Q: Desde luego, hasta la fecha, ninguna mujer que yo recuerde ha podido resistirse a él a ese respecto.
W: Bien. En tal caso, ¿podrías encargaros de que parte de la guardia la aprehendiera, o a menos permitiera que otros lo hicieran sin interferencias?
Q: … Ya veo. ¿Y por qué razón iba yo a hacer tal cosa?
W: ¿Razón? ¡Vaya, pues por la seguridad del rey, señor!
Q: Que es, por descontado, mi principal preocupación, al igual que, evidente e indudablemente, la vuestra, mi querido duque. Sin embargo, sin mediar alguna acción acusadora por parte de la mujer, podría parecer que estabais actuando movido únicamente por la aversión que le profesáis, por merecida que esta sea.
W: Mis filias y fobias se basan única y exclusivamente en los intereses de la casa real y me gustaría pensar que mis servicios a lo largo de los últimos años, o más bien décadas, así lo demuestran. A vos esa mujer os trae sin cuidado. ¿Estáis diciendo que tenéis alguna objeción?
Q: Tenéis que entender mi punto de vista, querido Walen. Mientras estéis todos aquí, la responsabilidad por vuestro bienestar recae sobre mis hombros. En esta ocasión, solo unos días después de la llegada de la corte a Yvenir, uno de sus miembros ha sido asesinado, y el culpable ha escapado del interrogatorio y el castigo que en puridad debería haberle correspondido. Esto me causa un enorme desagrado, señor, y solo el hecho de que el asunto haya terminado casi antes de empezar, y de que parece ser cosa de la corte, impide que me sienta aún más ultrajado. A pesar de ello, creo que Polchiek no comprende lo cerca que ha estado de recibir unos cuantos latigazos. Y querría añadir que el comandante de la Guardia sospecha que hay algo extraño en el asunto, que la muerte del aprendiz podría haber sido orquestada por alguien que se beneficiaría de su silencio. Pero, en todo caso, si tras un asesinato y un suicidio como los que hemos sufrido, llegara a desaparecer una favorita del rey, no me quedaría más remedio que castigar a Polchiek con la máxima severidad. Mi honor no quedaría satisfecho con menos y es muy posible que se viera menoscabado a pesar de ello. Necesitaría las pruebas más irrefutables de que la mujer es un peligro para el rey antes de apoyar una acción semejante.
W: Mmmm. Supongo que la única prueba que aceptaríais sería el cadáver del rey, y que con eso estaríais satisfecho.
Q: Duque Walen, espero que vuestra inteligencia os permita encontrar el modo de desenmascarar a esa mujer antes de que tal cosa llegue a ocurrir.
W: Y yo. De hecho, tengo un proyecto en marcha con ese fin.
Q: ¿Lo veis? ¿Y de qué se trata?
W: De algo que dará fruto muy pronto.
Q: ¿No vais a contármelo?
W: Es una desgracia que no podamos complacernos mutuamente, Quettil.
Q: Sí, ¿verdad?
W: No tengo nada más que decir, creo.
Q: Muy bien. Eh, duque…
W: ¿Señor?
Q: Supongo que puedo contar con que la mujer no desaparezca misteriosamente mientras la corte siga en Yvenir, ¿verdad? Si tal cosa ocurriera, tendría que sopesar con mucho cuidado que revelar a su majestad de cuanto acabáis de revelarme a mí.
W: Me habéis dado vuestra palabra…
Q: Bueno, sí, mi querido Walen. Pero estoy seguro de que coincidiréis conmigo es que mi lealtad principal es para con el rey, no para con vos. Si llegara a la conclusión de que el rey está siendo engañado sin una buena razón, mi deber sería informarle de ello.
W: Siento haberos molestado, señor. Parece que los dos hemos perdido el tiempo esta mañana.
Q: Buenos días, Walen.
Esto también lo encontré más tarde, no en el diario de la doctora sino en otros documentos (que he editado ligeramente para presentar una narración más continua). El elemento común en ambos pasajes es la presencia de Walen, pero la verdad es que —sobre todo teniendo en cuenta lo que ocurrió después— no sé qué pensar al respecto, simplemente. Yo me limito a registrar. No juzgo. Ni siquiera me atrevo a ofrecer especulaciones.
