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—¿No intentaron los haut conquistar a los barrayareses? —preguntó Leutwyn.

—Los haut no. Los ghem-lores. La raza puente, si quiere, entre los haut y el resto de la humanidad. Supongo que puede considerarse que los ghem son los hijos bastardos de los haut, excepto que no son bastardos. En sentido estricto, al menos. Los haut filtran líneas genéticas seleccionadas en los ghem a través de esposas haut trofeo… Es un sistema complicado. Pero los ghem-lores son el brazo militar del Imperio, siempre ansiosos por demostrar su valor a sus amos haut.

—He visto a los ghem —dijo Venn—. Pasan por aquí de vez en cuando. Creía que los haut eran, bueno, una especie de degenerados. Parásitos aristócratas, temerosos de ensuciarse las manos. No trabajan. —Hizo un gesto de desprecio muy cuadri—. Ni luchan. Uno se pregunta cuánto tiempo los soportarán los ghem-soldados.

—En apariencia, los haut dominan a los ghem por pura persuasión moral. Los abruman con su belleza, inteligencia y refinamiento, y siendo la fuente de todo tipo de recompensas de estatus, que culminan en las esposas haut. Todo eso es cierto. Pero en realidad… se sospecha que los haut tienen un arsenal biológico y bioquímico que incluso los ghem encuentran aterrador.

—No había oído que se usara nada de eso —dijo Venn, escéptico.

—¡Oh!, apuesto a que no.

—¿Por qué no lo usaron contra los barrayareses, si lo tenían? —dijo Greenlaw lentamente.

—Es un problema muy estudiado en ciertos niveles de mi gobierno. Primero, habría alarmado a los vecinos. Las bioarmas no son las únicas armas. El Imperio de Cetaganda, al parecer, no estaba preparado para enfrentarse a un puñado de pueblos lo bastante asustados para unirse y arrasar sus planetas y esterilizar a todo microbio viviente. Pero creemos que se debió más bien a una discrepancia respecto a los objetivos. Los ghem-lores querían el territorio y las riquezas, el engrandecimiento personal que habría seguido a la conquista. Las damas haut no estaban tan interesadas. No lo suficiente para desperdiciar sus recursos…, no los recursos armamentísticos en sí, sino la reputación, el secretismo, el hecho de poseer una amenaza silenciosa de alcance desconocido. Nuestros servicios de inteligencia se han encontrado tal vez con una docena de casos en los últimos treinta años de uso sospechoso de bioarmas al estilo haut, y en todos los casos fue un asunto interno cetagandés. —Miró el rostro intensamente preocupado de Greenlaw, y añadió con lo que esperaba que no sonara a falsa seguridad—: No hubo dispersión ni biorrebote de esos incidentes, que sepamos.

Venn miró a Greenlaw.

—Entonces, ¿llevamos a este prisionero a un hospital o a una celda?

Greenlaw guardó un momento de silencio.

—A la clínica de la Universidad de la Estación Graf —dijo—. Directamente a la unidad de aislamiento infeccioso. Creo que necesitamos a nuestros mejores expertos en esto, y lo más rápidamente posible.

—¡Pero seré un blanco fácil! —objetó Gupta—. ¡Estaba cazando al bastardo cetagandés y ahora él, o ello, o lo que sea me cazará a mí!

—Estoy de acuerdo con esta evaluación —dijo Miles rápidamente—. Dondequiera que lleven a Gupta, el lugar debe ser mantenido en estricto secreto. El hecho de que ha sido detenido debería ser silenciado… ¡Santo Dios!, este arresto no habrá aparecido ya en el noticiario, ¿no?

Eso habría llevado la noticia del paradero de Gupta a todos los rincones de la Estación…

—No oficialmente —dijo Venn, incómodo.

Miles supuso que apenas importaba. Docenas de cuadris habían sido testigos de cómo traían al hombre, además de todos los que habían visto pasar a la cuadrilla de Bel. Los cuadris de Muelles y Atraques sin duda alardearían de su captura ante todos sus conocidos. El chismorreo estaría en todas partes.

—Les suplico entonces que difundan la noticia de su atrevida huida además de boletines informativos en los que se pida a todos los ciudadanos que sigan buscándolo.

El ba había matado a cuatro personas para mantener su secreto; ¿estaría dispuesto a matar a cincuenta mil?

—¿Una campaña de desinformación? —Greenlaw arrugó los labios con repugnancia.

—Las vidas de todos lo que están a bordo de la Estación dependerán de ello. El secreto es su mejor esperanza de seguridad. También Gupta. Después de eso, los guardias…

—¡Mi gente ya está al límite! —protestó Venn. Dirigió a Greenlaw una mirada suplicante.

Miles hizo un gesto de reconocimiento con la mano abierta.

—No me refiero a patrulleros, sino a guardias que sepan qué están haciendo, entrenados en procedimientos de biodefensa.

—Tendremos que recurrir a especialistas de la Milicia de la Unión —dijo Greenlaw con decisión—. Cursaré la solicitud. Pero tardarán… algún tiempo en llegar aquí.

—Mientras tanto —dijo Miles—, puedo prestarles personal entrenado.

Venn hizo una mueca.

—Tengo un bloque de detención lleno con su personal. No me impresiona mucho su entrenamiento.

Miles contuvo un respingo.

—Ellos no. Cuerpo médico militar.

—Consideraré su oferta —dijo Greenlaw contemporizando.

—Algunos de los médicos veteranos de Vorpatril deben tener experiencia en esta área. Si no nos dejan llevar a Gupta a lugar seguro en una de nuestras naves, por favor, deje que ellos vengan a la Estación para ayudarlos.

Greenlaw entornó los ojos.

—Muy bien. Aceptaremos a cuatro voluntarios. Desarmados. Bajo la directa supervisión y a las órdenes de nuestros expertos médicos.

—De acuerdo —dijo Miles instantáneamente.

Era el mejor acuerdo que podía obtener, por el momento. El aspecto médico de aquel problema, por aterrador que fuera, tenía que quedar en manos de los especialistas; estaba fuera del alcance de Miles. Pero capturar al ba antes de que pudiera causar más daños…

—Los haut no son inmunes al fuego de aturdidor. Yo… recomiendo —no podía ordenar, no podía exigir y, sobre todo, no podía gritar—, que comuniquen sin armar jaleo a todos sus patrulleros que disparen contra el ba, Dubauer, nada más verlo. Una vez que haya sido abatido, podremos resolver las cosas a nuestra conveniencia.

Venn y Greenlaw intercambiaron una mirada con el magistrado.

—Iría contra las reglas emboscar al sospechoso si no es acusado de un crimen, no se resiste al arresto o no huye —dijo Leutwyn con voz forzada.

—¿Y las bioarmas? —murmuró Venn.

El magistrado tragó saliva.

—Asegúrese de que sus patrulleros no fallan el primer tiro.

—Su observación queda anotada, señor.

¿Y si el ba permanecía oculto? Cosa que, ciertamente, había conseguido hacer durante las últimas veinticuatro horas…

¿Qué quería el ba? Liberar su cargamento, y matar a Guppy antes de que pudiera hablar, presumiblemente. ¿Qué sabía el ba, a estas alturas? O qué no sabía. No sabía que Miles había identificado su cargamento, ¿no? «¿Dónde demonios está Bel?»