Выбрать главу

—¿Eso fue cuando Solian tuvo la hemorragia nasal? ¿Cuando le dio usted el soplo? —preguntó Miles.

Gupta se lo quedó mirando.

—¿Qué es usted, una especie de psíquico?

«Jaque.»

—¿Por qué la sangre falsa en el suelo de la bodega de carga?

—Bueno…, había oído que la flota se marchaba. Estaban diciendo que el pobre diablo que hice fundir había desertado, y que lo iban a degradar como… como si no tuviera una Casa o un barón que se preocupara por él, y a nadie le importara. Pero yo tenía miedo de que el bastardo cetagandés hiciera otro trasbordo en medio del espacio, y yo me quedara atascado en la Rudra, y se me escapara… Pensé que eso devolvería la atención a la Idris y lo que podía haber en ella. ¡No imaginé que esos idiotas militares fueran a atacar la Estación cuadri!

—Fue un cúmulo de circunstancias concatenadas —dijo Miles rápidamente, consciente por primera vez, en lo que parecía una eternidad de horrores evocados, de los oficiales cuadrúmanos presentes—. Cierto que disparó usted los acontecimientos, pero no podía haberlos previsto.

También Miles parpadeó y miró alrededor.

—Er… ¿Tiene alguna pregunta, jefe Venn?

Venn le dirigió una mirada muy peculiar. Negó con la cabeza, lentamente, de un lado a otro.

—Esto… —Un joven patrullero cuadri a quien Miles apenas había advertido durante el soliloquio de Guppy le tendió a su jefe un objeto pequeño y brillante—. He traído la dosis de pentarrápida que pidió, señor…

Venn lo tomó y miró al magistrado Leutwyn.

Leutwyn se aclaró la garganta.

—Impresionante. Creo, lord Auditor Vorkosigan, que es la primera vez que veo un interrogatorio de pentarrápida sin pentarrápida.

Miles miró a Guppy, que se enroscó en el aire, temblando un poco. Rastros de lágrimas todavía brillaban en las comisuras de sus ojos.

—Él… realmente necesitaba contarle a alguien su historia. Lleva semanas muriéndose por contarla. Pero no había nadie en todo el Nexo en quien pudiera confiar.

—Y así sigo todavía —sollozó el prisionero—. No se confunda barrayarés. Sé que nadie está de mi parte. Pero desperdicié mi oportunidad y él me vio. Estaba a salvo mientras creía haberme derretido como a los demás. Ahora soy rana muerta, de un modo o de otro. Pero si no puedo llevármelo por delante, tal vez otro pueda hacerlo.

13

—De modo que… —dijo el jefe Venn—, este bastardo cetagandés del que habla Gupta, el que dice que mató a tres amigos suyos y tal vez a su teniente Solian… ¿Cree de verdad que es el mismo pasajero betano de paso, Dubauer, que quería que detuviéramos anoche? ¿Es un herm, un hombre, o qué?

—O qué —respondió Miles—. Mis equipos médicos determinaron, a partir de una muestra de sangre que recogí ayer por accidente, que Dubauer es un ba cetagandés. Los ba no son masculinos ni femeninos, ni hermafroditas, sino unos siervos sin género…, una casta, supongo que es la mejor palabra para definirlos, de los haut lores cetagandeses. Más específicamente, de las damas haut que dirigen el Nido Estelar, en el núcleo del Jardín Celestial, la residencia imperial de Eta Ceta.

Que casi nunca salían del Jardín Celestial, con o sin sus servidores ba. «¿Entonces qué está haciendo este ba aquí, eh?» Miles vaciló antes de continuar.

—Este ba, por lo visto, transporta un cargamento de un millar de lo que, sospecho, son los últimos fetos haut genéticamente modificados en replicadores uterinos. No sé adónde, no sé por qué, y no sé para quién, pero si Guppy nos está diciendo la verdad, el ba ha matado a cuatro personas, incluido nuestro oficial de seguridad desaparecido, y trató de matar a Guppy para mantener su secreto y cubrir sus huellas.

«A cuatro personas… al menos.»

La expresión de Greenlaw se había vuelto tensa por la inquietud. Venn observó a Gupta, el ceño fruncido.

—Supongo que será mejor que hagamos circular una llamada pública de arresto sobre Dubauer también.

