Además de haber sido alterado genéticamente, ¿qué tenía Gupta que no tuvieran los demás?
¿Su tanque? Respiraba por branquias… Bel no tenía branquias, de eso no había ninguna ayuda. El agua fría fluyendo sobre el cuerpo de rana, las manos palmípedas, a través de las branquias llenas de sangre, helando su sangre… ¿Era posible que aquel biodisolvente del infierno fuera sensible al calor o lo activara la temperatura?
¿Un baño de agua helada? La visión asomó a su mente y sus labios esbozaron una feroz sonrisa. Una técnica poco sofisticada, pero probablemente rápida para reducir la temperatura corporal, eso seguro. Él podía garantizar personalmente los efectos. «Gracias, Iván.»
—¿Milord? —preguntó Roic, preocupado por su aparente parálisis.
—Tenemos que correr como el diablo. Ve a la cocina y mira a ver si hay hielo. Si no hay, pon en marcha la maquinaria que haya a toda potencia. Luego reúnete conmigo en la enfermería. —Tenía que moverse rápido, ser listo—. Puede que allí tengan trajes bioprotectores.
Por la expresión del rostro de Roic, no entendía nada, pero al menos siguió a Miles, quien salió corriendo pasillo abajo. Subieron en el ascensor los dos pisos hasta el nivel que albergaba la cocina, la enfermería y las zonas de recreo. Más agotado de lo que se atrevía a reconocer, Miles indicó a Roic el camino y corrió a la enfermería situada en el fondo de la cabina central. Una frustrante pausa mientras tecleaba el código de acceso, y entró en la pequeña enfermería.
Las instalaciones eran exiguas: dos pequeños pabellones, aunque ambos con capacidad de biocontención de al menos Nivel Tres, más una sala de reconocimiento equipada para cirugía menor que también albergaba la farmacia. Las intervenciones quirúrgicas importantes y los heridos graves eran trasladados a una de las naves militares de escolta, equipadas con enfermerías mejor equipadas. Sí, uno de los cuartos de baño tenía una bañera esterilizable para tratamientos; Miles imaginó a los infelices pasajeros con infecciones de piel chapoteando allí dentro. Armarios llenos de equipo de emergencia. Los abrió todos. Encontró el sintetizador sanguíneo, un cajón lleno de misterioso y escalofriante instrumental diseñado tal vez para pacientes femeninas y una estrecha plataforma flotante para transporte de pasajeros, de pie, al fondo de un alto armario, con dos trajes bioprotectores, ¡sí! Uno demasiado grande para Miles, el otro demasiado pequeño para Roic.
Podía ponerse el que le quedaba demasiado grande: no sería la primera vez. El otro, imposible. No tenía justificación poner en peligro a Roic, así que…
Roic llegó corriendo.
—He encontrado la nevera, señor. Por lo visto nadie la desconectó cuando evacuaron la nave. Está repleta.
Miles sacó su aturdidor y lo colocó sobre la mesa de reconocimiento, y empezó a meterse en el traje bioprotector.
—¿Qué demonios está haciendo, milord? —preguntó Roic, alarmado.
—Vamos a traer a Bel aquí. O, al menos, lo voy a traer yo. Los médicos querrán ponerlo en tratamiento aquí, de todas formas. —Si había tratamiento—. Tengo una idea. A ver si podemos hacer unos primeros auxilios rápidos y burdos. Creo que Guppy sobrevivió porque el agua de su tanque mantuvo su temperatura baja. Ve a ingeniería. Intenta encontrar un traje de presión que te venga bien. Si… cuando lo encuentres, házmelo saber, y póntelo de inmediato. Luego reúnete conmigo donde está Bel. ¡Vamos!
Roic, el rostro decidido, se puso en marcha. Miles usó los preciosos segundos para correr a la cocina, llenar una bolsa de basura de plástico con hielo, arrastrarla hasta la enfermería en la plataforma flotante. Vertió el hielo en la bañera. Luego fue por una segunda bolsa. Entonces sonó su comunicador de muñeca.
—He encontrado un traje, milord. Me viene justo, creo. —La voz de Roic osciló cuando, presumiblemente, movió el brazo. Un sonido de roce y un leve gruñido indicaron que la prueba había tenido éxito—. Cuando termine de ponérmelo, no podré usar mi comunicador de muñeca, seguro. Tendré que ponerme en contacto con usted a través de un canal público.
