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En 1933, derrotada Alemania desde 1918, el ingeniero Emil Baur vio una nueva luz, el fuego de una gran venganza, el llamado renovado de la sangre en el ascenso de Adolf Hitler. Baur volvió a sentir la tentación de Tántalo. Aliado con Alemania, México se vengaría de los Estados Unidos, distrayendo a Washington de irse al frente europeo porque su frente sur, México, era el verdadero peligro.

De nuevo, Baur explotó con habilidad el sentimiento pro alemán de los mexicanos, en abierta contradicción con la política antifascista del presidente Lázaro Cárdenas. Baur, con orgullo, señalaba la existencia de grupos de choque nazis en México, los "Camisas Doradas" que invocaban como santo patrón nada menos que al general Pancho Villa y que se atrevieron a escenificar una batalla campal, con taxis a guisa de tanques, en el zócalo de la Ciudad de México en 1937.

Bien parecido, activo y atractivo, Baur llegaba a los cincuenta y cinco años al concluir la Segunda Guerra Mundial en 1945, en medio de los escombros del Tercer Reich. Es cuando viajó por primera vez desde que la abandonó en 1915, a su patria alemana en ruinas. Durante el conflicto se defendió con vigor, habiendo México entrado a la guerra, del estigma de extranjero indeseable. No fue deportado pero, como todos los alemanes que permanecieron en México, fue objeto de sospecha oficial y reclusión domiciliaria. Al filo de la derrota nazi, México, por invitación de los Aliados, permitió a Baur viajar a Alemania como auxiliar técnico -doble espía, en realidad- en la filtración objetiva de nazis útiles e inútiles, perdonables o condenables. Recorrió con pasaporte suizo las zonas ocupadas y las que aún obedecían, agónicas, al Reich. De este "filtro" salieron, oportunamente, como es sabido, científicos alemanes a Rusia por un lado y a los Estados Unidos por el otro.

De vuelta en México, Emil Baur hizo dos cosas a tiempo. Se recluyó en una extraña mansión neogótica o victoriana aislada en medio del desierto y mandó traer una esposa del grupo menonita de Chihuahua. Los menonitas se originaron en Holanda, en Suiza y Alemania, pero sobre todo en la Rusia zarista, de donde se autoexiliaron para no cumplir servicio militar, prohibido por su religión. Emigraron a los Estados Unidos pero allí se les prohibió hablar ruso o alemán a fin de fundirlos cuanto antes en la hirviente caldera común de la nación americana.

Los menonitas se establecieron a unos cien kilómetros de la ciudad de Chihuahua, entre Pedernales y El Charco, y a veces se les veía, vestidos de negro de pies a cabeza y tocada ésta por sombreros oscuros -los hombres- o cofias negras -las mujeres- caminando con gran reserva por las calles de la ciudad con las miradas bajas y prohibitivas.

Digo todo esto para pasar a la segunda cosa que hizo Emil Baur y que nos acerca a nuestra historia, cuyo prólogo biográfico e histórico me ha parecido -ojalá que no me equivoque- necesario.

Emil Baur escogió a una muchacha de la secta menonita para contraer, a los cincuenta y cinco años de edad, matrimonio. Esto se supo en la ciudad de Chihuahua por la obligación legal de publicar los bandos nupciales entre Emil Baur, de la ciudad de Chihuahua, y Alberta Simmons, del Lago de las Vírgenes.

Naturalmente, estos datos provocaron en Chihuahua chistes vulgares, pero sobre todo misterios insondables. Nadie conocía a la novia y nadie la conoció. La boda tuvo lugar en el municipio de Terrazas y los curiosos citadinos, que nunca faltan, presurosamente llegados, sin que nadie los invitara, a la boda a puerta cerrada, sólo pudieron capturar una fugaz visión de la desposada al subir al monumental Hispano-Suiza anterior a la guerra que la condujo, con velo negro ocultándole la cara, al caserón victoriano o neogótico (como gusten) que Emil Baur se mandó hacer en medio del desierto.

Nadie volvió a ver a la novia. Pero todos se preguntaron por qué, desde el edificio municipal de Terrazas, Baur llevaba cargada en brazos a la recién casada. ¿No era ésta costumbre reservada para el ingreso a la recámara nupcial? Los menonitas de Chihuahua, interrogados sobre la persona de Alberta Simmons, sólo dijeron que su comunidad nunca daba información alguna sobre los miembros de la misma.

