libre hasta detenerse con un golpe en la mesa de recepción. Un cuarteto de cuadris de seguridad uniformados salió de otro portal para ver qué pasaba; el sargento de guardia pulsó su intercomunicador y bajó la voz para hablar rápidamente entre susurros.
El portavoz cuadri del pelotón avanzó con una sonrisa de sombría satisfacción en el rostro magullado.
—Lo capturamos para ustedes.
12
—¿Dónde? —preguntó Miles.
—En la Bodega de Carga Número Dos —respondió el cuadri—. Estaba intentando que Pramod Dieciséis, aquí presente —indicó a uno de los hoscos cuadrúmanos que sostenían un extremo de la tubería, quien asintió confirmando sus palabras—, lo sacara en una cápsula de la zona de seguridad y lo llevara a los muelles de salto galáctico. Así que yo diría que puede añadir a la lista de cargos el intento de soborno de un técnico para que viole las reglas. —«Ajá. Otra forma de evitar las barreras de aduanas de Bel…» La mente de Miles saltó al desaparecido Solian—. Pramod le dijo que iba a arreglar unas cosillas, se escabulló y me llamó. Yo reuní a los chicos y nos aseguramos de que nos acompañara para explicarse ante usted. —El cuadri señaló al jefe Venn, que llegó flotando rápidamente por el pasillo y observaba la escena con clara satisfacción.
El planetario palmípedo hizo un ruido quejumbroso bajo la cinta adhesiva, pero Miles lo interpretó más como una protesta que como una explicación.
—¿Vieron algún rastro de Bel? —preguntó Nicol, apremiante.
—Oh, hola, Nicol. —El cuadri negó tristemente con la cabeza—. Le preguntamos al tipo, pero no conseguimos que dijera nada. Si no tienen ustedes mejor suerte con él, tenemos unas cuantas ideas más que podríamos intentar.
Su ceño fruncido sugería que esas ideas podrían referirse a la utilización ilícita de compuertas, o tal vez a innovadoras aplicaciones del equipo de carga que decididamente no cubría la garantía del fabricante.
—Apuesto a que podríamos conseguir que dejara de gritar y empezara a hablar antes de quedarse sin aire.
—Creo que podemos encargarnos de él a partir de ahora, gracias —le aseguró el jefe Venn. Miró con frialdad a Firka, que se rebullía en el poste—. Aunque tendré en cuenta su oferta.
—¿Conocen al práctico Thorne? —le preguntó Miles al cuadri de Muelles y Atraques—. ¿Trabajan juntos?
—Bel es uno de nuestros mejores supervisores —repuso el cuadri—. El planetario más sensato que hemos conocido. No queremos perderlo, ¿eh? —Hizo un gesto hacia Nicol. Ella inclinó la cabeza en muda gratitud.
El arresto de los ciudadanos fue debidamente registrado. Los patrulleros cuadris que se habían reunido observaron con cautela al larguirucho cautivo, y decidieron llevárselo con poste y todo por el momento. La cuadrilla de Muelles y Atraques, con justificable satisfacción, también presentó la mochila que Firka llevaba.
Así que allí estaba el principal sospechoso de Miles, si no servido en bandeja, al menos en brocheta. Miles se moría de ganas de quitarle aquella cinta de la cara y empezar a apretarle las clavijas.
La Selladora Greenlaw llegó mientras tanto, acompañada por un nuevo cuadrúmano, un hombre de pelo oscuro y aspecto fornido aunque no especialmente joven. Llevaba un atuendo elegante y poco llamativo, muy parecido al del jefe Watts y Bel, pero negro en vez de azul pizarra. Ella lo presentó como el magistrado Leutwyn.
—Bien —dijo Leutwyn, mirando con curiosidad al inmovilizado sospechoso—. Aquí tenemos a nuestra ola de crímenes de un solo hombre. Tengo entendido que también él vino con la flota de Barrayar.
—No, magistrado —dijo Miles—. Se unió a la Rudra aquí, en la Estación Graf, en el último minuto. De hecho, no contrató los servicios a bordo hasta después del momento inicialmente previsto para la partida de la nave. Me gustaría mucho saber por qué. Tengo fuertes sospechas de que sintetizó y derramó la sangre en la bodega de carga, de que intentó asesinar… a alguien, en el vestíbulo del hotel ayer y de que atacó anoche a Garnet Cinco y a Bel Thorne. Garnet Cinco, al menos, lo vio bastante bien, y debería poder confirmar esa identificación en breve. Pero, con todo, la cuestión más urgente es: ¿qué le ha pasado al práctico Thorne? Localizar a una víctima de secuestro en peligro justifica de sobra que se realicen interrogatorios con pentarrápida sin el consentimiento de los sujetos en la mayoría de las jurisdicciones.
—Aquí también —admitió el magistrado—. Pero un examen con pentarrápida es una empresa delicada. He comprobado, en la media docena que he supervisado, que no es la varita mágica que la gente cree.
Miles se aclaró la garganta con falsa modestia.
—Estoy tolerablemente familiarizado con las técnicas, magistrado. He realizado o presenciado más de un centenar de interrogatorios con pentarrápida. Y me la han aplicado dos veces.
No hacía falta mencionar su particular reacción a la droga, que había hecho que aquellos dos acontecimientos fueran ocasiones vertiginosamente surrealistas y notablemente desinformativas.
—¡Oh! —dijo el magistrado cuadri, impresionado a su pesar, posiblemente por este último detalle.
—Soy plenamente consciente de la necesidad de impedir que el interrogatorio sea un grupo de linchamiento, pero también necesitará las preguntas necesarias. Creo que tengo varias.
—Todavía no hemos procesado al sospechoso —intervino Venn—. Yo quisiera ver qué lleva en esa mochila.
El magistrado asintió.
—Sí, adelante, jefe Venn. Me gustaría una clarificación, si es posible.
Grupo de linchamiento o no, todos siguieron a los patrulleros cuadris que condujeron al infortunado Firka, con poste y todo, a una cámara trasera. Un par de patrulleros, después de calzar con esposas adecuadas las huesudas muñecas y los tobillos, registraron pautas retinales y realizaron escaneos láser de los dedos y las palmas. Miles satisfizo una curiosidad cuando le quitaron al prisionero las botas: los largos dedos de los pies, prensiles o casi, revelaban amplias membranas intermedias de color rosado. Los cuadris los escanearon también (naturalmente, los cuadris, por rutina, escaneaban las cuatro extremidades) y luego cortaron el cable eléctrico que sujetaba al prisionero.
Mientras tanto, otro patrullero, ayudado por Venn, vació la mochila e hizo inventario de su contenido. Sacaron un puñado de ropa, casi toda sucia, y encontraron un gran cuchillo de cocina nuevo, un aturdidor con una carga bastante corroída pero ningún permiso de armas, una larga palanqueta y una bolsa de cuero llena de pequeñas herramientas. La bolsa también contenía la factura de un remachador automático de una tienda de suministros de la Estación Graf, junto con los incriminadores números de serie. Fue en este punto cuando el magistrado dejó de parecer tan cuidadosamente reservado y empezó a parecer sombrío. Cuando el patrullero alzó algo que parecía a primera vista una cabellera, pero resultó ser, tras sacudirla, una peluca rubia de mala calidad, la prueba pareció casi redundante.