—Tendremos que vivir con eso. Contacta con Vorpatril a través de tu traje en cuanto estés sellado; asegúrate de que sus médicos puedan comunicarse cuando traigan su cápsula a una de las compuertas externas. ¡Asegúrate de que no intenten pasar por la misma cabina donde los cuadris se han refugiado!
—Sí, milord.
—Nos vemos en Reparaciones Menores.
—Sí, milord. Me pongo el traje.
El canal quedó mudo.
Lamentándolo, Miles cubrió su comunicador de muñeca con el guante izquierdo del traje bioprotector. Se metió el aturdidor en uno de los bolsillos sellables del muslo, y luego ajustó el flujo de oxígeno con unos golpecitos en el indicador de control de su brazo izquierdo. Las luces del visor del casco le indicaron que estaba aislado de su entorno. La leve presión positiva dentro del traje demasiado grande lo hinchó hasta dejarlo algo gordo. Se dirigió hacia el tubo elevador con aquellas botas demasiado anchas, tirando de la plataforma flotante.
Roic bajaba por el pasillo cuando Miles terminaba de meter la plataforma por la puerta de Reparaciones Menores. El traje de presión del hombre de armas, marcado con los números de serie del Departamento de Ingeniería de la Idris, resultaba tan protector como el atuendo de Miles, aunque sus guantes eran más gruesos y más incómodos. Miles le indicó que se inclinara hacia él, tocando con su visor el casco de Roic.
—Vamos a reducir la presión de la unicápsula para desinflarla en parte, luego subiremos a Bel a la plataforma flotante y lo llevaremos arriba. No voy a abrir la cápsula hasta que estemos en el pabellón con las barreras moleculares activadas.
—¿No deberíamos esperar a los médicos de la Príncipe Xav, milord? —preguntó Roic, nervioso—. Estarán aquí muy pronto.
—No. Porque no sé si es demasiado tarde. No me atrevo a abrir la cápsula de Bel en la atmósfera de la nave, así que voy a tratar de unir un tubo a otra cápsula como desagüe. Ayúdame a buscar cinta aislante, y algo que usar como tubería.
Roic le dirigió un gesto bastante frustrado de obediencia, y empezó a rebuscar en los bancos y cajones.
Miles se asomó de nuevo a la portilla.
—¿Bel? ¡Bel! —gritó a través del visor y la piel de la cápsula. Su voz sonó apagada, sí, pero tendría que haber sido audible, maldición—. Vamos a trasladarte. Aguanta.
Bel permanecía inmóvil, al parecer, desde hacía unos minutos, todavía con la mirada vidriosa y pasiva. Tal vez no fuera la infección, trató de animarse Miles. ¿Con cuántas drogas lo habían atacado la noche anterior para obtener su cooperación? Asaltado por Gupta, estimulado para recuperar la consciencia por el ba, repleto de hipnóticos, posiblemente, para el trayecto hasta la Idris y el engaño a los guardias cuadris. Tal vez pentarrápida después, y algunos sedantes para dejarlo tranquilo mientras el veneno actuaba, ¿quién sabía?
Miles arrojó al suelo otra de las cápsulas. Si el residuo de Solian estaba dentro, bueno, aquello no iba a contaminarla más, ¿no? ¿Habrían pasado desapercibidos los restos de Bel el mismo tiempo que los de Solian, si Miles no hubiera llegado tan pronto? ¿Cuál era el plan del ba? Asesinar y eliminar el cadáver en un solo movimiento…
Se arrodilló junto a la unicápsula de Bel y abrió el panel de acceso a la unidad de control de presurización. Roic le tendió un tubo de plástico y tiras de cinta. Miles envolvió, rezó y giró varias válvulas de control. La bomba de aire vibró suavemente. El contorno redondo de la cápsula se suavizó y arrugó. La segunda cápsula se expandió, después de haber estado flácida y arrugada. Miles cerró válvulas, cortó tubos, selló, deseó tener unos cuantos litros de desinfectante que rociar alrededor. Mantuvo el tejido apartado del bulto que era la cabeza de Bel mientras Roic pasaba al herm a la plataforma.