—¡No! —exclamó Miles, alarmado. Venn lo miró, alzando las cejas—. Estamos hablando de un posible agente cetagandés que puede llevar consigo bioarmas sofisticadas —explicó Miles rápidamente—. Los retrasos causados por la disputa con la flota de comercio ya lo tienen en tensión. Acaba de descubrir que cometió un grave error al menos, porque Guppy está vivo. No me importa lo suprahumano que pueda ser, hay que neutralizarlo. Lo último que hace falta es enviar a un puñado de intrépidos civiles contra él. Nadie debería acercarse siquiera al ba sin saber qué está haciendo ni a qué se está enfrentando.

—¿Y su gente trajo a esa criatura aquí, a mi Estación?

—Créame, si alguno de los míos hubiera sabido antes lo que era el ba, nunca habría pasado de Komarr. Estoy seguro de que los de la flota comercial sólo son transportistas inocentes.

Bueno, no estaba tan seguro… Comprobar esa afirmación hecha tan a la ligera iba a ser un problema de alta prioridad para los de contrainteligencia, allá en casa.

—Transportistas… —repitió Greenlaw, mirando duramente a Guppy. Todos los cuadris de la habitación siguieron su mirada—. ¿Podría este transeúnte ser portador… de lo que fuera, de esa infección?

Miles tomó aliento.

—Posiblemente. Pero si es así, ya es demasiado tarde. Guppy lleva días paseándose por toda la Estación Graf. Demonios, si es infeccioso, acaba de extender una plaga en ruta por todo el Nexo, que implica a media docena de planetas. —«Y a mí. Y a mi flota. Y tal vez a Ekaterin también»—. Veo dos cosas esperanzadoras. Una, según el testimonio de Guppy, el ba tiene que administrar la infección por contacto. —Los patrulleros que habían tocado al prisionero se miraron con aprensión—. Y, en segundo lugar —continuó Miles—, si la enfermedad o el veneno es algo bioproducido por el Nido Estelar, es probable que esté muy controlado, posiblemente con unos límites muy definidos y capacidad de autodestruirse. A las damas haut no les gusta dejar la basura por ahí para que nadie la recoja.

—¡Pero yo me libré! —gimió el anfibio.

—Sí —dijo Miles—. ¿Por qué? Obviamente su genética única o su situación derrotó a la enfermedad, o la mantuvo a raya lo suficiente para continuar vivo después de su periodo de actividad. Ponerlo en cuarentena es ya inútil, pero la siguiente prioridad después de detener al ba tendrá que ser someterlo a un examen médico, para ver si lo que tiene o tuvo puede salvar a alguien más. —Miles tomó aire—. ¿Puedo ofrecer las instalaciones de la Príncipe Xav? Nuestros médicos tienen formación específica en las bioamenazas cetagandesas.

Guppy se volvió hacia Venn, lleno de pánico.

—¡No me entregue! ¡Me diseccionarán!

Venn, que había aceptado con alegría esta oferta, dirigió al prisionero una mirada exasperada, pero Greenlaw dijo lentamente:

—Sé algo de los ghem y los haut, pero nunca he oído hablar de esos ba, ni del Nido Estelar.

—Por aquí no suelen venir muchos cetagandeses de ningún tipo —añadió precavido el magistrado Leutwyn.

—¿Qué le hace pensar que su trabajo es seguro, tan restringido? —continuó Greenlaw.

—Seguro, no. Controlado, tal vez. —¿Hasta dónde tenía que llevar la explicación para dejarles claro el peligro? Era vital que los cuadris comprendieran, y creyeran—. Los cetagandeses… tienen esa aristocracia doble que es el asombro de los observadores militares no cetagandeses. En el centro están los haut lores, que son, en efecto, un gigantesco experimento genético para producir la raza posthumana. Este trabajo es llevado a cabo y controlado por las mujeres haut, geneticistas del Nido Estelar, el centro donde se crean y modifican todos los embriones haut antes de ser enviados a sus constelaciones haut (clanes, padres) en los planetas exteriores del Imperio. Contrariamente a la mayoría de las versiones históricas de este tipo de cosas, las damas haut no empezaron asumiendo que ya habían alcanzado la perfección. En este momento, aún no creen que hayan terminado de hacer sus manipulaciones. Cuando lo hagan… bueno, ¿quién sabe qué sucederá? ¿Cuáles van a ser los objetivos y deseos de los posthumanos? Ni siquiera las damas haut tratan de imaginar cómo serán sus tataranietos. Sí diré que es un poco incómodo tenerlos como vecinos.