2

Hacia 1975 el ingeniero Emil Baur, me hizo una llamada telefónica a la ciudad de Chihuahua.

– Doctor, me urge que venga a vernos.

– ¿A dónde, señor Baur?

– A mi casa del desierto. ¿Conoce el camino?

– Sí, quién no…

Me medí. Continué. -¿De qué se trata?

– Aquí mismo lo sabrá.

– ¿Debo llevar algo especial?

– Examine y decida. Quizá tendría que permanecer aquí algunos días. Su fama lo precede.

– Ya hablaremos, señor Baur.

Esa "fama" a la que se refería Baur era bastante local. Acaso el hecho de haberme graduado en la Escuela de Medicina de Heidelberg me daba mayores méritos a los ojos del ingeniero, que los realmente comprobables.

En todo caso, el juramento de Hipócrates me obligaba a emprender la ruta a la casa, ubicada en pleno desierto de Chihuahua, del ingeniero Emil Baur, a cien kilómetros de la ciudad.

Como no podía abandonar repentinamente a mis pacientes, hice la cita para las siete de la noche. No me quejo. La belleza del desierto se multiplica como los espejismos que encierra. Me sorprendí pensando, a lo largo de ese vago automatismo que procrea una carretera larguísima en línea recta, que los espejos del desierto son reflejos de la nada actual -¿quién se ve reflejado en la roca o en la arena?-, aunque bien podrían esconder la imagen perdida de nuestro pasado más remoto.

Rodeado del atardecer en el páramo convocaba, porque el paisaje era vacío y eterno, todas las imágenes de mi pasado, pero con un perfil que mis ojos irritados no tardaron en ubicar. Cada noticia sobre mi vida se duplicaba y hasta triplicaba en este trayecto a lo largo de un paisaje vacío que, por el hecho de serlo, podía contener todas las historias imaginables, las de la vida recordada y las de la vida olvidada, las de lo que fue y las de lo que pudo haber sido… ¿Espejismos? El diccionario los define como ilusiones ópticas. ¿Su razón? La reflexión de la luz cuando atraviesa capas de aire de densidad distinta.

Los objetos lejanos nos entregan una imagen invertida. Debajo del suelo como si se reflejasen en el agua. O arriba de ella, cuando de verdad hay agua: en el mar. Me entretuve hilando un enigma. Si el espejo se hubiese inventado en México, ¿habría sido de metal o de vidrio? Acaso pensé esto porque sabía que la fortuna del ingeniero Baur se fundaba en oro, plata y cobre. Y de metal eran los espejos antiguos, hasta que los venecianos del siglo XV tuvieron la ocurrencia de fabricarlos de vidrio, como si entendiesen que nuestra identidad fugitiva se refleja mejor en lo que puede perderse que en lo duradero. Después de todo, es en Venecia donde, para describir a los espejos de Murano, se inventó el adjetivo "cristalino".

Me entretenía pensando estas cosas para aligerar el trayecto e imaginar este desierto poblado de cristales invisibles, erectos como las ruinas más antiguas, pero engañosamente abiertos a las miradas que los traspasan… Hay algo que margina toda información o teoría sobre el desierto de Chihuahua. Este no es el desierto. Es el asombro. La tierra extrae una belleza roja de sus entrañas, como si sólo al anochecer sangrara. Las enormes cactáceas se recortan hasta perder otra consistencia que no sea su propia silueta.

Silueta. Los contrafuertes de la Sierra Madre Oriental se levantan como prohibitivas murallas entre Chihuahua y el Pacífico, dejando adivinar las barrancas, los desfiladeros, las cataratas y los derrumbes de roca que amenazan al temerario viajero.

Sólo al atardecer, bajo un cielo tan abochornado como la tierra, llegan a los oídos del peregrino atento los rumores de cantos ceremoniales sin fecha. Son las voces de la Sierra Tarahumara y sus indios fuertes, grandes corredores de fondo, acostumbrados a escalar las montañas más escarpadas, cada vez más arriba en busca del sustento que les quitamos nosotros, los seres "civilizados", los ambiciosos "ladinos" blancos y mestizos que, me di cuenta manejando el volkswagen, éramos tan racistas como el peor, aunque más invisible, verdugo del Tercer Reich.