12
El guardaespaldas
El parque real de las colinas de Croughen llevaba varios siglos siendo un coto de caza de la casa real de Tassasen. UrLeyn le había entregado grandes porciones a diversos nobles que habían apoyado su causa durante la guerra de sucesión, pero se había reservado el derecho de utilizar los bosques para ir de caza con su corte.
Las cuatro monturas y sus jinetes rodearon los matorrales en los que creían que su presa se había ocultado.
RuLeuin sacó la espada, se inclinó sobre la silla y pinchó la masa de maleza.
—¿Seguro que se he metido aquí, hermano?
—Casi seguro —dijo UrLeyn mientras pegaba la cara al cuello de su cabalgadura y la dirigía hacia una abertura en los arbustos. Se inclinó un poco más, soltó las riendas con una mano y escudriñó la maleza. DeWar, que cabalgaba al otro lado, alargó la mano y sujetó las riendas de su montura. RuLeuin, más allá de los arbustos, pegó también el cuerpo al cuello de su montura.
—¿Cómo está el niño hoy, UrLeyn? —preguntó YetAmidous con voz tonante. Tenía el rostro colorado y empapado de sudor.
—Oh, se encuentra bien —dijo UrLeyn al tiempo que volvía a incorporarse sobre la silla—. Mejor a cada día que pasa. Pero sigue sin recuperarse del todo. —Miró a su alrededor y luego dirigió la vista hacia la ladera, cubierta de árboles—. Necesitamos batidores…
—Que se encargue el hombre de negro —dijo YetAmidous refiriéndose a DeWar—. Desmonta y bate para nosotros, ¿quieres, DeWar?
DeWar esbozó una pequeña sonrisa.
—Yo solo persigo presas humanas, general YetAmidous.
—Presas humanas, ¿eh? —dijo YetAmidous con una sonora carcajada—. Qué tiempos, ¿verdad? —Dio una palmada en la silla. La sonrisilla de DeWar se prolongó unos segundos más.
En los últimos años del antiguo reino, cuando la crueldad y el descuido del rey Beddun habían alcanzado su cénit, los prisioneros —o cualquier furtivo lo bastante desgraciado como para ser capturado en los bosques ejerciendo su oficio— habían sido la presa de la mayor parte de las cacerías. Esta bárbara tradición se había desterrado, pero tenía su correlato en el presente, pensaba DeWar, en la forma de la antigua ballesta de caza del rey Beddun, que UrLeyn llevaba colgada de la espalda.
UrLeyn, DeWar, YetAmidous y RuLeuin se habían separado del grupo principal de la cacería, al que se oía al otro lado de la colina.
—Sopla el cuerno, ¿quieres, Yet? —dijo UrLeyn—. Vamos a llamar a los demás.
—Como queráis. —YetAmidous se llevó el cuerno a los labios y dejó escapar una nota de gran potencia. Casi coincidió, advirtió DeWar, con el sonido de otros cuernos que llegaban desde el otro lado de la colina, así que lo más probable es que los demás no lo oyeran. Decidió no decir nada. Sin embargo, YetAmidous escupió un poco de saliva de la boquilla y puso cara de estar muy satisfecho consigo mismo.
—¿Ralboute se unirá a nosotros, Protector? —preguntó—. Pensaba que iba a hacerlo.
—Ha llegado un mensaje esta mañana —dijo UrLeyn mirando los matorrales desde la silla. Se protegió los ojos de un rayo de sol que le cayó en aquel momento sobre el rostro—. Lo han detenido en… —Miró a DeWar.
—Creo que en la ciudad de Vynde, señor.
—Vynde. La ciudad de Vynde está resistiendo más de lo esperado.
RuLeuin se irguió también en la silla y dirigió la mirada al mismo sitio que su hermano.
—Se rumorea que hemos perdido un par de morteros de asedio.
—De momento no es más que un rumor —dijo UrLeyn—. Simalg se ha adelantado en exceso, como siempre, y no ha podido apoyar a Ralboute. Las comunicaciones son erráticas. Con Simalg nunca se puede estar seguro. Puede que se haya dejado la artillería atrás, o la haya emplazado mal. No asumamos lo peor.